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Noticias Opinión

La leyenda del santo bebedor

  • Escrito por Redacción

hervastamaño

Publicamos un artículo de opinión de nuestro querido colaborador el coronel médico Dr. Francisco Hervás Maldonado.

Este libro de Joseph Roth (editorial Anagrama) no es sencillo, aunque es magnífico. A mi me gusta, pese a que he de reconocer que cada cual tiene sus preferencias (Jedem Tierchen sein Pläsierchen, cada animalito con su gustito en alemán, o cada loco con su tema, que es su equivalente español). Sin embargo, vivo rodeado de libros, amén de los prestados y jamás devueltos (ya sabemos que robar libros es un vicio de caballeros, pues los que no lo son, tampoco leen), lo que me da un cierto aval. Mi biblioteca es testigo de ello. La última vez que la inventarié, sobrepasaba los doce mil ejemplares, lo que la convierte en ilustrísima, como las de los grandes prelados, de manera que tal vez debiera de hacerme de un terno púrpura para mi vestuario. Por cierto, que la palabra testigo procede del romano teste o testículo, puesto que las declaraciones de los mismos, en época romana, se efectuaban agarrándose los susodichos testículos como prueba de fidelidad a la verdad y tal vez ofreciéndolos en prenda si mentían.

De mi biblioteca he seleccionado diez ejemplares con los siguientes criterios: que sean de fácil adquisición en el mercado, que resulten cómodos de leer, que sean originales, que posean una elevada calidad literaria, que sugieran reflexiones y – sobre todo – que sean amenos.

Joseph Roth, el autor que nos ocupa, es un híbrido entre romántico, idealista y fatalista en lo personal. Judío de origen ucraniano (1894 – 1939), participó en la primera guerra mundial con el ejército austrohúngaro, en el que no sabemos claramente lo que hizo. Tal vez fue oficial en una unidad combatiente, pero los más se inclinan a pensar que fue oficinista. El caso es que lo que sí era antes y después de la guerra es periodista, así como un gran enamorado del imperio austrohúngaro. Al desaparecer éste, en 1918, tras varios pasos por distintos países y periódicos, se estableció en Berlín, de donde huyó a Viena en 1933, debido a su condición judía, tras el advenimiento nazi. Después de una breve estancia en Viena, marcha a París, en 1934, de donde ya no saldría hasta su muerte, completamente alcohólico, al parecer mientras bebía con los amigos, cayendo a plomo sin vida sobre la mesa en que platicaba con dichos amigos. Otras versiones dicen que murió de delirium tremens en una clínica. Eso si, arruinado y amargado. Sin embargo, en sus últimos años, como prueba de su admiración por el imperio austrohúngaro, se convirtió al catolicismo, confesando en noviembre de 1938: "así soy realmente: maligno, borracho, pero lúcido". Y eso que vendía muchos libros (era un autor de gran éxito) y ganaba bastante por los derechos de autor. Sin embargo, la esquizofrenia de su mujer, tratada en los mejores centros psiquiátricos, y su afición etílica, eran sacos sin fondo. Bebía absenta, una especie de orujo de color verde claro o verde-amarillento, de 50 – 60º, altísima graduación, mezclado con diversas hierbas, destacándose el ajenjo (con su sabor amargo) entre ellas. La absentina es el principio amargo del ajenjo, estando prohibido este licor en numerosos países.

La leyenda del Santo Bebedor ( Die Legende vom heiligen Trinker) es la mezcla de tres grandes cosas: por una parte, el protagonista es un antihéroe, pues se trata de un clochard (un vagabundo) que deambula por los alrededores del Sena y duerme bajo sus puentes, un miserable que además es un inmigrante polaco y ex-presidiario, una exaltación de la miseria como vehículo de los milagros, pues la novela se trata de la existencia de los milagros y de la lealtad al compromiso con Santa Teresita de Lisieux, recoleta en la capilla de Sainte Marie des Batignolles y por último de la conclusión de todo ello en una frase extraordinaria: "dénos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte".

