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Los “chunks” improcrastinables

  • Escrito por Redacción

Publicamos un artículo de opinión de nuestro querido colaborador el coronel médico Dr. Francisco Hervás Maldonado.

Se conoce con el nombre de chunk a la unidad de información de un screenplay, es decir: de un guión para medio audiovisual (cine, tv...). Así, decimos que la conjunción de chunks constituye una historia. Pero un chunk no tiene por que ser una escena, ni siquiera un personaje. Lo mejor es que pongamos un ejemplo. En la película "Con la muerte en los talones" (North by northwest), de Alfred Hitchcock, se definen varios chunks. El primer chunk podría ser el desconcierto del protagonista, que va de aventura en aventura sin saber por qué ni para qué. Otro chunk es la madre de Cary Grant, que aparece y desaparece sin venir a cuento. El tercer chunk son los espías, que roban no se sabe qué. El cuarto chunk son los agentes gubernamentales, pues ni se sabe quienes son ni a qué agencia pertenecen, dirigidos por Leo G. Carroll. El quinto chunk es Eve Marie Saint, espía de función algo definida, pero igualmente llena de lagunas.

Procrastinación, por otra parte, es una palabra de origen latino (viene de procrastinare) que significa acción y efecto de procrastinar (diferir, aplazar). Es una palabra preciosa y muy poco usada en castellano, salvo quizá en algunos escritos legales. Por tanto, algo improcrastinable es algo inaplazable, algo que no admite demora.

De manera que un chunk improcrastinable es una unidad de información que no admite dilaciones, sino que ha de ser resuelta inmediatamente. En la vida diaria, un chunk improcrastinable es el trabajo de los bomberos en un incendio, mientras que el de los peritos se puede procrastinar un tiempo. La atención de un paciente en un servicio de urgencias hospitalario es otro chunk improcrastinable del hospital. Pero el paseo higiénico dietético que un servidor se arrea por las tardes es otro chunk claramente procrastinable de mi vida.

Bien, pues en nuestra vida diaria hay chunks improcrastinables, como comer, dormir, protegernos del frío o calor, respirar, hacer nuestras necesidades, etc. Cuando alguien tiene dolor, su remedio es – para él – improcrastinable, ya digan lo que quieran los que le asisten sanitariamente. Todo esto nos conduce a una paradoja: lo que a cada cual le parece más urgente, depende de la calidad de la información que percibe. Por ejemplo, hoy en día el amor a la Patria parece ser algo claramente procrastinable. Esta paradoja se extiende a todos los órdenes de la vida. En religión católica se ve muy claro: ¿es que el chunk pecado ha cambiado? Porque hoy en día ya no se consideran pecados algunas cosas que antes lo eran. Podemos, por tanto, suponer que se ha producido una relajación de costumbres y criterios. Sin embargo, en el Islam, el proceso es inverso, se radicalizan las costumbres, apareciendo pecados gravísimos donde antes no los había. El espíritu del fundamentalista se impone sobre los demás y – de alguna manera – los sojuzga y somete a su criterio. La información básica es la misma, pero su interpretación varía en cada caso. Además, dicha información puede viciarse con objeto de hacer fundamental lo accesorio y viceversa. Por eso, todo es provisional, temporal, efímero, como nuestra propia existencia.

En la vida, los principios más queridos son aquellos que se adaptan más fielmente a nuestras voluntades más espurias. El amor es un conjunto de chunks que han de entrelazarse muy bien para llevarlo a buen puerto: cónyuge, hijos, familia política, familia propia, trabajo, horarios, vivienda... Y de todos ellos, los improcrastinables son sentirse querido, comer, dormir, tener un techo, cobrar una nómina o tener unos medios de vida... Lo demás es muy importante, pero no improcrastinable.

