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La familia postnuclear

  • Escrito por Redacción

 

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Articulo de opinion del colaborador de La Tribuna del País Vasco, Javier Salaberria publicado el día 20 de noviembre de 2013.

La familia es el ladrillo con el que se construye el edificio social. Al igual que el átomo de hidrógeno, el más simple y abundante del universo, es la célula madre de cualquier civilización. En muy poco tiempo, en menos de un siglo, pasamos de pertenecer a clanes y familias extensas a formar familias nucleares. Ahora entramos en la era de las familias postnucleares, una mutación celular consecuencia de nuestro modo de vida postmoderno e insano. Las llamamos familias desestructuradas, monoparentales, simultáneas, acordeón, con miembro fantasma, etc. La excepción se ha vuelto cotidiana y la familia tradicional empieza a estar amenazada como tantas otras realidades naturales. Algunos pensarán que es un paso más en la evolución humana, y otros pensamos que es un paso más y definitivo en nuestra involución.

Creo que hay bastante unanimidad a la hora de calificar a las familias como el verdadero salvavidas de esta crisis estructural que vivimos. No es una simple crisis económica, es algo mucho más serio porque afecta al sistema entero de valores de nuestra civilización. En la medida que aun existen grupos familiares firmes y sanos es posible que el estado delegue muchas responsabilidades en ellos. ¿Imaginan ustedes lo que sucedería con ese 57% de paro juvenil sin el soporte familiar? ¿Qué sería de la natalidad de nuestro país sin los sufridos abuelos niñera? Los mismos que con su pensión a veces deben mantener a hijos y nietos además de avalar hipotecas que los ponen luego de patitas en la calle tras una vida de sacrificios y ahorros.

Hemos pasado de aquel “vivir de los padres hasta que puedas vivir de los hijos”  a la cruda realidad de nuestros padres y madres que han tenido que hacerse cargo de tres generaciones: de sus hijos primero, de sus propios padres después, y ahora de sus nietos. Mi más sentido homenaje a ellos, que nos han dado una lección de dignidad, coraje y entrega que será difícil intentar igualar. Tal generosidad debería ser recompensada por una sociedad que sin embargo a menudo los margina y los abandona en un cementerio de elefantes.

Si algo tienen claro esos ancianos es su sentido del deber y la responsabilidad; que nada en esta vida se consigue sin disciplina y sacrificio, y que por encima de sus propias apetencias y necesidades están las de su familia. Por eso vemos personas que han permanecido casadas 60 años. No es que los amores de antes duraran más que los de ahora. El amor sigue siendo igual de caprichoso que en tiempos de Cleopatra. La diferencia es que antes sabían sacrificarse.

Sacrificio. ¡Qué hermosa palabra! Y sin embargo, qué odiada hoy en día. Pues bien, el sacrificio es la materia prima del heroísmo y sin él, todo se va al carajo, porque cuando el ser humano se mira a un espejo y sólo ve la belleza en su propia sonrisa, se vuelve ciego. Pero si mira a ese espejo y busca el reflejo de los que se mueven a su alrededor, se vuelve bello y luminoso.

¿Quién sacrifica hoy su libertad por el bien de sus hijos? ¿Quién rebaja sus aspiraciones vitales por el bien de su familia? ¿Quién cede sus razones por el bien común? Esos que lo hacen son nuestros héroes silenciosos y anónimos, aquellos sacrificados seres humanos sin los cuales esta civilización habría sido borrada del mapa hace tiempo.

Chequeen pues la salud de nuestras familias y estarán leyendo la mano que nos habla del futuro inmediato. Si el individualismo se impone al heroísmo, estamos perdidos.

“¡Quiero vivir!”, decía una madre que justificaba así el abandono de sus hijos.

“¡Quiero morir!”, decía otra que se suicidaba llevándose por delante a dos menores.

“No me puedo venir abajo. No me lo puedo permitir. Mis hijos sólo me tienen a mí.” Decía María Dolores, madre de cuatro hijos que sobrevive con un subsidio de 426 euros y acude a un comedor social con ellos, superando la vergüenza que esto le supone. Gracias a ella y a nuestros ancianos esta sociedad merece otra oportunidad antes de que Dios nos envíe un meteorito que fulmine el planeta.

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