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«Toni, es tu hijo, no sabes cuánto lo siento»

  • Escrito por Redacción

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El próximo 30 de julio se cumplen seis años del asesinato de Diego Salvá en Palmanova (Mallorca). Su compañero Carlos Sáenz de Tejada y él fueron las dos últimas víctimas mortales de ETA en España. Tenían 27 y 28 años, respectivamente, y eran guardias civiles, el colectivo más castigado por la banda terrorista.

Desde hace diez días, asesinatos como los de Diego y Carlos están cada vez más cerca de convertirse en crímenes de lesa humanidad. Por primera vez un juez de la Audiencia Nacional investigará a los responsables de ETA en el marco de un ataque generalizado contra una parte de la población que han considerado un impedimento para lograr sus objetivos.

Antonio Salvá, el padre de Diego, es uno de los querellantes que se han embarcado en esta aventura judicial por un camino paralelo al de los hijos del fiscal Luis Portero. Tres querellas se han acumulado en un mismo procedimiento. La suya se centra en la Guardia Civil. El destino de las sucesivas cúpulas de ETA está en manos de una «justicia de verdad, porque hasta ahora las leyes no han tenido en cuenta a las víctimas», dice Antonio. Si esta querella prospera «los crímenes de ETA tendrán la misma consideración que los de Milosevic» y esto es un motivo de «alegría, sobre todo por mis hijos». Ellos han sido su gran apoyo durante estos seis años.

Una larga convalecencia

Antonio recuerda aquel 30 de julio de 2009 como si hubiera sido ayer. Era el primer día de trabajo de Diego después de una larga convalecencia por un accidente de moto que casi acaba con su vida cuatro meses antes. «Yo no te prometo nada de nada», le había dicho un colega médico del Hospital Militar de Palma cuando, desesperado, le preguntó si su hijo volvería a ser el mismo. Llevaba 23 días en coma y tuvo que volver a aprender a caminar y a hablar. Su recuperación fue lenta, pero la vida le dio una segunda oportunidad. Diego no conocía ni a sus hermanos, que cada día lo llevaban a pasear en su silla de ruedas, en la que consiguió sentarse después de estar postrado una larga temporada en una cama con un cinturón amarrado a su cuerpo. Ni siquiera recordaba que era guardia civil, hasta que un día le pusieron el himno de la Benemérita y lo empezó a entonar ante la mirada atónita de su familia. Antonio se emociona al recordarlo. Dice que a partir de ese momento su hijo empezó a mejorar y ya todo fueron pasos hacia delante.

El 30 de julio Diego se incorporaba a su trabajo con cierta urgencia porque si no lo hacía antes del 2 de agosto perdía su destino en Palmanova. Antonio, su padre, había tenido que ir a Ibiza ese día. «Me enfadé muchísimo cuando mi mujer me dijo que había ido a trabajar en coche porque todavía no estaba para conducir», recuerda. A la una y media, cuando Antonio estaba comiendo con un amigo, inspector de Policía, le llamó su hija Leticia. «Papá, han puesto una bomba en Palmanova». Apenas 36 horas antes ETA había intentado volar la casa-cuartel de Burgos con 300 kilos de explosivo, causando 145 heridos. En realidad pretendía que fuera una matanza, según reconocieron los peritos que declararon en el juicio que se celebró años después y describieron aquel escenario como una «zona de guerra».

No era disparatado pensar que, tras aquel «fracaso», los terroristas consumaran sus intenciones matando a un miembro de la Benemérita. Antonio empezó a llamar de forma compulsiva a su hijo. «El teléfono no daba ni señal». Simultáneamente, su amigo, el policía, hizo una gestión: «Hay dos muertos». «¿Son guardias civiles?». Fueron momentos tensos, de mucha confusión. Antonio llamó a la Delegación del Gobierno, al cuartel de la Guardia Civil, pero nadie le daba información. A las tres y diez, el médico de la Benemética, compañero de profesión, le llamó: «Toni, es tu hijo. No sabes cuánto lo siento».

La Guardia Civil le ofreció un helicóptero para trasladarlo a la isla vecina. El capitán del cuartel, a cuyo padre Antonio, urólogo, había operado años atrás, le recibió con un abrazo y con lágrimas en los ojos. «Me dijeron que si quería ver el cuerpo de Diego, aunque no me lo recomendaban por cómo había quedado. No era necesario».

Un temporizador

Inmediatamente después del atentado, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado pusieron en marcha la operación Jaula, la que se activa tras un ataque terrorista para identificar y arrestar a los responsables. Se consideraba la hipótesis de que los terroristas todavía no habían abandonado la isla, y de hecho se cerraron temporalmente los accesos marítimos y aéreos. Un día después se sabría que la bomba-lapa no fue activada con mando a distancia, sino con temporizador, lo que permitió a los etarras programar la explosión y abandonar la isla antes del atentado.

Para Antonio, la admisión de esta querella es muy importante porque no solo afecta a su hijo y a su compañero Carlos, sino a todos los miembros de la Guardia Civil objeto del «exterminio etarra». «ETA quiso hacer una limpieza étnica y es muy importante que la Justicia reconozca que son crímenes contra la Humanidad. Es la doctrina Nuremberg y, por eso, que esta querella prospere sería un paso muy importante para la normalización, para que se vean las salvajadas que ha hecho esta gente, que hasta ahora no se ha arrepentido de nada mientras la sociedad vasca miraba para otro lado». «¿Usted sería capaz de perdonarles?», le pregunto. «Yo les perdonaría, pero primero tienen que pedir perdón ellos y arrepentirse. Y le puedo asegurar que es más difícil que suceda eso que mi perdón».

Diego, la última víctima de la banda terrorista ETA, es uno de los 98 guardias civiles cuyo crimen, a día de hoy, sigue impune.

ABC

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