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El Nacionalismo político del siglo XIX y principios del XX.

  • Escrito por Redacción

TCOL-AREA-SACRISTAN

Artículo de opinión de Enrique Area Sacristán, Teniente Coronel de Infantería y Doctor por la Universidad de Salamanca.

El Nacionalismo político del siglo XIX y principios del XX.

El 21 de julio de 1876, se abolían los fueros de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava.(1) La guerra carlista había terminado pocos meses antes y había producido una reacción antiforalista exacerbada en los más diversos ámbitos sociales de la geografía española.

El tema foral es un ingrediente político a tener en cuenta en las primeras definiciones intelectuales del particularismo vasco, en lo que podríamos denominar la trayectoria prenacionalista, que tomará cuerpo específico en pautas interpretativas diferentes a partir de 1876, cuando la abolición de los fueros provoque una viva reacción posteriormente culminada en la creación del nacionalismo político vasco.

El PNV surje como respuesta ideológica, política y organizativa de un sector tardío de la burguesía vasca frente al poder de la oligarquía financiera de Neguri y frente a la creciente amenaza de un proletariado cada vez más numeroso, consciente y organizado. Vemos también cómo desde el principio esta burguesía aparece fragmentada en dos sectores claramente diferenciados: por un lado los jauntxos que han invertido en el desarrollo industrial, convirtiéndose en una burguesía con intereses urbanos; del otro, los jauntxos que se mantienen como propietarios rurales, pequeña nobleza y rentistas. Cómo cada uno de estos dos sectores se expresa en una línea y un pensamiento distintos para organizar el nacionalismo vasco, y cómo en esa batalla, Sabino Arana, máximo representante de los segundos se impone sobre los primeros es uno de los objetivos de este análisis. En este segundo capítulo abordaremos uno de los componentes que Sabino Arana introduce en el nacionalismo vasco: un pensamiento tradicionalista, ultraconservador, retrógado, reaccionario y esencialmente antidemocrático.

A finales del siglo XIX, el nacionalismo de Arana debe abrirse paso entre los dos grandes bloques que dominan la vida política de Vascongadas. Por una parte el bloque caciquil-liberal dominado por la alta burguesía vizcaína. Dentro del sistema oligárquico de la Restauración (sucesión de gobiernos conservadores y liberales), la oligarquía vizcaína, que necesita la libertad de importación y exportación con Inglaterra, se alinea con los liberales en tanto que defensores del librecambismo frente al proteccionismo económico de los conservadores.

Por el otro, el bloque de carlistas e integristas, sobre todo los primeros, que dominan el interior de Vizcaya. A arrebatarles esa hegemonía en el mundo rural, apropiándose de su base de masas, se dirige desde el primer momento el nacionalismo de Arana. Así lo confirma, entre 1895 y 1897, el propio Arana en sendos artículos: “(...) del carlismo van desertando sujetos de gran valor para pasarse a nuestro campo, y muchos hay (...) en su seno que van insensiblemente adhiriéndose a nuestras doctrinas, y a medida de esto enfriándose en carlismo (...) esto se va, me refiero al carlismo en Bizcaya (...) El carlismo muere aquí”. Y los hechos, más de 100 años después, lo corroboran. Basta observar los resultados de las últimas elecciones para comprobar cómo las mayorías nacionalistas coinciden casi miméticamente con las tradicionales zonas de influencia del carlismo.

Pero, ¿cómo se explica la aparente paradoja de que un movimiento eminentemente urbano, surgido de clases urbanas y dirigido por personas criadas en un ambiente urbano se oriente de esa manera hacia el mundo rural?

La inmunda villa

“Bilbao, la inmunda villa de Bizcaya (...) Aquí (...) está el foco de donde irradian todas las pestes que matan a Bizcaya”. (Sabino Arana. Baserritarra, 1897).