El clochard Andreas Kartak es, por encima de todo, un hombre de palabra, que intenta luchar contra su afición a la absenta (de algún modo es una novela autobiográfica), de manera que entre la capilla y el bistró, acaba eligiendo este último, aunque muy forzado por diversas circunstancias, entre las que se incluyen sus amigos y, principalmente, su confianza en los milagros, que siempre suceden de la manera más natural, uno tras otro. Así, de mojarse las manos en el sena, como paradigma de limpieza genérica, pasa a vivir en elegantes estancias o de vuelta a la calle, pero siempre del brazo de los milagros, porque... ¡qué mayor milagro que vivir cada día!

El amor no le falta, como tampoco las mujeres, pese a su repugnante aspecto (otro milagro), aunque su principal amor es la lealtad a su palabra, como sucede con los hombres de bien, su respeto a los semejantes, con una plena disposición para ayudarles, bien cargando muebles, bien consolándoles o bien simplemente acompañándoles. Porque el amor, no lo duden, no es más que eso: un milagro que nos envuelve día a día. Amar es no desear mal a nadie, es defender la justicia, es ser generosos con quienes son menos favorecidos que tú por la diosa fortuna. El que ama vive en un milagro continuo, del que no pueden sacarle las asechanzas malintencionadas de algunos seres ruines, cuya debilidad de espíritu les lleva a poseer cosas – mas no personas, pues el espíritu es libre – que no rigen los mismos principios de la felicidad, puesto que en ellos la unidad de medida es inmaterial, sobrando todas las cosas. Vale más un beso a tiempo que el mayor de los tesoros. Puede comprarse el beso, pero entonces se convierte en efímero y desleal, perdiendo su carácter milagroso.

Otro milagro importante es la salud, porque no podemos controlar su quiebra. Sí, podemos reparar y prevenir, pero antes o después moriremos y eso – que es lo fundamental – no podemos impedirlo de manera alguna. No es que sea bueno obsesionarse con vivir. Eso es de gente torpe y cobarde. Pero tampoco es cuestión de facilitarle el trabajo a la parca, por lo que inflarse a absenta es una gran barbaridad. En cualquier caso, lo cierto es que la salud es algo muy milagroso, especialmente en los tiempos que corren.

Aunque si yo hubiera de elegir un milagro de nuestra especie, ese es la palabra. La palabra es un soplo de aire que lleva las ideas, las ilusiones y las esperanzas de un lado a otro. La palabra genera sistemas de comunicación para usarla: desde el papiro a las señales fotónicas, pasando por las máquinas

de escribir, las plumas o bolígrafos, los ordenadores y tantas cosas, como la televisión o la radio, el teatro, los libros... ¡Qué maravilla!

La palabra es el gran eco de la vida y rige todas las cosas, del derecho a la ciencia, del amor a la rencilla. Un insulto sin palabra es mucho menos insulto que si la lleva. Una mirada de desprecio no genera la misma respuesta que llamar "hijo de puta" a un rival. En sentido contrario, siempre hablamos de la declaración de amor, donde la palabra vehiculiza el sentimiento.

Vivir cada día es un milagro genial, lleno de pequeños milagros, como la sonrisa, comer, caminar o conducir. Y el milagro se repite cada día, a cada paso, en cada momento. El Santo Bebedor ya considera el milagro como un hecho habitual, como algo continuado. Y el pobre Joseph Roth consigue vivir milagrosamente, a pesar de su esposa en el infierno de la locura, a pesar de Hitler, a pesar de su condición religiosa llena de dudas y, sobre todo, a pesar de su tremenda soledad, regada con absenta, de café en café y de bistró en bistró. ¡Pobre hombre, qué poco feliz fue!

En la 8ª edición del libro pueden apreciar un prólogo interesante de Carlos Barral, realizado en 1981, donde defiende la sacralidad del vino. Yo no veo así el libro, pero todo es opinable y el prólogo está muy bien escrito, con una clara expresión de cariño a su amigo Herralde, el editor de Anagrama. Carlos Barral siempre fue una persona extraordinariamente culta e inteligente, sin duda.

