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Guardia Civil: Una historia de valor y valores

  • Escrito por Redacción

Ra l Gonz lez Zorrilal 400x400

Apenas comenzamos ahora a darnos cuenta de la situación, pero durante los últimos años, y especialmente a partir de los mandatos aciagos de José Luis Rodríguez Zapatero, España, la undécima potencia económica del mundo, se ha convertido en un territorio radicalmente anómico, en un desierto renuente a la más elemental aplicación de las leyes democráticas donde resulta habitual contemplar con pasmo cómo se dinamitan con absoluta impunidad los consensos colectivos más elementales sobre los que descansaba nuestra sociedad desde la ya lejana Transición.

Así las cosas, en demasiadas ocasiones, la indigencia ética, la desvergüenza política, el consentimiento indolente y la acracia comportamental parecen ser los únicos macrorrelatos sobre los que se asientan la vida pública y la convivencia colectiva de los ciudadanos españoles, muchos de los cuales, desinteresados de la defensa del sistema democrático y de la salvaguardia de nuestros mejores valores, desprecian como decrépitos y obsoletos los modelos morales sobre los que se levantan nuestras sociedades occidentales.

Efectivamente, habitamos un tiempo tan incierto como cruel en el que los terroristas son tratados como héroes, en el que es habitual confundir la apología de la violencia con el derecho a opinar, en el que se premia la continua e intensa degradación de las normas sociales y en el que a fuerza de repetir incesantemente las mismas falsedades desvergonzadas éstas acaban convirtiéndose en certezas absolutas en los titulares de demasiados periódicos arruinados e insolentemente acurrucados al lado de los más miserables. Vivimos una realidad hedionda en la que los totalitarismos se visten de seda, en la que los miserables son tratados como los grandes líderes del futuro, donde los demócratas son expulsados al gueto misterioso de la derecha extrema y en la que, en el colmo de las vilezas, las víctimas del terrorismo son consideradas como peligrosos elementos de odio, intolerancia y crispación.

En este ambiente purulento, los ciudadanos simplemente decentes, cuando salen todos los días de su casa, buscan, necesitan, instituciones referenciales, sólidas y fuertes que sean capaces de asegurarles apenas un puñado de certezas fundamentales: que los delincuentes, sean quienes sean éstos, han de ser detenidos y puestos a disposición de las fuerzas de seguridad; que la violencia nunca ha de legitimarse como un método de participación social; que la formación y seguridad educativa de nuestros hijos no puede depender de los caprichos legislativos de cada autonomía; que la Justicia para todos no puede quedar a expensas de los intereses de unos pocos y que nadie puede vivir con serenidad en una sociedad que cuestiona grosera y permanentemente todo aquello que permite que sus ciudadanos puedan ser considerados como tales.

Dicho esto, y 172 años después de su fundación, creo que lo mejor que se puede decir en estos momentos de la Guardia Civil es que actualmente es, sin lugar a dudas, esa institución a la que los españoles nos agarramos como a un clavo ardiendo porque, día a día, con sus actuaciones siempre eficaces, medidas y ejemplares, nos transmite la idea de que seguimos formando una nación sólida, homogénea e integrada. Una nación digna de este nombre en la que los organismos de poder democrático mantienen su firmeza, en la que los códigos se cumplen y en la que los principales actores que gestionan la vida pública actúan según se espera de ellos. Esto es, a la postre, lo que nos proporciona a los ciudadanos plena garantía en la protección de nuestros derechos, máxima confianza en las construcciones políticas y una elevada seguridad individual levantada sobre la más absoluta previsibilidad del funcionamiento del sistema de convivencia.

Quienes habitamos en el País Vasco sabemos la importancia crucial que tiene la protección férrea de las instituciones democráticas y somos especialmente conscientes del papel ejemplar que la Guardia Civil, todos los guardias civiles, desempeñan en esta tarea. La Guardia Civil nos liberó del yugo de ETA, pero, además, y en unas condiciones extraordinariamente duras, con unos recursos siempre escasos y en un entorno radicalmente hostil, consiguió defender los derechos y las libertades de los vascos en unos momentos históricos en los que casi ninguna institución y muy pocas personas estuvieron a la altura de la situación que se vivía. Esta defensa férrea de la democracia le ha costado muy cara al cuerpo policial: la Guardia Civil es el colectivo que cuenta con un mayor número de asesinados por parte de la banda terrorista ETA, 230 agentes, cuya memoria habrá de quedar guardada entre las páginas más discretas, pero también más brillantes, de nuestra democracia.

Desde el País Vasco, en este su aniversario, solamente podemos decir una cosa a la Guardia Civil: No os vayáis nunca. Esta siempre será vuestra casa. Y, para que lo sea realmente, el Gobierno de España debe de encargarse, de una vez por todas y sin más dilaciones, de mantener, modernizar y ampliar si fuera necesario, las instalaciones que la Benemérita posee en Euskadi para el desarrollo de sus siempre necesarias funciones.

En estos momentos convulsos que asuelan a nuestro país, en particular, y a Europa, en general, la Guardia Civil es la institución más valorada por los españoles. Es la institución con mayúsculas cuando todas las demás parecen estar desaparecidas o en funciones. Y es que, cuando todo parece derrumbarse a nuestro alrededor, cuando las ideologías sucumben, los referentes culturales flaquean y los principios políticos se resquebrajan, hay que echar mano del valor y de los valores, de esos principios tan comunes y, por lo tanto, tan escasos, que siempre han sido el santo y seña de la Guardia Civil: el sacrificio, el espíritu benefactor, la lealtad, la austeridad, el respeto a las leyes, la disciplina, la abnegación y la defensa de la libertad. O, lo que es lo mismo, los mismos valores que un día levantaron nuestro mundo y que hoy, en estos tiempos inciertos, parecen licuarse, dramáticamente, en nuestras manos.

RAUL GONZALEZ ZORRILLA

LA TRIBUNA DEL PAIS VASCO

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