Las continuas manifestaciones de desprecio de Arana hacia Bilbao son expresión de la impotencia de la burguesía que representa por hacerse con el control de los núcleos urbanos. La rápida industrialización de Vizcaya trae aparejado un notable cambio demográfico. Las concentraciones urbanas vizcaínas crecen al mismo ritmo frenético que la concentración de capital en manos de la alta burguesía minera y siderúrgica. Tan detestable será para Arana ésta como aquéllas. Sí, frente a la oligarquía financiera vizcaína la burguesía nacionalista se revela como una clase decadente, sin posibilidad de competir económicamente con ella; frente a las ciudades, el nacionalismo, impotente ante la rápida difusión de las ideas liberales, republicanas y socialistas, es incapaz de aspirar a ningún tipo de hegemonía política.

En los resultados de las elecciones municipales en Bilbao de 1901 y 1903, se puede observar esto claramente. El hundimiento político del caciquismo oligárquico liberal tras el fallecimiento del gran industrial Chávarri y la disolución del grupo de presión La Piña , no significa ningún avance para el nacionalismo. Ese voto urbano aprisionado hasta entonces por los métodos corruptos y caciquiles de los liberales se desplaza en masa hacia los republicanos, que representan, frente al sistema de la Restauración, la alternativa de un nuevo régimen de marcado carácter progresista.

Esta imposibilidad de control del mundo urbano es la base material que empuja al discurso nacionalista hacia el ruralismo. Y lo que permite que el pensamiento de Sabino Arana, impregnado de un fuerte contenido tradicionalista, antiurbano y de exaltación del mundo baserritarra, aldeano, se haga hegemónico dentro del nacionalismo. Condición necesaria para que éste, a su vez, pueda hacerse hegemónico en un mundo rural donde los efectos del desarrollo capitalista han hecho entrar en crisis a las fuerzas políticas del Viejo Régimen.

“El carlismo se muere aquí”. La apreciación de Sabino Arana es tan exacta como eficaz es su rancio y retrógrado discurso para atraerse a las fuerzas vivas del tradicionalismo y el carlismo. “Del carlismo van desertando sujetos de gran valor”, es decir, no hay un desplazamiento en masa, sino, en primer lugar, la atracción y captación de los notables y caciques del carlismo hacia las filas del nacionalismo. Y esto ocurre, según Sabino Arana, porque muchos de ellos “van insensiblemente adhiriéndose a nuestras doctrinas”, esto es, no es necesaria una ruptura ideológica ni política para dar el paso del carlismo al nacionalismo sabiniano, pues éste recoge en su doctrina los valores ultrareaccionarios de aquél.

La funesta manía de pensar

“En pueblos tan degenerados como el maketo y maketizados, resulta el universal sufragio un verdadero crimen”. (Sabino Arana. Bizkaitarra. 1897)

Para Sabino Arana, el modelo surgido de la revolución francesa, el régimen de libertades políticas de reunión, de expresión, de asociación, sufragio universal, división de poderes, etc, es “esencialmente antibizcaíno” pues, según él, “los principios de nuestro Fuero y los del liberalismo son diametralmente antitéticos, absolutamente incompatibles” . Querer aplicar “a nuestra patria la Constitución española de Cádiz” sólo puede ser obra de “algunos malos bizcaínos”. En consecuencia con ello afirma que “los españoles, y los bizcaínos españoles y liberales: tales son los enemigos de mi Patria”. La aversión de Sabino Arana al sistema liberal de libertades políticas es extremo: “¿Queréis conocer la moral del liberalismo? Revisad las cárceles, los garitos y los lupanares: siempre los encontraréis concurridos de liberales”. La crítica desaforada del nacionalismo sabiniano a la democracia moderna descansa en una pretendida superioridad de la democracia tradicional y orgánica. Para ello se hace necesario tanto una lectura idealizada y falsa de la tradición histórica de Euskadi como la apelación a los valores eternos y superiores de una inexistente raza de hombres: los euzkos.

