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La Policía sigue el rastro a las españolas captadas por el IS

  • Escrito por Redacción

yihadistas-españolas

«Ella ha decidido que esa es su vida y yo tengo que seguir con la mía; me ha pedido que sea feliz» señala con serenidad Hasna, la madre de Lubna Mohamed, en uno de los salones de recibir de su elegante casa. El padre ni siquiera quiere hablar del asunto. Todas las mañanas cruza la frontera con Marruecos y se aísla en una casita en Tetuán con la intención de alejarse de Ceuta como si esa ciudad fuese la causante de todos los males.

Algunos taxistas, colegas suyos, aseguran haberle oído comentar que hubiera preferido que le dijeran que su hija había muerto a saber que ha elegido una vida de la que se cuentan tantas cosas terribles. Y le dan la razón. Hasna asegura que no puede dormir, que le come la ansiedad pero que ha de mantenerse entera y «un poquito más fuerte» porque es el modo de mantener a flote a la familia.

La última imagen de su hija Lubna la captaron las cámaras del aeropuerto de Málaga el mediodía del 5 de noviembre. Hace apenas un mes. Allí se ve a una joven de 21 años que camina sola siguiendo un plan milimétricamente trazado en secreto, con obcecación. Se dirige a Siria, según las Fuerzas de Seguridad, a incorporarse al Estado Islámico.

Lubna, en las imágenes de su marcha, arrastra una maleta roja, de un tamaño razonable si se trata de ir de vacaciones pero muy pequeña si tiene que cubrir toda una vida.

Quienes la conocen están acostumbrados a verla con su pelo rubio al viento, maquillada y muy sonriente. Ese día parece concentrada, cubre su cabeza y los hombros con un hiyab negro. Se dispone a coger el avión hacia Estambul como paso previo hacia Siria. Según las Fuerzas de Seguridad, para sumarse a la llamada de las huestes del Estado Islámico en su cruzada terrorista. Según su madre, Hasna, «para ayudar a los niños pequeños a cuyos padres han matado» transformada en una suerte de «misionera». Eso es al menos lo que le ha explicado su hija -y ella lo cree- en las escasas ocasiones en las que han podido hablar.

Lubna es, que se sepa, la penúltima de las mujeres españolas que han intentado y conseguido marcharse para integrarse en la yihad. La última cogió el petate en el momento en el que este reportaje tomaba forma. El jueves pasado Tomasa Pérez, una malagueña casada con Abdelah Ahram -acusado por Marruecos de participar en acciones terroristas y hoy en prisión-, emprendía junto a su hijo de 14 años el camino hacia Siria. Allí le esperan, si no han muerto en combates de última hora, Yasim Arham Pérez, su hijo de 20 años, y su cuñado.

Fauzia Allal, melillense. El pasado agosto fue interceptada cuando se disponía a incorporarse al IS después de ofrecer su casa a Nawal Dailal. Ella tiene 19 años y fue puesta en libertad. Nawa, de 14 años, está en un centro de menores.

Asia Ahmed, mujer de 'kokito'. Se casó por poderes con un terrorista que se fotografía con cabezas cortadas y que le regaló un cinturón de explosivos. Algunos profesores aseguran que ahora intenta captar a sus alumnas desde Irak.

Antes se había ido Asia Ahmed Mohamed, la esposa de Kokito, un matarife de Castillejos -la localidad que linda con Ceuta en la parte marroquí-, que suele posar con cabezas cortadas y que se ufanaba de haberle regalado a su mujer un cinturón de explosivos como presente de bodas. Asia, espoleada por uno de sus familiares, se casó con el terrorista por poderes, salió por Casablanca a su encuentro hasta el campamento de Al Tarib, entre Irak y Siria, y allí permanece, embarazada de su primer hijo, desde agosto.

También en agosto -el mes en el que el califa de IS, Al Baghdadi, realizó su llamamiento en Mosul- intentaron escaparse desde Melilla una joven de esa ciudad, Fauzia Allal de 19 años, y la menor Nawal Dailal, también ceutí, de apenas 14 años.

Según los expertos, en estos momentos sólo en Ceuta puede haber otras ocho mujeres planeando secretamente su viaje al centro del radicalismo islamista, engrosando así un fenómeno, el de la captación de casi adolescentes, mujeres y hombres, para la sangrienta guerra santa, que ha experimentado un incremento en el último año del que algunos docentes se han dado cuenta.

