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EL HONOR DE LA GUARDIA CIVIL

  • Escrito por Redacción

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Articulo de opinion que nos envia nuestro colaborador D. Francisco Hervás Maldonado Coronel Médico en la reserva

EL HONOR DE LA GUARDIA CIVIL

Cuando hablamos del honor, acaso por condicionamientos ambientales, podemos pensar en un concepto anticuado de la vida, en algo bello, afectivo, pero… ya superado. Bien, pues nada más lejos de la realidad: el honor nace y se expresa en nosotros en cada instante de nuestra vida. Con el honor nacemos y morimos, con honor aprendemos y el honor debemos a nuestros hijos.

Esto lo sabe la Guardia Civil desde su creación y es precisamente en el honor donde se fundamenta y acrecienta toda su imparable grandeza.

Pero ¿qué es el honor? La Real Academia Española de la Lengua lo define como la "cualidad moral que nos lleva al cumplimiento de nuestros deberes respecto del prójimo y de nosotros mismos". Y eso es exactamente el honor: un compromiso personal de decencia, rectitud y decoro.

Si existe una cualidad que nos integra en la Divinidad a todos los seres vivos, esa es la honra, expresión personal del honor. Una piedra no tiene honor, pero cualquier animal, incluida casi toda nuestra especie, sí lo tiene. Los lobos, los pájaros, las hormigas, los alacranes… poseen un código de honor. Desgraciadamente esto no sucede en ciertos presuntos seres humanos, con demasiada frecuencia dedicados a la política o al mundo “revolucionario” (traduzco: quítate tú que me ponga yo).

Pedro Crespo, el calderoniano alcalde de Zalamea, ya lo indica claramente: el honor es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios. O sea, que no se puede legislar contra el honor. Es precisamente ese honor lo que nos hace crecer como seres humanos e incluso como seres vivos, lo que nos hace perdurar y evolucionar. Quien no tiene honor, las personas sin honra, no merecen ser llamados seres vivos, sino pedruscos, tochos u objetos informes e inanimados.

Las sociedades que no amparan el honor, necesitan muchas leyes para persistir, porque todo aquello que no se fundamenta en la honradez precisa de múltiples normas para preservar la paz y no suele conseguirlo. Por el contrario, las sociedades de honor no necesitan muchas leyes, porque lo obvio no precisa ser justificado, salvo que al demandante le anime una secreta intención inconfesable. Según Montesquieu (Del espíritu de las leyes), el derecho de gentes se funda en el principio de que las distintas naciones deben hacerse, en tiempo de paz, el mayor bien, y en tiempo de guerra el menor mal posible, sin perjuicio de sus verdaderos intereses. La coexistencia debe primar siempre y es una gran torpeza confiar nuestra voluntad al ejercicio de la guerra. Von Newman y Morgenstern, en su teoría de juegos, aconsejan siempre el acuerdo de las partes como forma más beneficiosa de la convivencia. Pues esto es lo que debieran promover las leyes, cosa que no siempre sucede. Ahora bien, lo que es absurdo es caer en el frenesí legislador, de manera que sea tanta y tan compleja la norma que pueda ser interpretada de cualquier manera. Y esto nos está sucediendo en España. De ello se aprovechan los delincuentes, en perjuicio de las gentes decentes, utilizando ese vacío legal generado por la multiplicidad de la norma y su dificultad de interpretación en su propio e impresentable beneficio.

Porque, como decía el Padre Suárez (Introducción a la metafísica), "la noción de causa y la de efecto en cuanto a tales, de suyo son comunes a lo material y a lo inmaterial", es decir que las leyes se sustentan en los hechos y no son una abstracción intelectiva para poder hacer lo que se nos antoje según y cómo. De manera que la intencionalidad del legislador debe de quedar claramente patente y cuando el uso de una ley se aleje de esa intencionalidad, aquél que intente abusar de ella debiera de ser fuertemente penado, cosa que en la práctica no sucede (¿por qué?). En mi opinión esto se fundamenta en la búsqueda del bien común por parte de las sociedades, tal como nos describe Larraz en su Humanística, y no en la sola aspiración de un fin común amorfo, de acuerdo con Buchez, en el que nos importa un rábano la compartición de ideales. Una sociedad sin ideales está condenada al fracaso y, lo que es peor, resulta ser presa fácil de los extremistas de todo tipo. No es posible vivir en una casa de pisos si no se comparten los cimientos.

Siempre he sido un gran admirador de Viktor Frankl (El hombre en busca de sentido), fundador de la moderna logoterapia y antiguo preso de los nazis en un campo de concentración. Sus padres, hermano e incluso esposa murieron en campos de concentración o fueron gaseados por su condición de judíos. Solamente una hermana y él mismo se salvaron de la muerte. Sin embargo, pocas obras son tan animosas como las suyas. El gran problema de los nazis es que perdieron completamente el sentido del honor, confundiéndolo con el egoísmo más brutal. Esto está sucediendo en algunos países europeos, incluido el nuestro, en los que por falta de honor estamos cayendo en la barbarie, en aras de una presunta devoción al terruño (bueno, eso al menos es lo que se vende a los votantes), justificando la eliminación de lo que no es como nosotros. Esto es completamente nazi. Y esto no debe ser combatido con más leyes, sino con policía, y con una interpretación rigurosa del espíritu de las leyes existentes, porque el también espíritu que alimenta estas ideas tiene un fondo delictivo: hacer daño al que no es como ellos, y se funda en el deshonor de la especie humana. No dudemos de que quien así obra, lo hace siempre de mala fe, por intereses espurios. Los animales suelen ser mucho más sensatos, porque tienen un sentido del honor mucho más elevado que el de los terroristas, por ejemplo.

En el siglo VI antes de Cristo, Parménides de Elea venía a decir que "el ser es el ser y el no ser es el no ser", que podría traducirse en nuestro caso por una frase tan simple como esta: lo bueno siempre está bien y lo malo es siempre una mala cosa. Pues algo tan simple y evidente no lo es tanto para los delincuentes, sus corifeos e incluso muchos legisladores. Maldad, sin duda.

La Guardia Civil se alimenta de un espíritu de bien: "EL HONOR ES MI DIVISA". Por eso nada más bajo, nada más malvado y nada más impresentable que pretender dañar a la Guardia Civil en su fundamento, en el honor que la sustenta, en su honradez. En tiempos recientes hemos asistido al valimiento – por parte de políticos sin escrúpulos – del honor de la Guardia Civil para sus propias maquinaciones y delitos. Pero solamente han conseguido reforzarla, vigorizarla. Ni la cobardía de los presuntos defensores de las libertades (las suyas propias, no las de sus prójimos que no piensan como ellos), ni las calumnias de ex-delincuentes, ahora reconvertidos en "gentes de bien" (de su propio bien, por supuesto, no del ajeno), ni la debilidad de quienes venden el alma o miran para otro lado para obtener un voto, ninguno de ellos, podrá acabar con la Guardia Civil, por dos importantísimas razones:

- Se les ve el plumero demasiado.

- Y porque no les vamos a dejar que lo hagan.

Pasarán los años y la Guardia Civil resistirá el permanente acoso de los inmorales. Un acoso de todo tipo: legal, físico (que se lo pregunten a las familias de todos los asesinados por ETA y gentuza afín), moral y hasta estructural, que de todo hay. Pero una y otra vez se estrellan y se estrellarán contra el arma más poderosa de nuestra queridísima benemérita: el honor.

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