Para Arana y los posteriores historiadores del nacionalismo, en Euskadi nunca hubo feudalismo, todos los vascos fueron originariamente nobles y “en Bizkaya, aún menos que en los otros Estados vascos, no hubo distinción de clases”. Por ello, en la Constitución y organización del Estado vizcaíno bajo el lema Jaungoikoa eta Legi Zarra, primer diseño del modelo de organización política y social hecho por el Bizcaya Buru Batzar entre 1895 y 1896 se sostiene que el poder del nuevo Estado independiente al que aspiran los nacionalistas descansa en las “Juntas Generales compuestas por los representantes de las anteiglesias, valles, consejos, villas y ciudad de Vizcaya, atribuyéndose un voto a cada uno de ellos”. Es decir, idéntico diseño a la Udalbitza que propone hoy Arzallus y compañía, y gracias a la cual, de consumarse alguna vez, 4.400 votantes de 38 aldeas de Vascongadas tendrían más poder que los 850.000 votantes de los 37 principales núcleos de población. En Arana y sus seguidores, reconstruir instituciones y sistemas de representación antidemocráticos propios del Antiguo Régimen aparece como la alternativa para conservar las heredades de los “propietarios del caserío”, amenazadas por la “invasión de los maketos”. La fórmula de los sabinianos para detener esta invasión se explica con absoluta claridad en el siguiente párrafo de El Correo Vasco de 1899: “Procúrese dar a los obreros vaskos los empleos en las fábricas, suprimiendo a esa gente extraña que trae las malas ideas y corrompe a la gente del país. Suprímanse los periódicos impíos y liberales, desde la empecatada Lucha de Clases hasta el frívolo Noticiero Bilbaíno; constrúyanse capillas en las fábricas, ejercítense en ellas en la santificación de las fiestas, impóngase el silencio a esos cuatro improvisados oradores de caras patibularias que arengan en medio de las turbas, y los talleres se convertirán en una colonia de honrados y pacíficos obreros”. Eliminar a los que “no son de aquí” que además traen las malas ideas, suprimir “la prensa tendenciosa”, “desarmar verbalmente” a quienes arengan a las turbas,... Y todo ello con la bendición eclesiástica. ¿Les suena este programa?

La conexión vaticana.

“Nosotros los vascos patriotas (...) no reconocemos Iglesia Española, Iglesia Francesa, ni Iglesia particular ninguna. Sólo reconocemos y acatamos a la Iglesia Cristiana Universal, que hoy tiene su Cabeza y Sede en Roma y por eso se llama Romana”. (Sabino Arana. Junio 1903).

Los reiterados signos de acatamiento y sumisión al Vaticano, junto con la tenaz labor de propaganda entre el clero vasco, son, desde sus orígenes, una constante del nacionalismo sabiniano. Toda la obra de Arana, de hecho, está preñada de una invocación religiosa extrema. Según él, la independencia de Euskadi tiene como misión última apartarla del liberalismo, dominante en los gobiernos de la nación española, que es un“sistema que pretende hallar la libertad fuera de Dios y siguiendo los preceptos de Satanás”, y alejarla de un pueblo, el español, que“siempre ha permanecido irreligioso e inmoral”.

En esta cruzada, Sabino Arana acabará encontrando el respaldo absoluto del Vaticano y de la Iglesia vasca a su proyecto de Euskadi, proyecto al que el dirigente socialista bilbaíno Indalecio Prieto calificó de Gibraltar vaticanista (“Estos del PNV quieren convertirse en un Gibraltar vaticanista”).

Para comprender el fenómeno de la conversión del clero vasco en una fuerza de choque del nacionalismo sabiniano, así como la del PNV en uno de los brazos armados del Vaticano en España, es necesario remontarse al período anterior a la aparición del propio nacionalismo, a las guerras carlistas.

¡Viva la Santa Inquisición!