Varias mujeres con distintas vestimentas pasean por las calles de Ceuta.

Varias mujeres con distintas vestimentas pasean por las calles de Ceuta. REPORTAJE GRÁFICO: CARLOS GARCÍA

Nawal, la menor de 14 años, ahora se encuentra en un centro de menores de la Comunidad de Madrid. Estará allí seis meses al cuidado de psicólogos que están intentando desprogramarla. A la búsqueda de sus amigas para saber qué pudo pasar, este periódico visitó cuatro de los seis institutos de Ceuta. Algunos directores constataron la existencia de dos mundos separados pero no percibieron cambios esenciales; otros, admiten que varios alumnos de sus centros han sido «tocados».

«La mayoría viene de familias desahuciadas, que no ven salida a nada y, aunque aparenten tener un carácter fuerte, tienen una pesonalidad débil e influenciable», explica una trabajadora social de uno de esos centros.

Esta funcionaria, con más de una década de experiencia, asegura que en este curso ha detectado siete casos de menores, entre 15 y 17 años, que han denunciado intentos de captación. Cinco niños y dos niñas. A ellos se les acercan de forma directa y, a ellas, a través de las redes sociales. «El boom se produjo el pasado curso escolar y hasta ahora. Antes nunca había detectado nada. Y quienes lo denuncian están muertos de miedo. Les dicen que se van a ir al Paraíso». Uno de los profesores apunta a una captadora de excepción: Asia, la mujer de Kokito, incansable proselitista con cara de ángel desde su horrible Arcadia feliz de cabezas cortadas.

Sin embargo, así como en el caso de los hombres algunas redes y sus miembros han podido ser identificados, en el caso de las mujeres, al menos por ahora, la situación es más difusa. Hasta el punto de que los investigadores buscan entre sus más allegados síntomas de responsabilidad que no siempre encuentran -o no es cierta- y que, en cualquier caso, no serían el único detonante de su viaje. Y, de todos modos, en Ceuta, si te quieres ir, siempre hay alguien a quien preguntar.

Una anciana se dispone a cruzar la calle en una zona de Ceuta habitada en su totalidad por musulmanes.

Una anciana se dispone a cruzar la calle en una zona de Ceuta habitada en su totalidad por musulmanes. REPORTAJE GRÁFICO: CARLOS GARCÍA

De regreso al caso de la pequeña Nawal, su numerosa familia vive en el laberíntico barrio de Rosales, el centro del menudeo de la droga, cerca del peligroso barrio de El Príncipe. En la pared del pequeño callejón de llegada a la casa hay una pintada con la reivindicación del nombre de la niña en grafía árabe. La suya es una vivienda humilde con un patio trasero sin flores, un coche destartalado y dos enormes pastores alemanes pacíficos y disciplinados. El padre, Mohamed, está sentado en la parte del conductor del desvencijado vehículo y acepta apesadumbrado las preguntas sobre una hija que ha sido salvada in extremis.

«Es una cría, que días antes estaba bañándose con nosotros en la playa con la pequeña. Vino el Ramadán y fuimos a la mezquita. Allí entró en contacto con las redes y con otras cinco amiguitas que lo estaban preparando todo. Son de Nador, analfabetas, de la montaña, de 16 a 19 años. De repente pasó del bañador al burka y, cuando la detuvieron, la habían aleccionado para dar una versión que protegía a la mayor, que la escondía en su casa, y no quería hablar ni con psicólogos ni con educadores», relataba Mohamed.

Nawal había cogido sus bártulos de madrugada y fue hasta Castillejos, que está a cinco minutos. Subió a un autobús y llegó hasta Melilla. Las interceptaron después de que la madre avisara a la Policía y cuando ya iban a partir vía Tetuán.

«Eso de las redes sociales es una falsedad y una mentira. Son un negocio y los asesinos y narcotraficantes las aprovechan y ensucian el Islam para sacar dinero», añade Mohamed. Un policía precisará después que algunos captadores reciben un sueldo en proporción con las víctimas que consiguen y que los investigadores creen que las familias más necesitadas de aquellos que murieron en la guerra santa, ven elevarse su nivel de vida por el cobro de entre 3.000 y 6000 euros. Y, efectivamente, se referirá al dinero que narcotraficantes y magnates del petróleo desvían de la construcción de mezquitas a la financiación de la yihad.

