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La Tribu

  • Escrito por Redacción

francisco hervas maldonado

Un nuevo e interesante artículo de opinión de nuestro querido colaborador, el Coronel Médico Dr. D. Francisco Hervás Maldonado.

 

LA TRIBU
Francisco Hervás Maldonado

En los orígenes del hombre, tal como contaba Engels, la familia no existía: existía la tribu, una sociedad matriarcal en la que los hombres eran la fuerza bruta de caza y las mujeres, el poder. Cada mujer se apareaba con cuantos hombres le apetecía y los niños se criaban en común, como una manada de ovejas, hasta que o bien eran promovidos al estatus dirigente (caso de ser hembras) o – si eran varones – pasaban directamente al estatus de esclavos (Federico Engels: “el origen de la familia”). Este rito de la pubertad, momento del cambio de niño a hombre, se hizo famoso en la antigua Grecia, un rito iniciático mediante el que a cada cual se le asignaba su rol “per in aeternum”. Sin embargo, en la antigua Grecia no había solo dos roles, como en la tribu, sino bastantes más.

Posteriormente, volviendo atrás, con el comienzo de la agricultura y
ganadería, la tribu se desestructura, pues el espacio resulta indispensable para cultivar la tierra y apacentar al ganado. Eso hace que se creen las familias, cada cual con su territorio y animales. Aquí es fundamental para el trabajador – el hombre, en razón de su fortaleza física, tan precisa entonces – conocer su prole, pues ha de alimentar a los suyos, pero no a más. Es entonces cuando la mujer adquiere el papel de apoyo logístico y los niños, el que los portugueses llaman tan explícitamente: “crianças”.

Consecuencia de la estructura familiar es la aparición de la desigual distribución de la riqueza, pues unos eran más trabajadores o más hábiles y los otros lo eran menos. Eso unido a la diferente dotación familiar en número de individuos hizo, como es obvio, crecer las desigualdades y que unos más pobres trabajasen para otros más ricos, fundamentalmente en busca de sustento, que con el tiempo se tradujo en salario. Se crea así el trabajo en común, como bien cuenta Jürgen Kuczynsky en su libro “breve historia de la economía”. Este comunista alemán, junto con su hermano y sobrina, era un espía de la Unión Soviética, haciéndole la pelota a Stalin con mucha soltura y agilidad. Porque los comunistas pretenden volver a la sociedad tribal, pero con familias, aunque sean un tanto peculiares. Los hijos en la extinta URSS se educaban en manada, separados de sus padres, para lavarles el coco desde su más tierna infancia. El estado era el único propietario de todo y el trabajador había de ser feliz por el mero hecho de trabajar y comer. De la vidorra que se atizaban los dirigentes… nada se contaba. Es decir, se reinventa la esclavitud, esta vez mediante un sistema aristocrático mucho más primitivo que el de los griegos o romanos, los cuales no tenían las dos categorías de explotadores y explotados, sino muchas más. Estaban, por ejemplo los metecos o los libertos, los educadores, los militares, los patricios, los ciudadanos, etc. Un esclavo podía vivir muy bien o muy mal, dependiendo de su función, por ejemplo. El cristianismo puso orden en todo aquello, sustituyendo el culto al estado por el amor al prójimo. Y aquello era maravilloso, aunque siempre que se fuera de buena fe. En fin, lo de siempre: la envidia y la ambición de algunos, dañaba a los otros y, lo que es peor, los contaminaba de maldad.

En España caló muy profundamente el espíritu tribal. Y ello podría deberse a que nuestra tierra ha sido y es lugar de paso para quienes de África van a Europa y viceversa. Por tanto, el amor a la tierra ha sido siempre inferior al amor a la tribu. Incluso cuando los árabes, gregarios ellos como los ovinos, se dividen aquí en múltiples taifas y eso les cuesta su desaparición. Tengamos en cuenta que los ibéricos estaban hasta el gorro de los visigodos, por lo que favorecieron extremadamente la invasión árabe, pensando que les iban a permitir seguir con sus ocupaciones (propias de la tribu) habituales, dándose de mamporros de vez en cuando y afanándose en mangar lo que se le descuidare al vecino. Pero ¡ay!, que la morería era de nuestra condición (por eso aguantaron ochocientos años aquí) y les iba la marcha tribal más que a mí el chocolate.

