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Los 900 kilómetros del consejero vasco

  • Escrito por Redacción

ETXABURU-ETARRA

Cada dos meses, Ángel y su mujer hacen 900 kilómetros para visitar a Aitzol en la cárcel de Fleury-Mérogis, en París. Ángel, veterano profesor, le da consejos en sus estudios de acceso a la universidad. No es su padre, pero lleva cinco años encargándose de todas las gestiones del preso. El visitante es Ángel Toña y en febrero fue nombrado consejero de Empleo y Política Social por el Gobierno vasco del PNV. El preso es Aitzol Etxaburu Artetxe, exjefe de logística de ETA y antiguo hombre de confianza de Garikoitz Aspiazu, Txeroki.

“Es un asunto familiar y muy personal”, explicaba Toña en una entrevista concedida al periódico vasco Deia. Cuando lo eligieron para el cargo, sin embargo, ya anticipó que las visitas de un consejero vasco a un etarra podían ser “sensibles”. Fue uno de los primeros asuntos que trató con el lehendakari Iñigo Urkullu al aceptar este puesto de responsabilidad. El líder del PNV lo aceptó. Entendía que era algo íntimo que ocurría en muchas familias. “Mi relación es con Aitzol, al que conozco desde que era niño. No con lo que hizo en ese mundo. Son cosas distintas”, admitió Toña.

“Casos de concejales del PSN con hijos en la cárcel, familias de UPN en la Audiencia Nacional o de gente del PNV de visita en Puerto [centro penitenciario gaditano] son, tristemente, muy habituales”, explican desde la asociación de familiares de presos Etxerat.

No es tampoco la primera vez que una figura pública ajena a la izquierda abertzale visita a un preso por su relación personal. El antiguo presidente del Parlamento vasco Jesús Eguiguren, del PSE, por ejemplo, es amigo de Arnaldo Otegi. Pero la historia de Toña está alejada de la política. Es un relato de amistad y compromiso. El padre de Etxaburu, pescador de Ondarroa, y el consejero se conocían desde que de niños jugaban por la villa pesquera vizcaína. “Fue mi mejor amigo”, contaba.

Mientras su madre estaba enferma y su padre en el mar, Etxaburu huyó a Francia con ETA. Durante este exilio autoimpuesto, los progenitores murieron. En 2009 Aitzol fue encarcelado. Debía cumplir dos condenas: una de ocho años, por la gestión de zulos y artefactos explosivos, y otra, de 12, que penaba al aparato militar. “No tiene delitos de sangre”, subraya el consejero vasco.

En ausencia de sus padres, pidió llamar a Toña, que se había responsabilizado de sus hermanos: “Estaban en situación precaria, necesitaban ayuda económica, emocional y afectiva”. El entonces profesor de Economía de Deusto, casado y con tres hijos, no ha querido dar más detalles de su relación con el etarra a EL PAÍS. Quiere reservar la intimidad de su vida personal y la de su familia. No quiere frustrar sus relaciones.

Pero el asunto, como era de esperar, ha levantado críticas. “Si tiene el deber moral con un etarra, no debería haber aceptado el cargo”, piensa la presidenta de la Asociación de Víctimas de Terrorismo, Ángeles Pedraza. “Puede hacer lo que quiera en su vida, pero no puede ser objetivo. Urkullu tenía que haber elegido otro consejero”. La asociación de víctimas Covite, por su parte, no quiere entrar en su ámbito personal, aunque ve esta situación como una “oportunidad de influir e instar a los presos a desvincularse y a ayudar a enaltecer los casos no cerrados”.

Aitor Merino, un actor vasco afincado en Madrid desde hace más de 30 años, trató de explicar este aparente conflicto moral en Asier eta biok (Asier y yo), una carta cinematográfica dedicada a sus “amigos de Madrid”. Su compañero de la infancia salía de prisión al comienzo del documental, y él iba a recogerlo, cámara en mano. No evitaban la confrontación ideológica, pero su relación siempre era prioritaria. “Tengo discusiones como con cualquier otro”. Asier Aranguren era su amigo de toda la vida. ETA pertenecía a una vida que él no había compartido.

En una de las escenas, la madre de Asier, nacida en el exilio, recriminaba a su hijo durante la cena de Nochevieja que utilizara la violencia para algo en lo que ella no creía. “No veo a mi país con una gota de sangre. Me pone enferma. Me duele que defienda todavía todo aquello”. Su madre, como Toña con Etxaburu, estaba en las antípodas de su pensamiento político. Condenaba lo que había hecho. Pero era su hijo. Aranguren sabía que ETA estaba a punto de dejar las armas, pero ni siquiera eso la convencía.

El etarra protagonista de la película volvió a salir de la cárcel de Aranjuez el pasado 11 de marzo. “Voy a visitarle a menudo, pero a su madre le es más difícil”, decía Merino una semana antes. Tenía ganas de seguir luchando por su amigo. “Está en una situación injusta. No debería estar preso de nuevo. Cumplió su pena”, subrayaba apasionado.

Para Etxerat estos casos son muestra de que una historia así puede ocurrir en cualquier esfera de la sociedad vasca. “Lo único que nos une es ser familiares y amigos —algo que nadie elige— y que vivimos la dispersión”. Toña lo tiene claro: “Trataré de seguir haciendo las visitas. Es mi obligación”.

EL PAIS

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