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Los monstruos existen

  • Escrito por Redacción

gistau

David Gistau

Articulo de opinión de David Gistau, publicado el día 23 de octubre en ABC.es

Los monstruos existen

RESULTA inútil endosar a Estrasburgo, en un tono más o menos escatológico, la culpa por las imperfecciones del código con el que fueron juzgados los autores de algunos de los crímenes etarras más horrendos y seriales. Puede servir para evacuar un ápice la frustración, la sensación de humillación colectiva que estos días es posible percibir en esta sociedad que no para de recibir castigo. Pero no exime al Estado, gobernado en aquellos años por el felipismo, de haber tardado más de veinte años en reaccionar jurídicamente a un fenómeno brutal de violencia y terror, de bombardeos desde dentro, que antes de 1973 era inconcebible. A los psicópatas de los años de plomo los juzgó un sistema pensado para nada peor que El Lute. De aquellos tiempos se diría que, contra ETA, siempre llegamos tarde: también en la cohesión civil y en la corrección de algunas distorsiones intelectuales típicas del post-franquismo y especialmente enraizadas en países/santuario en los que hubo que hacer mucha pedagogía.

ETA existe y asesina desde hace mucho tiempo. Tanto, que no recuerdo una vida que no fuera interrumpida cada cierto tiempo por la noticia de un atentado. O con los propios cristales de casa temblando por una explosión de las que alimentaron la perra fama de ese comando Madrid compuesto por podredumbres humanas. ETA existe y asesina desde hace tanto tiempo, que en realidad estábamos abocados al escalofrío de ver cómo terroristas de una dimensión monstruosa completaban sin arrepentimiento ni humanización el ciclo de crimen, captura, juicio y condena. Pero no así. Más allá de lo prematuro, que de por sí es lacerante en términos de proporción contable, las circunstancias añadidas son desoladoras. Porque ni en la hipótesis más cruel se podía imaginar que estas excarcelaciones incluirían un correctivo a varias décadas de sufrimiento y lucha contra el terrorismo que por añadidura concede a asesinos en serie un pretexto moral indigerible. La hipótesis más cruel tampoco esbozó la posibilidad de que este goteo de criminales sonrientes, cada uno de ellos conforme con su estela de cadáveres y su fabricación industrial de dolor, sería interpretada como una buena noticia política por personas que no hace tanto tiempo se pintaron las manos de blanco. Todo en nombre de un «proceso» muñido por un hombre del cual una penosa entrevista en televisión nos ha recordado que nunca fue sino un liviano hacedor de frases de galletita china de la suerte que consideraba maleables en su propio favor todos los principios fundacionales de nuestra existencia en sociedad.

La ley se cumple. Y las garantías judiciales no pueden ser atropelladas por el instinto. Hasta ahí, qué remedio, y qué escasos bálsamos que aplicar al asco con el que regresan las visiones de los cuerpos destrozados. Pero hacen falta muchas tragaderas, o una insondable carencia de escrúpulos, para incorporar esto a ese mismo cálculo político según el cual, por el solo hecho de que nos haya perdonado a todos la vida, se facilita la rehabilitación instantánea a una banda de forajidos que todavía lo es y mantiene intacta su mentalidad de odio, exclusión y totalitarismo. Qué época infame, ésta en la que perdemos todos los asideros, en la que todo es fallido, hostil y disolvente. En la que ahora habremos de prepararnos para ser agredidos por la más inmunda de las euforias triunfales. Ruego que, en las próximas semanas, nadie me diga que hemos ganado. No sé qué, no sé a quién, gol de Iniesta aparte.

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