Menu
  • 01
  • 02
  • 03
  • 04
  • 05
  • 06
  • 07
logo-circulo-ahumada
DOMINGOS BENEMÉRITOS

DOMINGOS BENEMÉRITOS

SUMARIO: DOMINGOS BE...

Cosas de borricos

Cosas de borricos

  Estamos vivi...

PASCUA MILITAR 2018. UN GRAN DÍA

PASCUA MILITAR 2018. UN GRAN DÍA

Suele ser nuestro ...

A LA PATRIA, HASTA LA VIDA: GUARDIA CIVIL

A LA PATRIA, HASTA LA VIDA: GUARDI…

“Lo demandó el hon...

Prev Next

NUEVOhospimedicalpatrocinador

Noticias Opinión

Una Navidad corriente

  • Escrito por Redacción

hervas

Juan Bolas era un tipo peculiar. Siempre respondía lo mismo a cualquier pregunta.

Por ejemplo:

- Juan, ¿qué te parece la cena?

- Lo corriente – respondía el citado Bolas.

O bien:

- ¿Qué vais a hacer en Navidad vosotros?

- Lo corriente – insistía Juan Bolas.

En fin, que no salía de ahí. Pero dentro del pensamiento de Juan Bolas había algo que hervía bulliciosamente, una aspiración jamás cumplida de realizar una ilusión que siempre tuvo. Si, porque Juan Bolas era en el fondo un sentimental y deseaba viajar al lugar de donde procedía su familia. No obstante, era una cosa cara y los gastos de sus hijos y mujer se le acrecentaban constantemente. Es natural, con tres chavales y una mujer en excedencia para cuidarlos, las cosas andaban bastante justitas. “Tal vez cuando crezcan los chicos y mi mujer retome su trabajo…”, pensaba secretamente Juan Bolas. Pero el caso es que en aquellos momentos no podía.

¿Qué de dónde procedía la familia de Juan Bolas? ¡Qué distraído soy, se me pasó decirlo! Bueno, pues Juan Bolas era de Cuzco (o Cusco, como allí se decía), en el Perú. Cada Navidad recordaba el mercadillo de la Plaza de Armas, la Catedral, con el cuadro de Carlos II, el rey español al que llamaban “el hechizado” o la Iglesia de la Compañía, también en aquella misma plaza. Pero lo que más recordaba eran los pisquitos que se atizaba cuando acababa la cena de Nochebuena, y los villancicos que todos cantaban, especialmente el del Burrito Sabanero. Su padre, con aquella tos perruna y el cigarrillo liado, que no se le caía de la boca. Su madre, siempre remangada y siempre atareada. Sus hermanos, siempre dándole patadas al balón por cualquier rincón. Y sus hermanas, enredándose y desenredándose las trenzas cada día por la mañana y por la noche. Y los ahogos cuando corría demasiado, unos ahogos que se le curaban con un matecito de coca y un poco de reposo.

Pero un día murieron sus padres. Otro día empezaron los atentados y asesinatos de Sendero Luminoso, el grupo revolucionario de allí, con las respuestas no menos violentas de los policías y militares. Allí no se podía vivir. Los trabajos iban desapareciendo, el poco turismo que había, se acabó. Todo el mundo era sospechoso. Y apareció un tal Fujimori, de ascendencia japonesa que, cuando fue presidente de la República del Perú, prometió acabar con aquello y vaya si lo hizo, aunque se llevó por delante a culpables e inocentes, sin una buen discriminación entre ambos.

Aunque también recordaba la música de la quena y el charango, el vuelo de los cóndores y el viaje por el Valle del Urubamba para vender cosas a los pocos

turistas que quedaban. Y es que una guerra es una guerra, se llame como se llame, y tenga el formato que tenga. Y al final, en una guerra siempre sufren más los inocentes, aquellos a los que ni les va ni les viene el conflicto, aquellos que constituyen la verdadera mayoría de la población, aquellos que solo quieren vivir en paz y concordia. Pero desgraciadamente en este mundo, las ideologías mandan sobre las ideas, de manera que a mayores ideologías, menores ideas. Es obvio que la política dejó de ser el arte de gobernar a los pueblos hace mucho tiempo, para convertirse en la estratagema para saquear a los pueblos, esclavizar a los inocentes y someter a los librepensadores.

Pero… la tierra tira mucho.

Juan Bolas tuvo que emigrar a Madrid hacía ya bastantes años. Vino con una mano delante y otra detrás, pero era listo y honrado, leal y generoso. Por eso empezó de aprendiz con un zapatero, dado que su padre hacía zapatos entre tos y tos. Como tenía una gran imaginación, se dedicaba en cuanto podía a diseñar zapatos, con el conocimiento y bendiciones de su patrón, al ver que se vendían como rosquillas, dado que costaban la mitad o menos que los de marca de igual calidad. Su patrón le estaba agradecido y más la patrona, que al no tener hijos le había tomado gran cariño, considerándole un poco como el hijo que les hubiera gustado tener. Ello hizo que cuando murió el patrón, Juan se tuviera que ocupar del negocio, viéndose obligado a contratar un par de ayudantes, pues no daban abasto a las solicitudes que tenían. Al final, la patrona murió dejando como heredero universal a Juan. Tras la consiguiente pelea con el fisco, tuvo que reestructurarlo todo, abriendo un par de sucursales en Madrid y alquilando una nave industrial en un pueblo cercano para empezar a producir en gran cantidad sus zapatos. Cinco años después se casaba con una toledana y fundaba su familia, contratando más de cien personas y estableciendo franquicias de venta por toda España. Pero él seguía viviendo modestamente y cuanto ganaba lo reinvertía en ampliaciones de la empresa, salvo una pequeña cantidad para su familia. No le sobraba el dinero, pues tenía que pagar una nómina enorme y gastaba mucho en materias primas para los zapatos.

