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Banderas de nuestros padres

  • Escrito por Redacción

BANDERAS-DE-NUESTROS-PADRES

Una buscadora dice: “Tratándose de luces, hay que ser inclusivo”. La verdad se conforma como un puzzle de mil piezas. Defender dos o tres razones nos impide, no sólo completarlo, si quiera saber aproximadamente cuáles son los contornos o el tema del cuadro. 

Tratándose de identidad, aquello que las luces iluminan, también hay que ser inclusivo. Si no hay, ni ha habido jamás, dos seres humanos idénticos; ¿Cómo podemos pretender que existan naciones que agrupen a colectivos uniformes con una identidad nacional perfectamente definida y excluyente? El Santo Oficio creía que era posible, también el Nacional Socialismo y los bolcheviques. Algunos siguen pensando que esto es posible, o por lo menos les conviene decirlo, aunque saben que no es cierto.

Qué hay de malo en alegrarse cuando gana la Real y también cuando gana un equipo vasco en la liga, o cuando el Real Madrid, el Barça y la Selección Española triunfan en partidos internacionales. Qué hay de malo en participar del triunfo de Nadal y emocionarse cuando el himno nacional español y la bandera de España coronan el Roland Garros, o cuando nuestros motoristas ocupan todos los titulares internacionales. ¿Deja uno de ser vasco por semejante sentimiento?

Hace poco pregunté a un militar si había alguien dispuesto a entregar su vida por Europa, por defender los colores de la bandera europea. Pero hay más: ¿Hay algún vasco como Don Cosme Damián de Churruca y Elorza, capaz de clavar la bandera real española en el palo mayor del San Juan de Nepomucemo para impedir así su rendición? ¿Hay algún pasaitarra como Don Blas de Lezo y Olabarrieta capaz de entregar un ojo, un brazo y una pierna por servir al Rey de España? ¿Hay algún donostiarra como Don Antonio de Oquendo y Zandategui que se parta la cara por la enseña nacional en más de 100 combates saliendo victorioso, temido y respetado por sus enemigos?

Nadie está dispuesto a morir por la Unión Europea, representada por una banderita azul con un círculo de estrellas, porque esa identidad se ha cocido en los despachos de unos burócratas, no en los corazones de cien generaciones. Pero lo extraño es que en el País Vasco y en Cataluña parece ser que alguien ha manipulado los genes de forma que se olvide por completo una parte sustancial de nuestra herencia identitaria.

Realizando unas maniobras con el Regimiento de cazadores de montaña Tercio Viejo de Sicilia en los desfiladeros de Belagua, en pleno invierno, acudíamos al refugio de montaña de Isaba. A lo lejos se divisaba, en medio de un espléndido paisaje alpino nevado, una bandera española. Por primera vez sentí que aquella enseña era mía y la vi bella, orgullosa, noble y querida. ¿Cómo es que hasta entonces no había sentido nada semejante?

Unos quince años antes, en el valle de Belabarce, muy cerquita de allí, el popular y ya fallecido hermano Garín, que entonces dirigía el campamento de verano de los Jesuitas, había hecho izar una ikurriña en un mástil en medio del campamento. A todos los adolescentes que allí acampábamos nos pareció fantástico, sobre todo porque aun no era legal. Que un jesuita tuviera los huevos de izarla justo al lado del campamento del Opus y a pocos kilómetros del cuartel de la Guardia Civil no era baladí.

La Benemérita se presentó y le obligó a sustituirla por una bandera española. Como no teníamos enseña nacional y los picoletos no dejaron una, el pobre hermano Garín, asustado por la posible multa, improvisó una especie de trapo rojo y amarillo que daba pena verlo. Pensé que se lo llevarían detenido al cuartelillo porque era peor el remedio que la enfermedad. Como aquel suceso me pareció una injusticia contra la ancestral tribu de los vascones, en las clases de dibujo de Don Ochoa pinté un Olentzero con una ikurriña de fondo. Me puso un sobresaliente. Se ve que le gustó el gesto.

Ahora he comprendido que todo eso forma parte de mi presente. Comprendo lo que siento cuando veo una ikurriña y cuando veo una bandera española. Y también comprendo lo que siento cuando alguien ataca a cualquiera de las dos. Porque soy inclusivo. Así que no me gusta nada que haya unas personas que quieran romper lo que yo tengo unido en mi corazón.

Del mismo modo que a los hijos no les gusta nada que sus padres se divorcien, no me gusta nada que retiren el cuadro del Rey de España del Salón de plenos del Ayuntamiento de San Sebastián y menos cuando el argumento es que la monarquía no representa a una ciudad cuyo escudo de armas reza “Ganadas por Fidelidad, Nobleza y Lealtad”, rubricándolo con la corona real. No se puede entender la historia de esta ciudad sin su relación con la monarquía española. Real Sociedad de Fútbol, Real Club Naútico, Real Sociedad Hípica, Real Moto Club... El propio edificio consistorial nos habla de la influencia de la monarquía en esta ciudad cosmopolita. Toda la aristocracia europea bailó en sus salones. ¿Por qué renegar de lo que somos y hacernos mutantes con una extraña pócima elaborada en un aquelarre?

Cuando paseo por el puerto donostiarra y veo decenas de banderas españolas ondeando en los yates capitaneadas por la enseña de la Comandancia de Marina, a escasos metros del ayuntamiento gobernado por Bildu, me digo: quizás la mar sea nuestro último reducto como lo fuera antaño escenario de glorias y hazañas. 

Es curioso lo que uno asocia a sus banderas.

Cuando veo el oro y sangre de nuestra armada imagino vascos heroicos, un imperio de ultramar, aventureros y exploradores valientes que a veces eran quijotescos soñadores. Cuando veo la ikurriña veo el verdor de mi tierra, la calidez y melancolía de sus montes, el cobijo de lo más íntimo.

Quiero apartar la vista de la sangre inútil derramada, de los puños en alto, del odio, de la secesión. Del mismo modo que el aguilucho, las gafas oscuras y camisas azules me rebajan el brillo marítimo de la más temida y respetada en los océanos. Y me alegra mucho poder verlas ondear juntas porque creo que se vuelven audaces, ambiciosas y universales. Así me siento más completo.

 JAVIER SALABERRIA


 LA TRIBUNA DEL PAIS VASCO

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