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¿Es que ya toca…?

  • Escrito por Redacción

Publicamos un artículo de opinión de nuestro querido colaborador el coronel médico Dr. Francisco Hervás Maldonado.

Este país es precioso, se come muy bien y suele tener un clima envidiable, se podría vivir de fábula aquí, pero no. Resulta que se vive mejor en Finlandia, por ejemplo, con un paisaje monótono en general, una comida execrable y un clima de angustia. ¿Y por qué se vive mal aquí? Bueno, la causa es compleja. Ciertamente nuestros políticos son endebles y egoístas, azuzadores y no sedantes de la población, amén de otras cositas que todos sabemos. Pero esa no es la causa. Verdad es que nuestros banqueros se inspiran en los bandoleros del XIX para sus actuaciones, esos bandoleros que la Guardia Civil hubo de llamar al orden bajo la dirección del Duque de Ahumada. Sin embargo, tampoco es ese el motivo. Ciertamente, hay mucha gente que confunde la función o el servicio con la propiedad, tanto en empresas como en institutos. Aunque, si quieren que les sea sincero, tampoco creo que sea esa la razón.

La verdadera razón es – creo yo – un virus no descrito, que campa por nuestros lares y que yo llamaría con el nombre de Puñeterix perpetuae, un virus que afecta a todo ser vivo del suelo patrio. Además, se liga al ADN y es heredado desde tiempos inmemoriales.

Me remonto al yacimiento de Atapuerca. Allí ya se demostró que los íncolas de antaño eran caníbales. Ahora ya no llegamos a tanto, porque con el paso del tiempo el virus se ha refinado, centrándose en la sana reyerta, el manguis y los ajusticiamientos cíclicos, más o menos camuflados.

Aquí vinieron celtas e íberos, que se majaban a palos. Bueno, algunos hacían el amor en vez de la guerra, y de ahí nacieron unos celtíberos monísimos a los que se cepillaron a medias entre los romanos y los cartagineses. Bien, eso sin contar a los griegos, porque estaban ocupados en sus negocios. Esos fueron quienes dieron la primera teórica del comercio desigual allí por Emporion, la moderna Ampurias.

Pero los romanos también se peleaban entre sí, César contra Pompeyo, por ejemplo, en nuestra tierra. Aunque al menos ya no se comían los unos a los otros. El virus Puñeterix había evolucionado, gracias a Dios. Ahora bien, como el territorio era un primor, vinieron los bárbaros, hartos de no lavarse, y se enzarzaron entre sí: suevos contra vándalos, vándalos contra alanos... y al final, los godos, más brutos que todos ellos juntos, se hicieron con el poder. No, no se ponían de acuerdo, cambiaban de rey godo cada lunes y cada martes, de un modo expeditivo: el que quería ser rey le atizaba un espadazo al titular y se lo cargaba. A los otros les hacía gracia, celebrándolo dando golpes con las espadas en los escudos. Una especie de tam-tam visigótico.

Luego ya se sosegaron un poco e incluso Recaredo se hizo cristiano. Pero aquello estaba soso y entre el conde Don Julián y el obispo Don Opas, retornaron las violencias con el concurso arábigo-mogrebí. Una maravilla, al fin orden. Bueno, salvo el bestia de Don Pelayo, que disentía y decidió hacerse independiente sin necesidad de referéndum. Y ahí estaba el Califato de Córdoba al quite, con un dictador llamado Almanzor, al que le peinaron en Calatañazor, tras sus múltiples victorias. Pero claro, se murió, cosa frecuentísima entre los seres vivos, y entonces se sublevaron las autonomías disfrazadas de reinos de Taifas. Mientras tanto, los cristianos ¡venga a unirse y unirse!, hasta que acabaron expulsando a los islámicos. ¡Qué bien, al fin paz y concordia!

Pues no, resulta que entonces, como ahora, les iba la marcha: que si los comuneros, que si los moriscos, que si las colonias, que si la guerra de sucesión, etc., etc. Total, que los franceses decidieron venir aquí a ver qué sacaban. Craso error, pues lo único que sacaron fueron disgustos y dolores de cabeza, y de rebote, la caída del imperio napoleónico. Ahí si hubo acuerdo en echarlos, porque a nosotros nos gusta canearnos entre los de casa, pero no con extraños, que hablan lenguas bárbaras y no saben cagarse en diez y llevarse una.

El frenesí de la leña fue el siglo XIX, con más guerras que días y una primera república caótica, posiblemente pensada por alguno de nuestros artistas de antaño. Una república de diseño, sin duda. Además, los carlistas e isabelinos, las guerras coloniales, los bandoleros y otros muchos activos y eméritos de la greña. Y claro, la Guardia Civil no daba abasto a tanta demanda de orden y concierto. Hubo que aumentarla más y más, porque eso era el rayo que no cesaba.

Y el XX no le quedó a la zaga. Empezó con la guerra de áfrica, siguió con motines varios, continuó con las algaradas republicanas, la segunda república y la guerra civil. Ahí no paró la cosa, pues se logró una buena exportación vírica a áfrica (Ifni, Sahara...) y para que no se aburrieran nuestras fuerzas de seguridad, las bandas organizadas: ETA, GRAPO y compañeros de violencia. Vino la democracia, y eso ya sí que fue la jaula de grillos, con más leyes que habitantes y sin cumplir en su totalidad ninguna de ellas, o mejor dicho, interpretándolas cada cual a su antojo y querer. Resulta que el artículo 8 de la constitución, por poner un ejemplo, dice que las fuerzas armadas han de defender la unidad de la Patria y el orden constitucional, pero el 97 dice que no, que lo que tienen que hacer es obedecer a los políticos, y gracias a la ley orgánica de derechos y deberes, así como a la próxima ley orgánica de disciplina militar, el militar ha de quedar como pretendían dejar a Don Mendo: sordo, mudo, manco y ciego. ¡Qué cosas!

Yo comprendo que ante este panorama, algunas asociaciones de la Guardia Civil no quieran ser militares, pues les gustaría poder usar su cabeza para pensar, además de para peinarse. Pero están equivocados. Si dan la lata en otro lado, van y los militarizan, como ya hicieron con los controladores aéreos. Por tanto, al menos así les impresionas un poco, siendo militares. Y es

que, además hay otra razón: como aquí cíclicamente nos caneamos, más nos vale estar armados, con orden y calidad de mando.

Y esto nos lleva a la pregunta inicial: ¿es que ya toca zurrarnos? Esa impresión da, a juzgar por los acontecimientos. Ahora bien, en este país puede pasar cualquier cosa: a lo mejor dentro de tres días nos estamos dando besos apasionados. Es cosa del virus Puñeterix perpetuae.

Seamos pacientes, aquí hasta los monos se atizan sin cesar. Vayan a cualquier zoológico y lo verá. Los monos de zoológicos extranjeros son mucho más calmados. Es el virus, es el virus, un virus sin vacuna posible. Paciencia...

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