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Jules Cotard y Jules Ambere en los nuevos tiempos

  • Escrito por Redacción

francisco hervas maldonado

Francisco Hervás Maldonado

Artículo de opinión del colaborador de Benemerita al Dia, Dr. D. Francisco Hervás Maldonado, Coronel Médico.

Jules Cotard y Jules Ambere en los nuevos tiempos

Francisco Hervás Maldonado

Jules Cotard (1840 – 1889) fue un Neurólogo francés que describió una especie de delirio de desilusión en que los pacientes negaban la existencia de parte de su organismo, afirmaban estar muertos o incluso aseveraban no haber existido jamás.

Cotard fue médico militar francés, que logró sobrevivir a toda suerte de desgracias, pero murió tontamente de difteria, por negarse a separarse de su hija durante un par de semanas, mientras ella seguía tratamiento. La hija curó de la difteria que padecía, pero se la contagió al padre, que no tuvo tal fortuna y falleció. En aquella época no existían los tratamientos antibióticos, de manera que cualquier infección bacteriana, por banal que hoy pueda parecernos, llegaba a ser mortal con cierta frecuencia. Tenía Jules Cotard 49 años a su fallecimiento.

Algo así nos está sucediendo a muchos españoles, pudiéndose afirmar que hemos llegado a tal extremo de desencanto que incluso nos negamos a nosotros mismos, siendo unos espectros que deambulan con una separación completa psicosomática (vivo sin vivir en mí, como dijera la santa abulense). Esta masiva desilusión cotardiana se expresa en forma de ausencias clamorosas a los actos voluntarios, carencia de innovaciones o propuestas de actividades científicas o de innovación, simplemente, silencios elocuentes ante los políticos o gestores de turno, emigraciones masivas de nuestros profesionales de calidad y demás semiología del desencanto. La desilusión de Cotard puede asociarse, si no se soluciona pronto, a otro síndrome: el de rechazo de la segunda oportunidad, conocido como el síndrome de Jules Ambere (este es peor, como veremos). El citado Ambere era un escritor (mejor dicho, lo intentaba ser) francés de provincias, que tras escribir y corregir con primor y celo una novela, mandó el manuscrito a la principal editorial francesa, de París. Corría el año 1927. Al recibir su escrito, los de la editorial quedaron entusiasmados: aquello era un “best-seller” en potencia, una genialidad. Así es que le mandaron una carta al pueblo, aceptando publicar su obra e invitándole a París, donde habría de firmar el contrato editorial, fijándose las últimas condiciones y detalles protocolarios. Jules Ambere no lo dudó y fue a París, donde – para agasajarlo – le llevaron a un restaurante excelente (¿Maxim’s, la Tour d’Argent…?), donde le invitaron a degustar toda suerte de exquisiteces. ¡Ah, pero Ambere no era más que un sencillo hombre de pueblo!, su refinamiento era nulo, aunque no su educación, desconociendo las normas protocolarias de etiqueta en la mesa, como es natural, pues él comía con sencillez y decoro, pero sin exquisiteces de gourmet, de manera que hizo un clamoroso ridículo en aquel restaurante. ¡Cómo sería la cosa que se suspendió la firma del contrato!, pues los editores dudaban de la autoría real de su obra. Y el pobre Jules, que había cacareado su éxito por el pueblo, volvió humillado al mismo, con el rabo entre las piernas y profundamente dolido (acaso entonces contrajo la desilusión de Cotard). Pasaron unos pocos años y cambió el jefe de publicaciones de la editorial. La nueva directora era una mujer inquieta, que revisaba todo, y dio con el manuscrito de Ambere, quedando fascinada por esa obra. Se enteró de la historia pasada y le escribió, ofreciéndole toda suerte de disculpas, en una carta muy afectuosa, que adjuntaba un billete de tren de primera clase y una oferta económica importante, pidiéndole que regresara a París, esta vez en serio, a firmar el contrato. Ambere regresó a París y firmó el contrato en el despacho de la directora, la cual, opada por su éxito, olvidó el episodio gastronómico anterior y se lo llevó a comer al mejor restaurante de París, casualmente el mismo de la vez anterior, donde le obsequió con toda suerte de exquisiteces. Jules, al ver las viandas y finuras, se puso en pie y, acercándose a la directora – que lo miraba con arrobo pecuniario – la estranguló en presencia de todo el restaurante hasta matarla. Pero... ¿por qué rechazó Jules Ambere esa segunda oportunidad? Pues porque era tan grande el dolor que le causaron en la primera que desconectó del mundo y posiblemente no era consciente de lo que hacía, dado que tal vez él pensaba, como los enfermos desilusionados de Cotard, que no existía o que carecía de manos, por lo que el estrangulamiento era solamente virtual.

Hay demasiada desilusión en nuestra España de hoy; y esto empieza a ser muy peligroso, pues podemos caer en la virtualidad de la existencia, donde la ficción y la realidad no van parejas, sino que se entrecruzan enmarañadamente, y lo que es peor: no somos capaces de distinguirlas entre sí. De manera que ya va siendo hora de que nos definamos y tomemos posturas claras: o disolvemos España y creamos otra cosa (o a lo peor nada y nos invade alguien con sensatez) o nos dejamos de vainas y arreglamos esto de una vez, recuperando la austeridad de la cordura (he dicho la austeridad, porque la progresión de necesidades innecesarias es ya escandalosamente geométrica, empezando por la tasa de políticos por número de habitantes y sus respectivos emolumentos). Igualmente con esas sandeces de las independencias y demás mangancias camufladas. Señores del gobierno: “¡coraggio!”, que dicen los italianos. Menos pamplinas y más claridad. Yo creo que a cada cual ha de llamársele por su nombre y profesión: estafador, ladrón, mangante, embustero, etc. En la antigua Roma lo tenían claro. Así, en las ciudades tenían el barrio de los ladrones, de los asesinos, de los alfareros…, pues cada cual es lo que ejerce y el mangante también. Y por ello hay que retirarlo de la circulación en dirección a una reclusión meditativa, que le va a venir muy bien para su alma y a nosotros para nuestra convivencia. Sin fortaleza, sin valor, sin decisión, no se puede combatir a los inmorales, pues ellos ni tienen vergüenza ni se van a apear del burro, por más que se lo digamos, pues el susodicho burro es su negocio, un lucrativo negocio estafador del que viven bastante bien, aunque luego terminen ardiendo en los infiernos, pues eso a ellos les importa un rábano, porque ni creen ni quieren creer más que en sí mismos. Por tanto, la maldad progresa mucho más rápidamente que la bondad, puesto que carece de principios éticos que la contengan. Hay que derribar las mesas de los cambistas, sin duda.

El delirio de Cotard hoy en día se describe en algunos accidentados de tráfico, sobro todo motoristas. Aunque también se expresa con extraordinaria pujanza entre nuestros gobernantes, sobre todo cuando son nacionalistas. Yo no sé si nos hemos estrellado o no, pero lo parece incluso a la luz de la determinística, probabilística, estocástica e incluso heurística, puesto que a la inmoralidad de todo tipo (política, económica, social, etc.) no se le ve respuesta por parte de quien debiera darla.

 

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