El caso es que un buen día llegó el mes de diciembre de un año (no recuerdo bien cual). Su mujer le preguntó qué quería de regalo de Navidad. El siempre contestaba lo mismo (lo corriente, como ya dijimos), pero en esta ocasión respondió otra cosa, lo cual sorprendió a propios y luego a extraños, cuando lo supieron:

- Quiero que vayamos a Cuzco los cinco, a pasar las Navidades.

Empezaron a hacer cuentas y vieron que podían; un poco justos, pero podían. Así es que, ni corto ni perezoso marcharon a la agencia de viajes, reservaron el hotel y sacaron los billetes a Lima y luego de Lima a Cuzco. Estaban ilusionados todos, pero muy especialmente las dos niñas y el chico, de catorce, doce y diez años. Para los chicos era una experiencia deseable e inolvidable, muy probablemente. Empezaron con las maletas, revisaron el vestuario, hicieron listas, proyectos y cálculos. Contaban las horas que quedaban para viajar. Todas las noches se reunían para comentar cosas del viaje. Muchas veces ni se les ocurría encender la tele. ¿Para qué, si era mucho más aburrida?

Y por fin llegó el día. Tras casi doce horas de viaje llegaron a Lima y luego a esperar otras tres horas para el avión de Cuzco. Bueno, agotados, pero finalmente llegaron al hotel de Cuzco, un antiguo convento dominico reformado y con todas las comodidades. Y allí… el mal de la altura para una de las niñas y la mujer. Los otros aguantaron mejor. Y venga a tomar mate de coca.

Al anochecer pasearon a ver el mercadillo de la Plaza de Armas. Todo estaba precioso e iluminado. Una rondalla cantaba y tocaba por allí. A los chicos se les abrían los ojos como platos. Fueron después a su antigua casa, donde vivía una de sus hermanas, que casi le da un soponcio de la impresión. Al día siguiente era Nochebuena, de manera que alquilaron un pequeño restaurante para poder reunirse toda la familia, pues pasaban de sesenta en total, contando hijos y nietos.

Lo primero que le extrañó a los chicos españoles fue que antes de cenar, todos en pie y en silencio, rezaron, como antaño se hacía en España. Luego se abrazaron, se besaron, intercambiaron regalos y cantaron villancicos. La cena fue típica peruana. Todo transcurría divinamente hasta que a eso de las once y media de la noche se fue la luz. Entonces aparecieron los camareros con velas y copas de cava o champán. Sirvieron el espumoso, brindaron, volvieron a cantar y, de repente, se hizo el silencio. Eran las doce menos cinco de la noche. Empezó a sonar un reloj, con sus campanadas, y al punto se encendieron todas las luces, mientras entraba un camarero dando grandes voces:

- ¡Muchas felicidades, Jesús ha nacido, Dios está con nosotros, tenemos esperanza otra vez!

Todos aplaudieron y cantaron y bailaron sin parar hasta casi las dos de la madrugada. Allí era verano, al ser el hemisferio sur. Fue una cena inolvidable.

Muchas cosas más se vivieron en aquél viaje a Cuzco, la mayoría ligadas al reencuentro familiar, solicitudes de trabajo para España o de ayuda económica, etc. Lo esperable. Pero lo más importante fue que por unas horas nadie mandaba sobre nadie y todos se demostraban su amor. No se si falso o sincero, pero estéticamente muy bello.

Y Juan Bolas sintió nacer en su corazón la paz de haber vuelto a abrazar a su familia, la paz del cariño reencontrado, la paz de este mundo que no es de nadie, sino de quien pasa por él. Allí no hubo ideologías. Allí solo hubo una idea: “Dios ha nacido, adorémosle”. Y a Dios solo le gusta que se le adore de una manera, con el amor entre nosotros y de manera permanente, no solo en Navidad. Lo demás no son más que pamplinas que no van a lado alguno, que pasan y desaparecen. De glorias mundanas están los cementerios llenos. Por eso, sin lugar dudas, la frase de Juan Bolas era perfecta, por que amarse unos a otros es “lo corriente”. El odio es una cosa anormal; y de anormales, probablemente.

Muy listo, ese Juan Bolas.

Francisco Hervás Maldonado, Navidad 2017.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

WEBS RECOMENDADAS

logo gc copia22  logo policia logoministeriodefensa logodiaper

grandes batallas

pronunciamimnetos militares2

LOGO BLOG

soy Radio 2018         beneméritaaldía

     OPF Investigation        Logo

logo-graciela e-mas

 

 

 

    EscudoRegulares     logo aispc     thumbnail LogoIPAMadrid

cabecera web 2      LOGO FINAL 1       

Benemérita al día

Actualidad

Cultura y Sociedad

Otras Secciones

Boletín de Noticias

SUSCRÍBETE >> Recibe gratis todas las noticias en tu correo
Términos y Condiciones