Menu
  • 01
  • 02
  • 03
  • 04
  • 05
  • 06
  • 07
logo-circulo-ahumada
Cartas al Director

Cartas al Director

Envíe su carta...

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA. ARTÍCULO 2 (CUIDADO CON LAS COCES)

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA. ARTÍCULO 2 …

‹‹La Constitución ...

El gran encierro

El gran encierro

No, no me refiero ...

DOMINGOS BENEMÉRITOS

DOMINGOS BENEMÉRITOS

SUMARIO: DOMINGO 04 ...

Sábados culturales en Benemérita al Día

Sábados culturales en Benemérita a…

SUMARIO SÁBADO 03 de...

MANIFESTACION DE ODIO EN ALSASUA

MANIFESTACION DE ODIO EN ALSASUA

Miles de personas ...

Los majaderos de Alsasua

Los majaderos de Alsasua

Tras el acto terro...

Prev Next

hospimedicalpatrocinador

Noticias Opinión

"La tentación del exilio"

  • Escrito por Redacción

Raul Gonzalez Zorrilla

"La tentación del exilio", conferencia íntegra de Raúl González Zorrilla, periodista, escritor y director de La Tribuna del Pais Vasco, dada ante la Asociación por la Tolerancia

Buenas tardes:

En primer lugar, quiero dar las gracias a la Asociación por la Tolerancia por invitarme a estar nuevamente aquí con todos ustedes. De verdad que siempre es un placer, más aún cuando, como en esta ocasión, me encuentro acompañado por dos personas como Mikel Azurmendi y Carlos Fernández, que, como todos saben, son dos auténticos expertos en estas cuestiones y, además, dos personas que conocen a la perfección las consecuencias del exilio forzoso por la amenaza nacionalterrorista.

Dicho esto, tengo que confesarles que cuando hablé con Gregorio sobre el tema que da título a nuestra intervención, de una forma intuitiva sentí que, efectivamente, son muchas y muy variadas las razones socio-políticas que existen para que algunos ciudadanos vascos, y no pocos catalanes, sintamos esto que hemos definido como “La tentación del exilio”.

Pero, a la hora de ponerme a escribir esta breve introducción, comprendí que, en algunos casos, los motivos que nos impelen a marchar son tan sutiles y tan vaporosos que, más allá de estar basados en una amenaza inmediata o en un peligro inminente, se levantan sobre el hartazgo moral y la repulsión ética que supone para muchos de nosotros vivir cotidianamente en una tierra, nuestra tierra, saqueada por los terroristas y sus cómplices políticos.

Nuestra “tentación del exilio” se levanta, en este sentido, sobre una constatación repetida que nos recuerda, un día sí y otro también, que el dúo ETA-Batasuna ha triunfado, o está en camino de hacerlo, en la batalla ideológica, en diferentes ámbitos políticos, en el establecimiento de referentes culturales y en la hegemonía social. Y también, y sobre todo, nos recuerda que los asesinos y sus cómplices nos están venciendo en la implantación de una lectura y una interpretación de lo sucedido en las últimas décadas en el País Vasco que no tiene nada que ver con la realidad y que solamente responde a las exigencias del ideario totalitario sobre el que se construye el movimiento nacionalterrorista.

Como sabéis, un ejemplo de esta victoria parcial, pero histórica, del dúo ETA-Batasuna es el territorio de Guipúzcoa, del que nosotros venimos y donde, actualmente, Bildu, un proyecto político cuyo nacimiento fue alentado y tutelado directamente por la banda terrorista ETA, controla la Diputación Foral, el Ayuntamiento de San Sebastián y algunas de las principales localidades de la provincia.

Guipúzcoa es hoy el ejemplo más significativo de que el terrorismo de ETA-Batasuna no ha sido derrotado y de que, en determinadas zonas del País Vasco, tras cinco décadas de actividad criminal, se ha impuesto un “estilo Bildu” de convivencia que es el que impone una gran masa de la población que desprecia a la autoridad democrática, que defiende todo tipo de posturas políticas de corte radical, que nos impone los más absurdos disparates socioeconómicos, que arrasa cualquier atisbo de iniciativa cultural y que supura una extraña bazofia moral que mezcla, a partes iguales, una indecente apología del terrorismo, un intenso totalitarismo identitario y un poderoso integrismo ideológico que, en el fondo, lo único que demuestra es un odio visceral a nuestro sistema de libertades y a los valores éticos que conforman las sociedades occidentales.

