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Le dije...

  • Escrito por Redacción

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Jose Angel Diez Sequera

Articulo de Opinion de nuestro colaborador D. José Angel Diez Sequera que como el mismo nos dice "dedica su vida al servicio a los demás a través de la docencia y el cuidado de la salud. Actualmente, es Consejero Delegado para el Programa Philippus de Salud Integrativa del Real Centro Universitario "Escorial - María Cristina", fundación Real"

Le dije…

No soy “hijo del Cuerpo”, pero mi vinculación alcanza al resto de las ramas de parentesco. He dormido, desayunado, almorzado y cenado   -vivido, en definitiva-   en ese invento magnífico que se llama casa-cuartel. He crecido escuchando a mis familiares el relato de su servicio diario. Y llegó el día en el que decidí que también yo quería servir a los demás. Lo hago desde la docencia y el cuidado de la salud, que al fin tampoco son malos caminos de servicio a Dios y a los hombres.

Con motivo del próximo aniversario del Día de la Hispanidad, Fiesta Nacional de España, en el que también la Guardia Civil conmemora a su Patrona, nuestro presidente, Antonio Mancera, me ha invitado a escribir unas letras, y voy a hacer uso de su invitación para referirme a la cuestión catalana.

Precisamente, ayer, en el desarrollo de mis tareas universitarias, tuve ocasión de compartir la mañana con la directora de nuestra delegación en Cataluña. Apenas había pasado un minuto de vernos, cuando sacó el tema: “y, ahora, qué va a pasar con nosotros?. Se refería a su vinculación con nuestro centro una vez sea efectiva la secesión de Cataluña, algo que ella, y el resto de catalanes con los que vengo hablando desde la Diada del 2012, da por hecho y con el ánimo renovado después de la famosa cadena humana de la de este año. A partir de ahí, mantuvimos una conversación en la que no paró de apelar a lo agredidos que se sienten por “España”, a las peores infraestructuras que tienen porque el Estado destina el dinero a otras comunidades en lugar de a ellos, a que la lengua catalana estuvo prohibida en tiempos de Franco   -¿era así?, no lo recuerdo de esa manera, pero, en cualquier caso, ya han pasado cuarenta años-. Hablando y hablando, reconoció que el trasfondo de todo ese malestar es económico. Yo le recordé que, según los datos oficiales, datos que nadie desmiente, Cataluña recibe del Estado más dinero del que aporta y que si ese dinero no llega a materializarse en inversiones tal vez sea porque va a parar al bolsillo de mandamases corruptos, que de esos hay sobreabundancia allí y en el resto de España. Me aseguraba que eso no ocurre (¡!).

Al fin, le dije que para mí esto es como una familia en la que uno de los hermanos se siente maltratado por el resto, con razón o sin ella, y decide que ya no se va regir por lo que acuerdo familiar, sino que él va a tomar sus propias decisiones y andar por su cuenta, y coloca unas alambres para marcar su parte del solar familiar y abre una puerta al camino vecinal para no usar la misma de sus parientes y no tener ni que darles los buenos días. No es el caso del hijo que se hace mayor y quiere formar su propia familia pero mantiene todos sus lazos de afecto y asume toda la responsabilidad que le corresponde en las cosas de su familia y ayuda cuando hay algo que hacer, recibe cuando hay algo que repartir o aporta cuando se trata de deudas que cubrir. Ese sería el caso de los “hijos” que dejamos en América, en Africa, en Asia, en Oceanía,… y que conmemoramos en este Dia de la Hispanidad, y que, como buenos hijos, vienen a casa, a visitarnos, para celebrarlo juntos. No, éste es otro caso, es el caso del hermano que se enfurruña con el resto de la familia porque piensa que va a vivir mejor solo, que él solo va a trabajar mejor su parcela y quizá, con un poco de suerte y gracias a su mejor hacer, va a acabar arrendando las de sus hermanos y estos trabajando para él.

Le dije a mi compañera que por mí, si ese es claramente su deseo, Cataluña puede segregarse del resto de España cuando quiera, que me dolerá el alma al verles partir, como duele ver partir al hermano enfurruñado, pero que nada haría para impedirlo, nada que pudiera suponer una gota de sangre española caída (o catalana, española al fin y al cabo), porque yo soy el primero que no quiere estar a la fuerza con quien no quiere estar conmigo por cariño. Le dije que no se preocupara por su situación, porque igual que tenemos delegaciones en Francia o en Italia, tendríamos una en Cataluña. Pero también le dije que, a partir de ese momento, lo pensaría mucho antes de volver a pisar aquellas tierras, o consumir sus productos aunque los que tuviera que comprar fueran algo más caros, le dije que retiraría el dinero de sus bancos… no por ser ahora “extranjeros”, que con esos trabajo con muchos de ellos porque son amigos que nos quieren, pero no lo haría con los catalanes, precisamente por eso, porque no nos quieren, porque como español que soy, piensan de mí que les agredo y abuso de ellos; en definitiva, porque no me quieren. Le dije que no creo que ese sea el verdadero sentir de los catalanes, muchos de ellos emigrantes y descendientes de castellanos, extremeños, andaluces, gallegos… que cada vez que pueden vuelven a sus pueblos de origen para abrazar a sus familias, para compartir unas cañas y unos pollos asados en la verbena de su pueblo, mientras no pueden evitar que sus pies se muevan al son de los pasodobles y las sevillanas, que no son sardanas, precisamente… Le dije que lo que estamos viviendo es un envenenamiento interesado por parte de políticos, los suyos y los de todos, y que, llegada la hora, los pueblos debíamos saber estar por encima de esos políticos. Al decirle todo esto, noté que algo cambiaba en la expresión de su cara, era como si hubiera escuchado algo que, hasta entonces, nadie le hubiera dicho. Balbució que, quizá, lo mejor fuera una confederación… ¿Para qué?, las confederaciones son para comenzar a unir lo que está separado, no para lo contrario.

Unas horas más tarde, cuando llegó el momento de que partieran de vuelta a su tierra, a Cataluña, se abrazó a mí y me dijo “pero pese a todo, nos queremos mucho”. Y me quedo con eso. Y ya que los españoles no sabemos, nosotros solitos, estar por encima de los malvados felones que nos dirigen, pido a Dios que vuelva a poner a este pueblo ante una misión histórica y universal que saque de nosotros lo mejor que llevamos dentro, algo que sirva para unirnos. Y al frente de todos a verdaderos hombres de Estado, que, siguiendo la metáfora “guardiacivilesca”, sean comandantes de puesto que envíen a la fuerza al servicio y velen hasta que todos los hombres regresan, cerrando cada noche las puertas de la casa-cuartel con la satisfacción de que todas las familias de bien, las dentro y las de fuera del reciento, duermen tranquilas, en gran parte gracias a la labor de los suyos.

Que Dios guarde a quienes nos sirven y protegen, que Dios guarde a la Guardia Civil.

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