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Vendrán por nosotros

  • Escrito por Redacción

raul-gonzalez-zorrilla

Artículo de opinión de Raúl González Zorrilla, Director de "La Tribuna del País Vasco".

Con motivo del 19º aniversario del asesinato de Gregorio Ordóñez por la banda terrorista ETA, recupero este artículo que escribí unos días después del atentado. Hoy, con la perspectiva que proporcionan las casi dos décadas transcurridas desde entonces, no escribiría el artículo del mismo modo ni diría las mismas cosas, pero creo que es importante recuperarlo porque refleja bien algunas de las cuestiones éticas y políticas que nos preocupaban entonces, y que, desgraciadamente, lo siguen haciendo ahora.


Todos los ciudadanos de este país tenemos miedo a los criminales del tiro en la nuca porque, en el fondo, sabemos que, más tarde o más temprano, vendrán por nosotros. Lo sabemos bien y por ello nos guardamos de gritar demasiado alto en público, de enfrentarnos a los cómplices de los asesinos en nuestras calles empapadas de sangre o de actuar con la misma prepotencia y el desdén que utilizan quienes jamás han condenado un atentado de ETA.

 

Los más viejos del lugar, aquellos que hace muchos años empeñaron su vida contra la dictadura, saben bien lo difícil que es luchar contra el fascismo y contra la telaraña de inseguridad, opresión y terror que éste genera sobre todas aquellas colectividades que captura bajo sus garras siempre al acecho. Aquellos abuelos que un día lucharon por una Euskadi libre y tolerante conocen a la perfección esa sensación extraña que estos días atenaza a todos los ciudadanos vascos bien nacidos; ellos recuerdan los síntomas de la enfermedad casi física que aparece cuando un hombre honrado tiene que tragarse su dignidad, su orgullo y sus ganas de justicia arrodillado ante la frialdad obtusa de una pistola que nos apunta a todos.

 

Corren malos tiempos para los valientes. Los mitos a la fuerza, como Gregorio Ordóñez o como todos los inocentes asesinados por ETA, ya no están entre nosotros y los ciudadanos corrientes y molientes, los que no conocemos más lucha que la de las palabras ni más guerra que la de la existencia diaria, nos encontramos ante la terrible obligación de tener que defender nuestra sociedad, nuestra libertad y nuestro futuro, con la fuerza que habitualmente utilizamos para trabajar, para crear y para reconstruir lo que otros permanentemente destruyen. Así, los donostiarras en particular, y los vascos en general, configuramos en estos momentos trágicos un pueblo roto, desvencijado y dolorido. Hemos visto a nuestros legítimos representantes llorar de impotencia, hemos padecido con ellos mientras introducían otro cadáver de uno de los nuestros en el Ayuntamiento que es la casa de todos y hemos leído en sus rostros la angustia del temor que todos sentimos en lo más profundo de nuestra alma colectiva.

 

Ahora estamos solos, recordamos a Dios y padecemos el miedo que sufren los hombres que pierden su honor ante la presencia obscena de las armas. Oímos decir desde otros puntos de España, desde otros lugares de Europa, que somos los ciudadanos los que tenemos que acabar con la violencia que ha convertido a nuestro pueblo en una ciénaga de sangre noble y honrada. Sabemos de la buena voluntad de toda esta gente y de su sincera apuesta por nuestra paz que es la paz de todos, pero, de verdad, no es tan fácil resolver el problema como a veces puede parecer visto éste con la perspectiva segura que proporcionan cientos de kilómetros de distancia. Que nadie se llame a engaño: no es lo mismo criticar un campo de concentración que derribarlo desde dentro.

 

Ante la cruda sinceridad de la realidad más macabra y tras ver muchos cadáveres encima de las mesas de hablar, en Euskadi nos hemos damos cuenta que el fascismo se nos ha colado en el interior de la cocina donde amasamos el porvenir. Ateridos por el estupor, hemos comprendido que se ha infiltrado en nuestras fiestas más queridas, que domina algunas de nuestras instituciones, que controla pueblos enteros, que atemoriza a la Universidad, que chantajea a nuestros maestros y que tiene tomada la calle con los lazos asfixiantes de la violencia indiscriminada y del terror difuso. Todos saben a lo que me refiero: tiros por la espalda para un puñado de héroes que nunca quisieron serlo y pintadas, amenazas, venganzas y agresiones "de baja intensidad" para los demás. Es el rostro diabólico de los fascistas y nuestra sorda represión de todos los días.

 

Vendrán por nosotros antes de que hayamos acabado de secarnos las lágrimas. Lo sabemos porque conocemos la historia, porque recordamos a Bertold Brecht y porque llevamos mucho tiempo negándonos a reconocer lo que es evidente: que todos somos víctimas posibles de esta locura que ha caído como una epidemia maldita sobre este país que solamente desea vivir en paz y en libertad. Para qué nos vamos a engañar: muchos de mis vecinos sienten temor a no poder contener más la indignación que les corroe lo más hondo de su ser y todos padecemos ese espanto indefinido que nos lleva a temblar de pánico cada vez que un niño quema un inocente petardo que siempre nos parece una bomba. Este es el resultado de las hazañas de los criminales.

 

ETA y Herri Batasuna han sido muy eficaces a la hora de sembrar el terror, pero ahora habrán de serlo también para asumir las consecuencias de nuestro miedo. Una sociedad que sabe ponerse un lazo azul en la solapa sin que nadie le llame a ello, que se une como una piña para dar el último adiós a uno de sus concejales y que es capaz de seguir avanzando a pesar de padecer durante años cientos de crímenes sin sentido, es una comunidad que, a pesar de su temor, nunca cederá al chantaje de los tiranos del ciego tiro en la nuca. Podemos tener miedo, pero los asesinos han de saber que se han equivocado con nosotros. Somos los legítimos herederos de muchos que, como Gregorio Ordóñez, han dado la vida por nuestra libertad, habitamos en una ciudad privilegiada por los dioses, formamos un pueblo antiquísimo y legendario por su capacidad de resistencia y no necesitamos de las armas de los cobardes para hacer prevalecer la justicia de los hombres y mujeres íntegros, humildes y laboriosos. Iremos sin armas, pacíficamente y con la legalidad por delante, pero que no se lleven a engaño los asesinos: siempre nos van a tener enfrente. Se lo debemos a nuestro pueblo y, sobre todo, se lo debemos a todos los que ya no están entre nosotros. Que su muerte no haya sido en vano y que su herencia nos libre de todo mal.

LA TRIBUNA DEL PAIS VASCO

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