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CATAYANIRA (La avaricia maldita)

  • Escrito por Redacción

 

francisco hervas maldonado

Francisco Hervás Maldonado

Nuevo artículo de opinión de nuestro colaborador, el Coronel Médico Dr. D. Francisco Hervás Maldonado.

 

CATAYANIRA

(La avaricia maldita)

 

Deyanira fue la segunda esposa de Hércules, una mujer bellísima, hija de Altea y Dionisos, aunque tal generación se hizo con engaño, puesto que el tal Dionisos se hizo pasar por Eneo, el verdadero marido de Altea, y tan ardiente deseo le embargaba que hizo durar la noche veinticuatro horas más, para poder poseer durante más tiempo a la estupenda y rozagante Altea.

La incomparable Deyanira tenía múltiples pretendientes, que ella desdeñaba, hasta que descubrió el amor en un apuesto varón que la pretendía: el ínclito Hércules (el héroe, hijo del dios Zeus y de la mortal Alcmena), de manera que cuando observó la sin par apostura del susodicho, quedó vivamente enamorada. ¡Ah, pero estaba pugnando Aqueloo – el padre de todas las aguas de Grecia – por su amor!, asi es que Hércules y Aqueloo se enfrentaron por los favores de la singular Deyanira. El pérfido y falsario Aqueloo adoptaba formas diversas, entre las que la taurina (de testa o completa) prevalecía. Heracles (o Hércules, que tanto da), en uno de los mamporros le arrancó un cuerno y al ser descornado, su rival humilló y solicitó la devolución cornúpeta a cambio de su rendición. Hércules aceptó, pero con una condición: cambiárselo por otro cuerno, el de la abundancia de la cabra Amaltea, y así se hizo el trato. Una vez efectuado el ventajoso intercambio cornúpeta, Hércules se lo regaló al también cornudo Eneo (ilusoriamente, el supuesto progenitor de la bella Deyanira).

Pero Deyanira era celosa y Hércules montaraz, de manera que la fidelidad conyugal no era su fuerte, y a la pobre esposa se la llevaban los demonios e incluso los purgiratos y demás seres de pérfida intención. Por si esto fuera poco, so pretexto de cruzarla a la otra orilla del río Eveno (en plena crecida), el centauro Neso la arrojó a tierra e intentó violarla, así, al tran-trán. Pero afortunadamente estaba Hércules a un kilómetro (que para él eran dos pasitos locos), y vio lo que pasaba, de manera que tensó el arco y de un flechazo le atravesó el corazón malvado al salaz y puñetero Neso. Lo que pasa es que los centauros le dan mucho al pico antes de morirse, como todos sabemos, y Neso se fue de la muy, diciéndole a Deyanira: “mezcla mi sangre con el semen que he vertido en la tierra, añádele aceite de oliva – preferiblemente virgen extra, por aquello del bouquet, aunque eso da igual – y tendrás una poción mágica con la que untando las ropas de Hércules, no volverás a tener motivos para quejarte de su infidelidad, pues le domarás la querencia en pro de tu conturnio”.

Deyanira le hizo caso (craso error, pues es público y notorio que los centauros son unos embusteros, máxime si se están muriendo, de manera que siempre se les ha de suponer intención aviesa o, cuando menos elipsis en la expresión, con derrota categórica del verbo). Untó la ropa de Hércules con el mejunje, quedándose pegada la ropa a la piel sólidamente, como el estaño de soldar, y al quitársela, dada su fortaleza y brío, se arrancó toda la carne, quedó con los huesos al aire y se murió desangrado. Espantada por su acción, fruto del engaño del malvado y difunto Neso, Deyanira vertió por la tremenda y se suicidó en un pis-pás. A Hércules le fue mejor, porque se reconcilió con Hera, la esposa legítima de Zeus, buscándole la diosa una nueva esposa menos boba y de mayor aguante, y convirtiéndolo de paso en dios.

Todo este presunto disparate mitológico no deja de ser de actualidad. Deyanira es una región de nuestro tiempo, sin lugar a dudas. Se trata de Cataluña (o Catalunya, Catalonia, etc.) y cree que solamente está capacitada para unirse a España durante un tiempo limitado. Obsesionada por el forzado matrimonio estatal, utiliza toda suerte de recursos estéticos (incluyendo el plebiscito) para mantener su presunta independencia, llegando a perder el sentido de su vida cuando descubre el rechazo de sus propias gentes sensatas y del resto de España ante tal majadería. La Cataluña-Deyanira (o Catayanira, por darle nombre al esperpento) posee un pasado tempestuoso: invasiones griegas, romanas y bárbaras, así como arábigas y francesas, mangoneo politiquero usual, ambiente gubernativo conflictivo (no se ponen de acuerdo entre ellos jamás, tienen la mano larga y los dedos ágiles...), donde el fracaso preside las relaciones con sus vecinos y entorno social. Además, la pequeña Catayanira ha sido malcriada entre algodones, alimentada de toda suerte de caprichos pero sin exigencia de rentabilidad (generosidad presupuestaria del resto de España…). Sea como fuere, el hecho es que le ha faltado el orden y educación adecuada en su historia y posee, subsecuentemente, una gran avidez por si misma.

