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Arnaldo Otegi, el cobarde

  • Escrito por Redacción

editorial-la-tribuna-del-pais-vasco

Hay gente que, como José Luis Rodríguez Zapatero en su momento, cree ver en los ojos de Arnaldo Otegi un futuro de prosperidad para el País Vasco. Estas personas harían bien en recordar de qué modo se desvinculó el antiguo proetarra de la banda criminal en la que ha forjado su "carrera".

"¿Condena usted la violencia de ETA?", le preguntó el juez poco antes de madarle a prisión, y Arnaldo Otegi, la gran esperanza blanca del nacionalismo vasco siempre más preocupado por los verdugos que por sus víctimas, el gran referente de ese falaz pensamiento único presuntamente progresista que llama "izquierda abertzale" a los voceros de los asesinos, fue incapaz de responder y, nervioso, sin saber dónde meterse, contestó que no, que él no iba a responder a esa cuestión.

Arnaldo Otegi ha sido siempre, por encima de cualquier cosa, un vulgar cobarde. Cuando ETA asesinaba un día sí y otro también, él sabía que el terrorismo etarra estaba condenado a desaparecer, que la banda criminal se había convertido en una mafia alimentada cada vez en mayor medida por el tráfico de drogas y que el independentismo político vasco que él decía defender no tenía ningún futuro bajo la tutela infernal de una pandilla de psicópatas ignorantes y fanáticos, pero, a pesar de todo eso, él, temeroso, escuchaba, callaba, agachaba la cabeza y, en sus múltiples escapadas al sur de Francia, otorgaba... a ETA.

Hoy, Arnaldo Otegi, el bravucón testaferro de los criminales que tanto encandila a políticos indecentes, intelectuales apesebrados, periodistas ignorantes y presentadores idiotas, ha salido de la cárcel mientras los vivas a ETA retumbaban a su alrededor, y ha quedado en libertad sin condenar los crímenes de ETA, sin reconocer el daño causado a las víctimas, sin arrepentirse de sus delitos y, por supuesto, sin colaborar con la Justicia.

Hasta llegar a este punto, y durante su estancia en prisión, Arnaldo Otegi recibía todas las semanas la visita de un masajista, pagado con dinero público, que le proporcionaba fricciones lumbares para combatir los presuntos dolores de espalda que padece el miserable. Probablemente, mientras recibía las friegas, pergeñaba la Batasuna del mañana que, a pesar de todo, nacerá nuevamente sujeta y subyugada al estigma de unos míseros asesinos cuya presencia no desaparecerá mientras de este partido no desparezcan tantos personajes que, como el mísero Otegi, han construido su vida política, y su vida a secas, gracias al tiro en la nuca, los secuestros y la "socialización del sufrimiento" promovidos por los terroristas.

Otegi, el cobarde, ha salido de la cárcel. Y, a partir de ahora, sus palabras serán muy importantes para quienes tan habituados están a contemporizar con el horror, para quienes piensan que por ponerse cerca de los asesinos son más progresistas que nadie (el gran drama de la izquierda europea desde los campos de concentración estalinianos) y para tantos miserables como abundan en las televisiones y en algunos periódicos de este país defendiendo y vendiendo la idea de que, en España, lo que se necesita urgentemente es que las víctimas... pidan perdón a sus verdugos.

Editorial La Tribuna del País Vasco

Editorial La Tribuna del País Vasco

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