Pero los chunks evolucionan en la vida de cada uno. El ejemplo más común es la relación con nuestra madre. El embarazo hace improcrastinable la compartición física de un espacio con ella, hasta que nacemos. La lactancia lo fue hace siglos, pero hoy en día ya no lo es, pues se puede sustituir parcial o totalmente por métodos artificiales. La educación debiera ser improcrastinable, pero hoy en día se delega bastante en los colegios, educadores diversos e incluso en seres de fundamentación apócrifa, como los clubs deportivos o de cualquier otro tipo. Aprender un oficio es improcrastinable, sea universitario o no, porque es fundamental para optar por un empleo y así poder tener ingresos y comer. Aquí los padres son fundamentales, ejerciendo una cosa que se llama coaching o entrenamiento en la vida, obligando a estudiar (más motivando que obligando) y a distribuir el tiempo y las tareas lo más beneficiosamente posible. Y eso debiera de ser también improcrastinable. Posteriormente se hace improcrastinable algo que no debiera ser: se paga el piso de los hijos y se cuida a los nietos como una obligación asumida. Podríamos seguir, pero mejor no lo hagamos, pues sería demasiado extenso.

En el día a día, todos hacemos improcrastinables muchos chunks que no lo son, como la televisión, la prensa o internet. En esa elección dejamos por el camino muchas cosas importantes, como nuestros seres queridos o el placer de leer un buen libro, algo que nos obligue a pensar, a elaborar criterios y a ver la vida de un modo mucho más enriquecido. Siempre he pensado que para ser feliz hay que leer todos los días diez o doce páginas de un libro, como poco. Créanme, quien no lee no puede ser feliz. Tiene los chunks sesgados, incompletos, deslavazados. La lectura es un ejercicio neuronal extraordinario. Y si uno se asobina en la ignorancia, mal futuro tiene. Podrá poseer cosas, pero no podrá ser feliz, puesto que no llegará jamás a comprender el sentido de su vida de una manera plena. La lectura es algo totalmente improcrastinable. ¿Y qué deberemos leer? No se lo puedo decir, porque la primera condición de provecho en la lectura es que sea elegida en libertad plena. De otra manera es inútil. Yo les podría decir lo que a mí me gusta, pero no debo, pues es más que probable que mis gustos literarios no coincidan con los suyos. La elección de lectura es un tema muy personal.

Uno tiene que recibir sus chunks y debe adaptarlos a su propia persona, de manera que seleccione siempre lo que para él (o ella) es siempre importante o solo algunas veces, lo inaplazable y lo que puede esperar, lo que hay que soportar y aquello de lo que se puede prescindir. Y el ejercicio ha de ser constante, diario. Cada mañana hemos de clasificar las tareas en orden a nuestro interés y su perentoriedad.

El problema es que no siempre sabemos qué es lo fundamental y qué es lo accesorio. Si alguien dice que siempre lo sabe, no le crean: miente. Porque tal cosa es imposible. Por tanto, debemos tomar decisiones en ausencia de información o con informaciones muy defectuosas. Es indudable que los chunks de calidad son la base del poder. Pero tampoco hay que buscar el poder por el poder, puesto que aunque nuestra información sea perfecta, el General Azar (no Aznar) es un magnífico estratega y para competir con él, hemos de conocer muy bien sus métodos. Minimizamos la influencia del azar mediante la programación de las cosas. Si nosotros elaboramos un plan, ya tendremos algo más que si no lo elaboramos. En realidad es lo que uno hacía antiguamente (e incluso ahora) con las agendas.

Ser feliz, mientras dure esto a lo que se llama vida, es claramente improcrastinable. Porque la vida es un tesoro irrepetible que no da margen a play-back. Los chunks que nos da han de filtrarse al máximo, adaptados a nuestra manera de ser, si es que no queremos pasar el tiempo en una zozobra de ambiciones no cubiertas, de manera que como los chunks son innumerables, no hay más remedio que filtrarlos, como si de una película se tratase, para dar coherencia al guión.

Y por encima de cualquier otra información, muchos de mis chunks improcrastinables me los proporciona mi gato. Son tan improcrastinables, que me he visto obligado a cambiarle el nombre al minino. Ahora le llamo Luis XIV, pues exige mi presencia mientras come, me obliga a sentarme en un determinado lugar y a poner las piernas sobre un puf, para subirse encima y echarse una siesta por las tardes, se sube a mi hombro cuando estoy en el ordenador y he de abrirle un poquito el agua fría del bidé para que beba al chorro. ¡Cómo manda el tío! Y no puedo retrasarme o empieza a maullar como un poseso.

La conclusión de todo esto se resume en la siguiente ecuación:

Chunk + Improcrastinable = Miau

De donde se deduce que vamos tirando lo mejor que podemos...

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