El País Vasco en general, y Guipúzcoa en particular, se están convirtiendo en territorios inhabitables porque, en ellos, el Relato escrito por los terroristas está cobrando una legitimidad igual o mayor que al de sus víctimas.

Esto es una aberración ética, un error político, una ignominia social y un desvarío colectivo porque de ninguna manera es lo mismo ser un perseguido o un penado por la Justicia que ser una víctima de la injusticia. Ser victimario exige una postura activa y voluntaria; ser víctima, es un estigma no querido e impuesto por la sinrazón, el odio y la crueldad.

                Sabemos que la Memoria triunfante ha de hablar de víctimas y de victimarios y ha de hablar de la victoria de la democracia y de la derrota del terror y de los terroristas. La Memoria triunfante ha de tener el coraje político y social de reconocer que honrar individualmente a las víctimas exige deshonrar públicamente a los verdugos. Que no puede haber equidistancias falsarias ni memorias compartidas.

Si no se hace así, si el relato predominante no es este, será lo mismo que decir a las familias de las víctimas que sus seres queridos han muerto en vano y será lo mismo que transmitir a la sociedad la idea inicua y siniestra de que asesinar, extorsionar, amenazar y delinquir sirve para alcanzar objetivos políticos, sociales o de cualquier otro tipo.

Los ciudadanos han de percibir con claridad que las instituciones son instrumentos útiles y hábiles para restablecer los derechos, las libertades y los vínculos individuales y sociales dramáticamente quebrados por los delitos terroristas o por otro tipo de actitudes delictivas. Y esta confianza es la que, por ejemplo, ha quebrado la reciente derogación de la “doctrina Parot”, que ha hecho buena la máxima que el poeta británico Edmund Burke ya escribió a mediados del siglo XVIII: "Hay un límite más allá del cual la tolerancia deja de ser una virtud".

"Hay un límite más allá del cual la tolerancia deja de ser una virtud". Y es que este triunfo ideológico-político de ETA-Batasuna, no hubiera sido posible si, paralelamente, en nuestro país, no hubiera triunfado una clase gobernante que, amparándose en el pensamiento más débil, en el relativismo más obsceno y en el nihilismo más tosco, ha diluido los límites éticos más elementales en aras de conseguir la máxima transigencia moral, y ha terminado confundiendo a las víctimas con los verdugos y, lo que aún es peor, otorgando a la iniquidad y a la estulticia el mismo valor que al mérito y a la excelencia.

Ciertamente, la existencia de Gobiernos que maceran a su antojo las leyes y que transforman los Estados sobre los que rigen en eriales normativos y en desiertos institucionales, no es infrecuente en algunos lugares del mundo, especialmente en las zonas del planeta más depauperadas y más azotadas por la corrupción y la violencia.

Pero lo que sí resulta novedoso y profundamente preocupante, y es lo que constituye también otra poderosa razón para el exilio, es que España, que actualmente y a pesar de todo es la octava potencia económica del mundo, haya pasado a convertirse, como consecuencia de las decisiones de una clase política y de una mayoría social ideológicamente flácida en un Estado radicalmente anómico, es decir, visceralmente reacio a la aplicación de las leyes democráticas.

Hoy es posible afirmar que más que por erróneas, imperfectas y fallidas, que también, las estrategias y las decisiones políticas impulsadas por los últimos gobiernos que ha padecido España, incluyendo el presente, son excepcionalmente delicadas para la nación por su intensa capacidad para socavar los cimientos más sólidos de nuestro entramado institucional y por el poder que han demostrado tener para dinamitar los consensos colectivos más elementales sobre los que descansa nuestra sociedad desde la cada vez más lejana Transición.

En este sentido, los Gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero de un modo activo, y el Gobierno de Mariano Rajoy, por dejación de sus responsabilidades, han conseguido que la molicie moral, el consentimiento indolente y la acracia comportamental sean los grandes referentes sobre los que se asientan la vida pública y la convivencia social. Y, consecuentemente, han permitido que los asesinos de ayer puedan ser los referentes políticos de mañana, han mirado hacia otro lado ante las continuas afrentas lanzadas desde las formaciones nacionalistas más extremistas y han presionado, como nunca se había hecho antes, a los diferentes poderes del Estado con el fin de que éstos se adapten a sus intereses.

