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Un guardia civil víctima de ETA cuenta como superó el atentado que sufrió

  • Escrito por Redacción

 

Javier López fue uno de los heridos en el atentado contra el cuartel de la Guardia Civil de Galdácano el 13 de mayo de 1978

Fue uno de los atentados más largos que se recuerdan. Hasta tres comandos de ETA asaltaron durante 20 minutos el cuartel de la Guardia Civil de Galdácano. En su objetivo por hacerse con unos detonadores electrónicos de nueva generación que habían llegado días atrás, abrieron fuego contra todos los que se encontraban a su paso. Incluso contra la ambulancia que vino a socorrer a los heridos. Javier López, un malagueño destinado en Basauri en el Servicio de Información, fue una de las víctimas. Tres proyectiles atravesaron su cuerpo. Perdió un riñón, parte del hígado y una bala le alcanzó la columna vertebral, causándole un daño medular que le postró durante dos años en una silla de ruedas. Un tiempo difícil, «en el que muchos dimiten de la vida», pero ante el que luchó con serenidad. Los suyos dependían de él en un tiempo en el que las víctimas del terrorismo etarra vivían casi en la clandestinidad. Treinta y seis años después este agente  que debió colgar el uniforme cuenta su experiencia en el libro «Tras el infierno. Hay vida después de un atentado de ETA». Una obra del periodista Vicente Almenara que tiene un marcado carácter «optimista» y que pretende ser un apoyo para aquellas personas que han vivido un episodio traumático.

Aquel 13 de mayo de 1978 cambió la vida de Javier. Cayó en los llamados «años del plomo». Aquel sangriento periodo en el que los asesinos de etarras mataban inocentes prácticamente todos los días.

Ahora se desplaza apoyado en un bastón. «Me hubiese gustado seguir jugando al fútbol», comenta: «No lo hacía nada mal, con 13 años vino el Atlético de Madrid para ficharme, pero mi padre no me dejó».

No titubea a la hora de relatar cómo fue el ataque al cuartel. «Lo he contado muchas veces», apunta, recordando las entrevistas que ha tenido con decenas de víctimas de ETA en las que han intercambiado sentimientos y sensaciones.

Este agente, hijo de militar destinado en Marruecos, pasó siete meses ingresado en hospitales de Bilbao y Málaga. «No esperaban que volviese a andar» tras evaluar los daños sufridos en la médula, pero su constancia venció cualquier diagnóstico adverso. Durante muchos meses asistió dos veces al día a duras sesiones de recuperación y pasados dos años pudo aparcar definitivamente la silla de ruedas en la que se desplazaba. Esa silla en la que paseaba a su hija como si fuese un caballito.

Javier López explica que la peor herida que arrastran las víctimas del terrorismo es la huella emocional, y que lleva a muchos a plantearse el suicidio. «No me podía “permitir” caer en ese trauma: tenía dos hijos, uno de tan sólo 40 días cuando ocurrieron los hechos, y debía sacarlos adelante como fuese», añade.

«El problema es como nosotros queramos que sea. Debemos controlarlo y no esconderlo», aconseja, para agregar que en el libro –en el que también se recoge el punto de vista de su familia, un íntimo amigo de la Guardia Civil o un psicólogo- «no se cuenta cómo hacerlo, sino el caso de alguien que ha podido».

Javier comenzó a trabajar y poco a poco fue labrándose una carrera como directivo en algunas de las mejores compañías del país -Coca Cola, Nestlé, San Miguel, ONCE…- con la que cuidó de los suyos mientras litigaba con el Estado para que le reconocieran su situación de discapacidad.

Después empezó a ayudar a otras víctimas y se convirtió en delegado de la Asociación de Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado Víctimas del Terrorismo (Acfsevt), desde donde ha luchado para que su memoria se mantenga viva y ha mirado con escepticismo la «amnesia» de algunos partidos y la «indiferencia» de otros. «Quien habla de conflicto político es que no vivió aquello», señala sobre los flirteos lingüísticos de Podemos con el entorno proetarra. «Me indigna que se apoye a los asesinos y a sus defensores y se olviden a las víctimas», insiste.

ABC

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