Este es uno de los gritos que resuenan en el alzamiento de la primera guerra carlista. La desamortización de Mendizábal, la expropiación y venta de las yermas tierras de cultivo propiedad de las órdenes religiosas, es la razón de fondo. La abolición del tribunal de la Inquisición el pretexto moral. Si el Vaticano y la jerarquía eclesiástica española lo apoyan sin reservas, aunque sin cerrar nunca las puertas a las negociaciones con Madrid, es en el seno del clero vasco donde la reacción será más amplia y radical. Posiblemente ello se deba a la tardía cristianización de Euskadi, lo que, unido a la presencia omnipotente de las milicias jesuíticas, permite que allí la Iglesia se mantenga todavía fuerte y pujante, frente a la irreversible decadencia en que ha entrado en el resto de España. Lo cierto es que los curas rurales vascos se convierten en el arquetipo del“cura trabucaire”, fenómeno que perdurará durante muchas décadas, llegando hasta nuestros días.

Tras el final de la última guerra carlista, con el pacto entre la alta burguesía financiera y la aristocracia terrateniente, el carlismo se queda sin su sostén decisivo: el sector de la alta nobleza que comprende que una vuelta al Viejo Régimen es imposible y negocia su ubicación política y social con las nuevas clases emergentes en el modelo de la Restauración. Las masas campesinas de la Euskadi profunda (y de Cataluña), que habían levantado la bandera fuerista del carlismo como defensa de sus libertades y derechos de propiedad comunales frente al desarrollo del capitalismo en el campo, quedan desamparadas y desencuadradas políticamente. Otro tanto ocurre con el bajo clero rural y amplios sectores de la Iglesia. El integrismo católico de Sabino Arana vendrá a llenar este vacío.

Desde el primer momento, Arana entiende la importancia decisiva de ganarse a la Iglesia para el desarrollo del nacionalismo en Euskadi. Buena prueba de ello es la temprana e intensa actividad de propaganda hecha por el PNV entre los clérigos. Todos los periódicos y libros editados por Sabino y Luis Arana son enviados sistemática y gratuitamente a los superiores y casas de religiosos de toda Vizcaya. Al mismo tiempo, el Bizcaya Buru Batzar recoge información sobre los curas de toda la provincia.

El ansia insolente

Pero este acercamiento a la Iglesia sólo es posible desde el integrismo más reaccionario, pues estamos hablando de una época en la que ya la burguesía triunfante y su nuevo Estado liberal (“y por tanto hereje”, S. Arana) se impone en toda Europa liquidando los privilegios feudales de los que hasta entonces había disfrutado la Iglesia. Y como reacción, el Vaticano adopta una posición extremadamente reaccionaria, interviniendo y creando focos conspiratorios e insurrectos por doquier. El Papa León XIII, en su Letra Apostólica de 1881 exhorta a“poner respeto a los indomables instintos de los revoltosos [y] a apagar en las muchedumbres el ansia insolente de las libertades”.

El nacionalismo sabiniano adopta desde el primer momento una posición de acatamiento y sumisión al Vaticano, del que espera obtener el reconocimiento necesario para que la influencia eclesiástica sobre la sociedad rural vasca actúe en su favor.“La anteposición del término Jauingoikua (Dios) a Lagizarra (Ley Vieja) determina la supeditación y sumisión de lo político a lo religioso, del cuerpo al alma, del Estado a la Iglesia”. Mientras a finales del siglo XIX toda España pugna por modernizarse, para lo que es necesario, entre otras cosas, librarse del omnímodo poder que la jerarquía eclesiástica mantiene en todas las esferas sociales (propiedad de la tierra, privilegios, educación...), Sabino Arana levanta un proyecto nacionalista del que puede afirmarse que nace envuelto en la sotana del jesuita. No es casual que en esta Compañía quisiera ingresar Arana, tras unos ejercicios espirituales, en 1888. De ella afirma el fundador del PNV que “el amor a Jesucristo es indispensable para salvarse, pero el amor a la Compañía de Jesús es signo de predestinación”. Su vinculación y sometimiento a los jesuitas llega hasta tal punto que considera que“si es cierto que no puede decirse a priori que esta Orden religiosa es infalible, sin embargo, prácticamente, resulta infalible”. Seguir a pie juntillas sus directrices se convierte, para los fundadores del PNV, poco menos que en un dogma de fe. Frente a los intentos de separación entre Iglesia y Estado, Arana defenderá, para el futuro Estado vasco independiente, la más íntima ligazón, haciéndose el Estado cargo de sostener financieramente los gastos eclesiásticos, declarando la religión católica como la oficial, prohibiendo los otros cultos, otorgándole la instrucción pública, siguiendo sus enseñanzas y dictados en materia de moral y buenas costumbres...