La España actual, y qué decir del País Vasco y de Cataluña, se encuentra bañada de un espíritu posmoderno frívolo, desarmado, contemporizador y absolutamente desinteresado de la defensa del sistema democrático y de la salvaguardia de los valores fundamentales que conforman la esencia de nuestra civilización. Y este espacio para la impostura creado, con distintos grados de responsabilidad, por la mayor parte de las fuerzas políticas, que no hay que olvidar que en este país se encuentran presentes en todos los rincones de la sociedad, es, este espacio, de hecho, un territorio infame que invita a ser abandonado por las personas, simplemente, decentes.

Un país que asume bajar la cabeza políticamente ante los terroristas para que éstos, presuntamente, dejen de matar; un país que permite que los cómplices de los asesinos gobiernen en ayuntamientos y diputaciones; un país que confunde la apología de la violencia con el derecho a opinar y que convierte gratuita e impunemente su territorio en un caótico reino de taifas en el que todo puede ser posible; un país de estas características, alumbra una sociedad desarbolada en la que la incesante y premeditada degradación de las normas sociales queda perfectamente reflejada en la utilización vacía, tergiversada e inicua que se hace del lenguaje.

De hecho, esta manipulación perversa de las palabras y de sus significados, la misma que sacraliza el término diálogo como una panacea casi mística capaz de ocultar todo tipo de indignidades, la que describía los atentados etarras como simples accidentes y la que a fuerza de repetir incesantemente la misma falsedad consigue que ésta se convierta en certeza absoluta en los titulares de todos los periódicos, es también un ejemplo claro del estado de desmantelamiento al que el poder político, con la inestimable colaboración del poder judicial, ha arrastrado a la ciudadanía española. Y es que no debemos olvidar que, según el Diccionario de la RAE, la anomia es también, y esencialmente, un trastorno del lenguaje que imposibilita llamar a las cosas por su nombre.

Tengo la certeza interior de que un día abandonaré el País Vasco, porque el clima ético irrespirable creado por quienes han matado, por los cómplices de quienes han asesinado y por tantos y tantos como se han aprovechado de los primeros y han hecho todo tipo de negocios con los segundos, difícilmente podrá mejorar en unas cuantas generaciones.

Sé que no terminaré mis días en el País Vasco y no sé si lo haré en algún otro lugar de España. Pero si sé que quiero que mi hijo, cuando sea mayor, abandone este país y quiero que se abra camino en una sociedad diferente que, como todas, tendrá sus problemas y sus desavenencias, pero en la que, colectivamente, se premie el mérito y no el amiguismo; en la que se entienda algo tan básico como que no todas las ideas son iguales; en la que se sienta el orgullo de defender los valores que Occidente ha legado al mundo y en la que exista la convicción de que nuestra cosmovisión del mundo merece ser públicamente defendida.

Quiero para mí y para mi hijo poder vivir en una nación sólida, homogénea e integrada, en la que los organismos de poder mantengan la firmeza democrática, en la que las leyes legítimas sean colectivamente acatadas y en la que los principales actores que gestionan la vida pública actúen según se espera de ellos.

Quiero vivir en un país en el que los ciudadanos, cuando se levanten todos los días, sepan que tienen garantizadas apenas un puñado de certezas elementales: Como, por ejemplo, que los delincuentes han de ser detenidos y puestos a disposición de las fuerzas de seguridad, y que no pueden humillar a sus víctimas ni regir los destinos políticos de sus vecinos; que la violencia nunca ha de legitimarse como un método de participación social, que un mismo idioma ha de servir para comunicarse en el territorio común del Estado o que el derecho a una educación pública en condiciones no puede depender de los caprichos legislativos de cada autonomía.

Quiero para mi familia un país en el que, en definitiva, los terroristas no se paseen impunemente por las calles, en el que la Justicia no dependa de los intereses políticos de unos pocos y en el que nadie gobierne cuestionando grosera y permanentemente todo aquello que nos permite a los ciudadanos ser, simplemente, eso: Ciudadanos.

Hemos aguantado mucho y durante mucho tiempo. Y la mayor parte de los que estáis aquí sabéis de lo que estoy hablando. Y, de una vez por todas, es necesario poner coto a la irracionalidad ideológica, a la indigencia ética, a la conversión de lo político en soflama incendiaria, a la postración intelectual ante lo "intelectualmente aceptable", al relativismo más escabroso y a la equiparación obscena de víctimas y de verdugos.

De lo contrario, habrá llegado el momento, esta vez sí, de marcharse.

Muchas gracias

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Benemérita al día

Actualidad

Cultura y Sociedad

Otras Secciones

Boletín de Noticias

SUSCRÍBETE >> Recibe gratis todas las noticias en tu correo
Términos y Condiciones