Queda claro en ese momento que la casa de Nawal es un matriarcado. Fátima, la madre, interrumpe para dar su versión y con ella varios de sus 11 hijos. «La embaucaron, la secuestraron a través del Whatsapp. La mujer o el hombre que la engañó -porque en los perfiles se esconden hombres- le decía que iba a ir al Paraíso y que en Irak iban a limpiarle los pecados. Pero, ¿qué pecado va a limpiar una niña de 14 años en un paraíso que es una matanza? El Islam es paz», relata entre hipidos.

Entre los chavales que meten ruido en la pequeña habitación hay dos niñas. Una de unos nueve años, vestida con el uniforme rosa de pantaloncitos cortos del Real Madrid -su hermana también jugaba a fútbol con chicos y chicas-, que interrumpe con descaro las preguntas incómodas. Y otra de 16, que sí tiene explicación, al menos teórica, para la huida, si no de Nawal, sí de chicas más mayores con otras motivaciones.

La documentación sobre el destino de las mujeres que se unen al IS demuestra la existencia de páginas web en las que se alecciona a las musulmanas a ser las criadas de los combatientes. Pintan un mundo aparentemente feliz en el que cocinar y saber aplicar primeros auxilios son el objetivo de la mujer. Constan hermanos de musulmanas francesas con estudios superiores que han ido a rescatarlas y se han visto incapaces porque están sometidas psicológicamente. También hay noticias en las que se constata que yihadistas británicas manejan burdeles donde se explota sexualmente a las yazidíes. Se habla de matrimonios forzados. Y de un mundo en el que, dado que «el futuro de la yihad está en el vientre de la mujer», se han llegado a instaurar matrimonios «por horas», contraviniendo cualquier precepto del Islam.

«No me lo creo, ¿tú lo has visto?», reta la joven de 16 años con aplomo cuando se le habla del trato a la mujer con el que el islamismo radical reivindica la nueva virilidad. «Los matrimonios no son forzados, son concertados por mujeres que quieren ayudar a la yihad», añadirá muy segura.

¿En ese mundo de violencia? «Si los hermanos sirios son atacados, tendrán derecho a defenderse, ¿no? Un compañero en el colegio me explicaba cómo fueron violadas sus hermanas en Siria». ¿Pero qué puede llevar a una joven que tiene todas las libertades a trasladarse a un mundo en el que se le anula? «Si es tu religión lo aceptas. Antiguamente, cuando el Profeta, se hacía así». ¿Y tú te irías? «Yo no. A mí no me engañan». En esa tesitura ya no resulta relevante si es mentira lo del Profeta o no, o si los terroristas del IS tienen algo que ver con los «hermanos sirios» que, en realidad, están machacados por ambos bandos. Se trata de lo que uno quiera creer.

Pregunto a Fátima si, como dicen las Fuerzas de Seguridad, sus dos hijas mayores coquetearon con el radicalismo. Según estas fuentes, la mayor está casada con Farek El Conejo, detenido en 2013 en una operación contra captadores. Fátima lo niega y da por finalizado el encuentro. «Te he recibido en mi casa, te he dicho lo que pensamos, sólo quiero que mi hija vuelva», corta algo desabrida.

Poco después, un experto policial hará dos preocupantes apreciaciones sobre esta conversación. Una sobre Nawal: «Los psicólogos tienen mucho trabajo porque está totalmente radicalizada. Me temo que se va a volver a ir». La otra sobre los matrimonios forzados: «La niña de 16 años tiene razón. Los hacen porque quieren. Si son capaces de inmolarse, qué no harán por su concepto del Islam. No es sexualidad, es repoblación. La mayoría de las mujeres va predeterminada. No pueden viajar solas, así que, o van con su pareja o ya la tienen allí asignada. Y no va cualquiera. Han matado a gente que se ha presentado por su cuenta: no se fían de quien va sin avisar».

Entre los nombres de mujeres dispuestas a irse con el IS, hay un grupo que lo ha intentado, presuntamente, y no lo ha conseguido. O que los investigadores creen que antes o después dará el paso. Entre ellas está Chimaa.

