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No quisieron andar otro camino

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Corría la primavera de 1844. A aquel hombre, que tenía tras de sí una vida escarmentada (represaliado por Fernando VII por demasiado liberal, exiliado luego en Gibraltar por contrariar los ardores de sus compañeros liberales más exaltados) le habían encargado poner en pie un cuerpo de seguridad moderno en un país donde hasta entonces operaba la llamada Milicia Nacional, una hueste de ocasión a las órdenes de los caciques que en cada lugar la levantaban. Se trataba también de crear una institución que llevara la presencia del Estado a todo el territorio, al que por aquellos días poco y mal llegaba su acción.

Supo que debía intentar sustraerla a los vaivenes partidistas, incompatibles con la función de guardar y hacer guardar la ley. Y para ello, sólo valía contar con los mejores. Exigió que los candidatos a formarla fueran hombres "de honor, valor y limpia conciencia", hoja de servicios sin tacha, y supieran leer y escribir con corrección. En un país envilecido y en el que tres de cada cuatro habitantes seguían sumidos en el analfabetismo.

Si ese hombre, Francisco Javier Girón Ezpeleta, segundo duque de Ahumada, muerto en 1869, pudiera ver a los hombres y mujeres que forman, 173 años y algunos meses después, en el patio de la Academia de Guardias y Suboficiales de la Guardia Civil de Baeza para prestar juramento a la bandera, cabe creer que no se sentiría del todo insatisfecho. Son 1.625, y de ellos 570 tienen estudios universitarios (143 de máster, e incluso hay tres que han completado el doctorado). Tanto ellos como los que tienen titulación inferior son gente escogida tras una dura y competida oposición, y vienen a reponer una parte de las casi diez mil vacantes no cubiertas que han dejado los años durante los que la crisis no permitió compensar las bajas vegetativas.

Hace frío en esta mañana de diciembre y, después de besar esa bandera en la que hoy tantos no creen, otros vilipendian y alguno hasta considera pretexto suficiente para agredir a quien la exhibe, a los flamantes guardias civiles les toca escuchar los discursos de rigor. Es una ocasión en la que suelen despacharse fórmulas acartonadas, pero esta mañana las dos alocuciones, tanto la del coronel director como la del ministro, escapan al molde consabido. Hay una amarga razón para ello: la reciente muerte en acto de servicio de dos guardias civiles, a manos de un exmilitar serbobosnio que no les dio opción a verlo venir.

La emoción del duelo impregna y eleva las palabras de ambos oradores. Habla el ministro del dolor que da ver a quien se expuso por los demás morir de forma injusta y cruel, y no poder consolar a los suyos. El director alude al patriotismo anónimo, entendido no como alarde o exhibición, sino como "sacrificio oculto". Del patriotismo que no niega al individuo, ni lo disuelve ni lo somete, sino que ampara su libertad y su creatividad.

Y quien lo escucha y ha hecho de su vida y su oficio el uso de esa libertad y esa creatividad se felicita de que ese sea el mensaje que reciben quienes se postulan para correr, en pro de sus conciudadanos, el riesgo que para dos de sus compañeros se ha traducido en la entrega mayor. Se felicita de que su país, tan disfuncional y mejorable en tantos aspectos (como todos), disponga de servidores como los que allí se forman para defender lo que es de todos y lo que es de cada uno, mucho más allá de lo puramente material o patrimonial. Y comprende por qué a los que lo subestiman y menosprecian, y acaban encontrándose con esos hombres y esas mujeres de verde, se les acaba complicando el empeño hasta el extremo de fracasar, como no hace tanto les pasó a unos que asustaban con una serpiente y un hacha.

Al final del acto, se recuerda a los muertos. "No quisieron andar otro camino", proclama la oración protocolaria. Que hoy suena llena de sentido, de historia y también de futuro.

(Nota: una de las consideraciones que hizo Ahumada fue que a esos "hombres escogidos", por su valor y servicio, debía remunerárseles mejor que al resto de los uniformados. Lección olvidada por quienes, desde hace décadas, los mantienen como los policías peor retribuidos en todo el conjunto del Estado).

LORENZO SILVA


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