Pero Catayanira es guapísima, de manera que siempre la rodean mil y un moscones para beneficiársela. No es raro que sea violada por políticos corruptos, a veces promovida dicha violación por sus propias gentes, con inconfesables deseos crematísticos. Esto la lleva a lo que pudiera llamarse un estatus político de pánico, en el que erróneamente sus ciudadanos suelen buscar dinero y seguridad, entre otras razones porque nadie les ha instruido adecuadamente acerca de lo que es el compartir. Catayanira intenta pedir auxilio en primer lugar a sus gentes y al resto de España, que como no aguanta sus desplantes habituales, se limita a no escucharla. Después busca a las malvadas naciones “amigas” de la Unión Europea, que miran para otro lado, porque nadie se fía de la gente desleal (cosa lógica y de esperar), empujándola un poco más para precipitarla hacia su autodestrucción y así poder saquearla más aun. Recurre al folklore y demás, pero hoy en día hay tanto folklore que no interesa. Además, sin toros, fuera de la liga española y hablando una lengua que solo ellos entienden, poco se puede hacer.

En este punto, vemos que en la mente de Catayanira se produce una situación de crisis: ha perdido el tiempo miserablemente y se ha empobrecido hasta una fase de no retorno. A nadie le importa ya su belleza, pues la pobreza hace florecer las arrugas y desaparecer las amistades, desgraciadamente.

Diagnosticar un Síndrome de Catayanira es fácil, pues solo se precisan cuatro cosas:

- Constatar la existencia de una situación política persistentemente conflictiva y de avaricia notable.

- Comprobar que su política es un fracaso de manera fehaciente, generalmente asociado a mangancia habitual de sus gestores.

- Manifestar sus políticos una conducta obsesiva por ser una nación, como el tesoro más valioso que se pueda poseer. Eso en un mundo globalizado en el que ya no hay distancias ni posibilidad de actuar individualmente las naciones.

- Expresar un sentimiento de victimismo de causa no justificable, acaso por una una bajísima autoestima así disimulada.

Y todo ello en una región singularmente bella y atractiva, cuya estética no puede pasar desapercibida. Objetivamos la existencia de problemas alimenticios, sanitarios, educativos y de seguridad notables. Pero sobre todo observamos una situación mental inestable, pues ni saben lo que son ni lo que quieren ser. Solo balan, cual borregos, una palabra dictada por el régulo de turno: independencia, independencia, independencia. No saben lo que dicen ni en qué mundo viven.

Tratar un Síndrome de Catayanira no es nada sencillo. Como primera providencia es necesario cambiar a los políticos. A lo mejor trayéndolos de otras regiones remotas… Se precisa iniciar acciones legales contra los que dirigen la berrea y buscar un estatuto digno y real, gastar lo que se debe y no deber lo que se gasta. Es difícil, pero de todas formas nada hay imposible y las cosas se pueden intentar siempre.

Vivimos unos tiempos difíciles en los que sobran alianzas de intereses y falta unión sincera. Esto lo saben divinamente muchos políticos, algunas ONG,s y el elenco delincuente del quod diam. Para todos estos últimos, lo único importante es lo que Galión decía a Sócrates en La República de Platón: “el injusto ha de parecer justo, más no serlo, puesto que al justo que lo parece, se le ha de torturar y matar para que sirva de ejemplo, toda vez que en la vida solo ha de importarnos el aspecto y no el fundamento”. Por eso, tal vez lo mejor sea empezar por el principio: educar debidamente a los hijos y darles un ejemplo de honradez y cariño con propios y ajenos, vivir como si fuésemos lo que tal vez no seamos: personas. Pero para eso hay que tener unos principios morales que no son frecuentes en nuestros días y que incluso son combatidos desde el Estado. Principios como la religión, la conciencia, la solidaridad, el perdón y, por encima de todos ellos el amor, que solo se logra con un excelente recuerdo de los favores y una pobre memoria de los agravios. Y deshacerse de clérigos y monjas no ilustrados, educadores ineptos, políticos tarugueros, etc.

 

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