La moral del “agarrao”

Este maridaje entre la iglesia vasca y el nacionalismo sabiniano se hace posible en primer lugar por el interés material común de mantener el control sobre la Euskadi rural, la extensa red clientelar de“parrokio-kavernas” que constituyen, de un lado, un vivero de votos para el nacionalismo y, de otro, de vocaciones para la iglesia. Pero al mismo tiempo, en él confluyen los aspectos más reaccionarios de la moral retrógrada y cavernícola que unos y otros comparten. El ejemplo más palmario de esto lo constituye la posición que ambos mantienen a finales del XIX ante la extensión en Vascongadas del “bailar al uso maketo, como es el hacerlo abrazado asquerosamente a su pareja”.

“Al norte de Marruecos hay un pueblo cuyos bailes peculiares son indecentes hasta la fetidez (...) al norte de este segundo pueblo hay otro cuyas danzas nacionales son honestas y decorosas hasta la perfección”.“El baile ¡agarrao! hay que rechazarlo con firmeza porque esta prohibido por Jaungoikua”.“(...) es necesario que a la faz de Euskadi y del mundo hagamos saber nuestro odio y aborrecimiento a ese baile inmundo, aprobando y haciendo público el siguiente artículo: Todo socio de este Batzoki, del que se tenga noticia de haber bailado Îel agarraoí, será expulsado de la sociedad”. Los alcaldes nacionalistas de Zamudio, Ajanguiz y Arrankudiaga al publicar bandos prohibiendo“el asqueroso baile que llaman agarrao”, no hacen más que seguir la estela del misionero jesuita que en 1897 se flagela públicamente en la plaza mayor de Bergara en reparación del“enorme pecado” de que en las fiestas se haya bailado el“agarrao”. Si el roce y el contacto de la“raza euskariana” con la española era para Sabino Arana la peor de las desgracias, el roce y el contacto de los sexos que propicia el“agarrao” es el camino sin retorno a la condenación del infierno. Si las razas deben permanecer separadas para mantenerse puras, tanto más necesario resulta que las personas de distinto sexo eviten el roce para mantener“la honestidad y el decoro” de la raza euskalduna.

La simbiosis entre las posiciones ideológicas cavernícolas de Sabino Arana y la Iglesia es total en todos los ámbitos. Así, de la mujer afirma Arana que“es vana, superficial, es egoísta, tiene en sumo grado todas las debilidades propias de la naturaleza humana”. Frente al avance del progreso, de la modernidad hacia la que se encamina el mundo a finales del siglos de siglo XIX afirma que:“La generalidad de los hombres debe leer muy poco, porque es muy poco aquello para cuya perfecta comprensión posee principios y luces la mayoría de los hijos de Adán. Muchas de las aberraciones que se deploran en la sociedad humana, no reconocen otra causa que el excesivo afán que hay por leer toda clase de escritos”.

Represión, oscurantismo, ignorancia... los ingredientes básicos que se necesitan para mantener en el miedo y el atraso a quienes se quiere dominar en nombre de una raza, una única y un Dios.

 

1.- Cánovas evitó que el texto legal introdujera los términos “abolición” o “supresión”, remitiéndose a las “reformas del antiguo régimen foral”, además de suprimir directamente las exenciones tributarias y del servicio militar.

Enrique Area Sacristán

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