Omito pasos intermedios y voy al grano. Resulta que algunos de nuestros políticos, muy flojitos en cultura y mucho más flojitos en historia, han descubierto en el sistema tribal la manera más “progre” de convivencia. Es decir, que “yo soy yo, mis amigos son mis amigos y al resto que le vayan dando”. ¡Oh, vetusta filosofía!, han descubierto la tribu y le llaman nacionalismo. Claro, la tribu debe de ser independiente, no vaya a suceder que los esclavos reciban apoyo externo y se merienden a los amos. No vaya a ocurrir que tengamos que costear a quien no puede comer en otras tribus. A ese… que le den por donde la espalda pierde su buen nombre. No vaya a acontecer que se descubra el mangoneo escandaloso de los dirigentes de la tribu. Es la quinta esencia del egoísmo, sin lugar a dudas. Pero es un error notable, pues pueden pasar dos cosas: que les vaya bien, en cuyo caso las demás tribus se abalanzarán sobre ellos para zamparse sus beneficios, como siempre ha sucedido (señores nacionalistas, conviene leer algo de historia, aunque solo sea por entretenerse) y se los merendarán. Tomen nota, nacionalistas de mis entretelas. ¿Y si les va mal? ¡Ah amigo!, entonces es peor, pues sus deudos (léase esclavos o ciudadanos) se abalanzarán sobre la clase dirigente (políticos y algunas otras gentes de mal vivir) y les harán más de una vivisección. Es decir, que “sí o sí”, les van a pasar factura y se juegan el cuello. ¿Qué tendrá el dinero, que hasta los más mediocres dan la vida por un maravedí? Y la gente es torpe, pues no se dan cuenta de que les venden la moto del nacionalismo, una moto vetusta y que apenas si anda. Y van y les votan. Votan a la pobreza con absoluta cerrazón. ¡Qué cosas se ven!.

Hay dos libros que les recomiendo. Uno de ellos es de William Golding. Se llama “el señor de las moscas”. Trata de un grupo de niños, que al naufragar el barco en que viajan acaban en una isla desierta. Es interesante ver como se produce la regresión en ellos al estado tribal, llegando – como era de esperar – incluso al asesinato. Al final, algunos llegan a ser conscientes del disparate. El otro libro es también un clásico, este de Georges Orwell. Se titula “rebelión en la granja”. Es un libro magnífico, inicialmente concebido como una crítica al comunismo (Orwell es un comunista arrepentido y desencantado), pero que sirve igual para todos los nacionalismos excluyentes, los cuales no son más que un comunismo disimulado. En él, los animales de una granja se rebelan contra sus dueños y se hacen con el poder. El caso es que al final, los cerdos acaban tiranizando al resto de los animales. El cerdo jefe se llama Napoleón, un nombre muy bien elegido (no por el emperador francés, sino por los locos, que todos se han creído Napoleón, clásicamente). Y esos cerdos acaban negociando con los hombres de otras granjas, traicionando incluso el espíritu de su revolución. El vil metal, una vez más.

Aldous Huxley, en “un mundo feliz”, nos presenta una sociedad clasificada por dominios, de manera que siempre hay un grupo superior que explota a los demás, con el apoyo de la milicia o la policía, una policía pesebrera constituida por inútiles, como no puede ser de otro modo, que solo saben apalear y hacer daño a los esclavos. Todos conocemos inútiles de ese tipo, algunos ellos ya famosos incluso en este periódico.

Me dan pena los catalanes. Bueno, cada vez hay menos de calidad, pues se están marchando a otros parajes menos inhóspitos. Allí solo quedan inmigrantes y despistados, que van a ser devorados por la avaricia nacionalista, como Dios no lo remedie. La verdad es que, siendo sensatos, tal vez convendría establecer conversaciones serias con Portugal, porque esos nos quieren bastante y tendríamos un estatus muy mejorado todos. Y los catalanes nacionalistas a su rinconcín, con su caganet y sus cosas y que las disfruten con salud. Yo de entrada procuro ir a Portugal en cuanto puedo. Me hacen sentir en casa. A mí eso de la tribu no me va…

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