Otra cosa curiosa es el epílogo del libro: un encuentro de Hermann Kesten – crítico y novelista – con Joseph Roth en París, pocas semanas antes de su prematura muerte, a los 44 años. No tiene desperdicio.

Roth es un bebedor incoercible, pero con una moral estricta, como Andreas, su clochard. Roth se reconoce maligno y borracho en la forma, pero lúcido en la esencia, pues no puede menos que aceptarse a sí mismo, en esta novelita autobiográfica, sin más voluntad que la de pedirle a Dios una muerte liviana y hermosa, puesto que ya bastante dura ha sido su vida de bebedor de absenta. Y es que lleva razón, pues no cabe duda de que es un milagro vivir cada día entre los aromas persistentes de la absenta.

Todo en la vida es un milagro y al final acabas aceptando los milagros como algo normal y cotidiano, perdiendo por ello toda la magia que los milagros tienen. Porque es un milagro cepillarse los dientes o vestirse. Es un milagro apretar un interruptor y que se encienda la luz, girar la llave de contacto y que el coche arranque, tomar un cuchillo y mondar una naranja, apretar un botón y que suba el ascensor, etc.

Pero no son los milagros físicos – como estos descritos u otros muchos – los más admirables, sino que los milagros íntimos, de nuestra imaginación o de nuestra ideación son, al menos para mí, los que nos producen un mayor asombro, una mayor condición de racionalidad, pues en ellos comprendemos nuestra extraordinaria pequeñez y, simultáneamente, toda nuestra excelsa grandeza. Es algo maravilloso ser capaz de imaginar el amor, idear la alegría,

sospechar la placidez de cualquier instante, intuir el discurso del sentimiento y poder optar – libre y sacralizadamente – por decidir la propia trascendencia. Porque quien más y quien menos, tenemos vocación de perdurabilidad y si la física nos la niega, navegamos por los mares de la metafísica, de la metempsiquis o de la fe. Porque cada sentimiento íntimo es sagrado y su profanación con intereses abyectos lo convierte en miserable.

Al Santo Bebedor le importan bastante poco los proyectos de futuro, porque confía plenamente en los milagros como algo cotidiano y eso es precisamente lo que le convierte en santo. Hay precedente en el poverello d'Assisi. Se trata del llamado "santo abandono", tan preconizado por los frailes menores. Una vez más se comprueba que si los caminos del Señor son inescrutables (en general), los caminos específicos de la santidad lo son mucho más. No seré yo quien le quite la categoría de santidad a cualquier bebedor, por el hecho de beber, como tampoco se la he de quitar a las monjas de clausura o a los boxeadores, por ejemplo.

La leyenda del santo bebedor fue llevada al cine en 1988, una coproducción ítalo-francesa, de 127 minutos de duración, que obtuvo el León de oro en el festival de Venecia. Ermanno Olmi la dirigió (la leggenda del santo bevitore), con un script del mismo y Tulio Kezich, sobre la obra de Roth, destacando la magnífica música de Igor Stravinsky y la fotografía formidable de Dante Spinotti (un sorprendente diseñador de "luces"). Fueron sus principales actores el siempre enigmático Rutger Hauer (¿se acuerdan de "Lady Halcón", con Michelle Pfeiffer?), Anthony Quayle, Sandrine Dumas, Dominique Pinon, Sophie Segalen y Jean-Maurice Chanet.

Es una buena película de carácter dramático, pero... discúlpenme ustedes, yo creo que no llega a captar el espíritu del libro, una obra que a mí me parece algo bastante distinto. Al menos yo lo veo de otra forma y permítaseme la opinión, que siempre debe de ser libre.

Lean este librito. Es pequeño, son solamente 92 páginas, se lee en un rato. Y luego, si tienen ocasión, coméntenlo con otras personas que lo hayan leído. Se darán cuenta de que no hay dos personas que saquen las mismas conclusiones. Eso solo le pasa a los libros geniales.

Pero sobre todo, procuren ser felices ahora y siempre. Es lo más importante que han de hacer en esta vida.

 

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