La joven de 24 años, todavía somnolienta, abre los ojos como platos ante la pregunta de si se iría a Siria. A Chimaa la Policía la mantuvo retenida unas horas, cuando iba a cruzar la frontera acompañando a Dolores Hidalgo, a la que llaman la murciana, aunque, en realidad, es de Alicante. Chimaa iba vestida de negro con una indumentaria que los agentes asociaron con el salafismo. Como Tomasa, la última en irse, Dolores es una conversa, esposa de un marroquí de Rincón de Meriq, Mohamed Belguin, que ya está en Siria.

La abuela de Chimaa abre una puerta de cristales rotos con una cortinilla tapando el hueco y, quejándose del frío, pregunta si su nieta tiene algún problema. Cuando comprueba que no, la despierta. Son las 11.00 horas pero la joven está en paro desde que prescindieran de sus servicios como guía turística y sale, ella sí, cubierta hasta los pies. «¿Pero quién puede creer que yo quería irme hasta allí, donde la gente se está matando? Yo sólo estaba ayudando a trasladar el equipaje a una amiga que iba a la casa de sus suegros en Marruecos. Y allí sigue con sus dos hijos», argumenta. Y parece creíble.

Un joven posa ante el conflictivo barrio ceutí de El Príncipe.

Un joven posa ante el conflictivo barrio ceutí de El Príncipe. REPORTAJE GRÁFICO: CARLOS GARCÍA

Chimaa revela por sorpresa que ella es amiga de Lubna, a pesar de que las dos proceden de barrios muy distintos, que hablaban «de cosas sencillas, de la casa». No cuenta cómo se conocieron ni qué tenían en común aparte de quedar para pasear. «Me extrañó muchísimo que se fuera», enfatiza.

Ya en la calle, está lloviendo y el hermano de Chimaa espera a que escampe para coger el autobús. Es cocinero ya experimentado a pesar de sus 25 años, y se sorprende de que a la joven la puedan relacionar con el islamismo radical.

«Todavía estaba más guapa cuando iba maquillada», comenta. «Nadie le ha obligado a vestir así. Mi mujer viste de forma occidental, pero yo creo que acabará llevando el pañuelo porque con los años se profundiza en la religión. Internet y la tele han aumentado la religiosidad. Ahí vemos a doctores en Arabia Saudí que saben más que cualquiera de los imanes de las mezquitas de aquí», señala con un argumento que no necesariamente tranquiliza si tenemos en cuenta que el califa del IS tiene varios doctorados. Y añade: «Confío ciegamente en mi hermana y sé que nunca se iría a Siria porque hay que estar locos para matar así. Es como cuando vas al País Vasco y hay gente que te dice que está a favor de ETA». Los padres de su amiga Lubna también confiaban en ella: «Es una confianza distinta», responde sonriendo enigmáticamente.

Para los investigadores, el caso de Lubna rompe, en España, la mayor parte de los parámetros. Lubna procede de una familia musulmana acomodada -otro matriarcado- que reside en una buena zona de la ciudad. Maestra de educación primaria, estaba empezando a estudiar el lenguaje de los signos. Habla árabe culto e inglés. Su madre enfatiza que tenía amigos de todo tipo y especifica que entre ellos también los había de religión judía.

A partir de ese punto, el mundo de la joven está lleno de contradicciones. Empezando por un detalle: « ¡Pero si quiso estudiar medicina y no lo hizo porque era muy familiar y quería quedarse en casa! Era una amiga más que una hija».

A pesar de eso, a la hora en la que las cámaras del aeropuerto mostraban a Lubna, Hasna pensaba que estaba comiendo con sus amigas. Salió de casa temprano alegando que tenía una entrevista y a las 21.00 horas avisó desde un teléfono con el prefijo de Estambul. Había comprado ropa moderna que jamás se puso y que se ha quedado en el armario. «Lo que ocurrió, ocurrió en ese momento», dice su madre.

Aunque lo cierto es que es difícil saber cuándo y la pregunta sigue siendo por qué. Para esa pregunta Hasna tiene dos respuestas. La más mecánica y que no aclara nada: «Le han comido la cabeza». Y otra un poco más reveladora: «Ella ha querido siempre leer el Corán y dice que allí lo está leyendo bien, va a clases, y está concentrada y no como aquí».

Lubna tenía habilidad para manejar las redes y lo hacía en inglés. «Yo estaba agregada a los dos perfiles de las chicas a los que ella estaba agregada y que creo que están con ella. Son dos británicas que respondían al nombre de Umzara y Umhayar. Yo accedía por curiosidad, para ver lo que está pasando en Siria a través de los vídeos, para saber cuánta gente ha muerto», admite la madre, que niega afinidad alguna del entorno familiar con el radicalismo.

«Me dice que no está en un matrimonio forzado, que no piensa casarse y es posible que esté en una zona más tranquila. Es un país en guerra, no sabemos cómo es. Cuando llama, una vez cada 10 días, dice que está bien, que come bien y cuando le pregunto dónde está se ríe. No responde a todo», explica.

«Ella se ha despedido a veces diciendo que algún día nos veremos y yo tengo el presentimiento de que va a volver. Alguna ha vuelto. Si ella pone de su parte, la podríamos traer. Mucha gente se ha escapado...» Hasna hace un esfuerzo lógico por defenderla aunque probablemente sabe que, según la ley, en el caso de que regrese, Lubna podría ser detenida por terrorismo.

Las redes sociales que difunden un concepto tergiversado del Islam, una situación de marginalidad, la vida en barrios colonizados por radicales marroquíes como El Príncipe, conflictos internacionales en los que los «hermanos» parecen ser perseguidos por ser musulmanes, promesas de un propósito heroico, frustraciones personales, escuelas coránicas que instruyen a los niños en el salafismo... Hay muchos elementos que subyacen en el fenómeno de la incorporación al yihadismo de ciudadanos españoles. Aun así, desde el caldo de cultivo a la militancia activa, fanática en su caso, a la luz de la racionalidad, pareciera que falta un paso: la espoleta por la que estas jóvenes de apariencia dulce sacrifican por la barbarie un mundo, aunque imperfecto, de libertades. A esa espoleta le han puesto el nombre de Alá.

UN ESPESO CALDO DE CULTIVO

Son muchos los elementos que contribuyen a crear el contexto para que prosperen los brotes de radicalidad; desde las dificultades para la supervivencia hasta el adoctrinamiento por Internet. Algunos son controlables y otros no. Algunos son específicos y otros, generales. Todos han eclosionado en la última generación. De Ceuta salieron hombres para luchar en Afganistán y la presencia del talibán español, que estuvo preso en Guantánamo, así lo atestigua. Después vinieron Irak, Siria y los repuntes en el conflicto árabe-israelí. Dos de las sociólogas que mejor conocen el peligroso barrio de El Príncipe -en el que los bomberos entran escoltados por policías- constatan el incremento exponencial «del odio hacia lo hebreo extendido por Facebook aunque los usuarios ignoren la base del problema». La Ciudad Autónoma tiene además una frontera absolutamente permeable. «Si tenemos que hablar de quién es el captador de Ceuta, ese es Castillejos», señala un experto. Según las fuentes consultadas, los islamistas más radicales perseguidos por Marruecos llevan años ocultándose en el norte del país vecino y en los barrios limítrofes de la ciudad, y van imponiendo su doctrina. Y Ceuta, aunque tiene responsabilidades de Estado y competencias autonómicas, carece de medios. El resultado es, por ejemplo, que El Príncipe no está censado y en él viven miles de personas sin control. Un cambio poblacional de estas características ha provocado un cambio social con efectos muy difíciles de controlar. Hace años que hay niños que pasan las tardes en escuelas coránicas salafistas. Las profesionales consultadas recuerdan como se ha pasado de que ninguna mujer lleve pañuelo a que lo lleven masivamente «y no de forma voluntaria». «El machismo está más marcado y es habitual encontrar jóvenes que dicen que una buena musulmana es la que lleva pañuelo, lo que en su caso implica que la mujer ha de quedarse en casa para las tareas domésticas. Y las jóvenes quieren agradar. Hay una involución y se escudan en la religión para todo», sostienen. Y denuncian «matrimonios convenidos de niñas españolas de 14 años con hombres de 30 de Marruecos». O, según un director de instituto, que las jóvenes de 16 años abandonan los estudios cuando sustituyen la autoridad paterna por la de un novio. «Las nuevas generaciones dan miedo porque piensan de forma más retrógrada y más violenta y ese odio larvado trasciende», advierten.

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