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Es que soy yo (cuento político consuetudinario)

  • Escrito por Redacción

hervas

Pues en una hora junto me llevasteis,

Todo el bien que por términos me disteis,

Llevadme junto el mal que me dejasteis;

Si no, sospecharé que me pusisteis

En tantos bienes, porque deseasteis

Verme morir entre memorias tristes.

Garcilaso de la Vega.

Érase una vez un niño, que como todo niño jugaba, reía y lloraba. Pero pronto descubrió que poseía un don: tenía un atractivo personal fuera de lo común. El niño no era especialmente guapo ni feo, no era alto ni bajito, no era listo ni tonto, pero por la razón que fuese, convencía a sus compañeros: era un líder. El niño decidía los juegos, organizaba los repartos de cromos y a veces, incluso llevaba un listado de los que podían jugar con él cada día. Sus padres y profesores estaban asombrados:

- María, has parido un ministro – decía su padre.

- ¿Y si fuese un obispo? – añadía la madre, que era muy devota.

- Creo que su hijo será un famoso científico – decía el profe de matemáticas, un calvito bajito, que jamás comprendió bien el teorema de Tales, pero que hacía malabarismos con las tablas logarítmicas de Vázquez Queipo.

- Es que el teorema de Tales no guarda la proporcionalidad de las cosas – criticaba sin pudor el calvito – y además yo no soy experto en álgebra, sino en cálculo infinitesimal – insistía el susodicho.

- Es un deportista fenómeno, un gran atleta – sentenciaba don Eudoxio, quien con ese desafortunado nombre hizo bien en dedicarse a la educación física. ¿Se imaginan que se hubiese hecho farmacéutico?, la gente le diría la farmacia del indecible. ¿Y si hubiera sido agricultor?, “la sementera del Ulogio no da pa ná” o bien “buenos gorrinos los del Ulosio”, etc.

Era tal su impacto, que cuando comulgó, le cantaron una jota en el pueblo:

Tiés los ojicos bien grandes,

Y la color aceituna, ¡

Qué gustico pa tus padres!

¡Que no se te escapa ni una...!

¡Que no se te escapa ni una mañica que a tiro pase...!

Y así llegó a la edad en que lo de dentro se va para fuera y ese niño se hizo, como ya dijo la jota, un dulce para las jovencitas, un dulce que todas querían catar.

- ¡Es que soy yo! – pensaba el jovenzuelo.

- Estuve merendando con Pirulí – por llamarle de alguna manera, decían sus conquistas.

- Estuve bailando con Pirulá – por llamarle de otra manera, volvían a decir sus conquistas.

Y el rey del grupo, líder donde los hubiere, siempre iba rodeado de su corte de admiradoras y admiradores.

- ¡Es que soy yo! – se decía para sí, añadiéndose: – soy muy superior a la media, nadie me llega a la altura de la zapatilla.

Sus padres, algo preocupados por tanto mosconeo a su alrededor, decidieron, cuando llegó la hora, que cursase sus estudios universitarios bien lejos, así es que haciendo un esfuerzo y gracias a una beca salario, fruto de sus buenas notas y éxito social, decidieron mandarlo al extranjero, para lo que aprendió inglés, francés y alemán en un curso intensivo, durante el cual solamente ligó con el calendario zaragozano y otros elementos inertes.

- Lo que tu digas, Padre – afirmaba con humildad el ínclito Piruló, ¡vaya, ya hemos vuelto a cambiarle el nombre!

Estudió ciencias políticas en Lovaina, haciendo un master en Oxford.

Cuando volvía en vacaciones, daba pequeñas conferencias en el casino del pueblo, conferencias a las que acudían sus fans. Una de ellas fue muy comentada, pues se presentó, al ruido de su fama, un famoso político de la capital. La conferencia se llamaba: “¿Por qué yo soy yo?”, y decía cosas como estas:

- La sociedad del bienestar ha de fundarse en las necesidades morales de la persona, en primer lugar. Entiéndaseme que tales necesidades son herencia de una autarquía impuesta durante cuarenta años – ya salieron, ¡cómo no!, los cuarenta años, ahora vendrían los fundamentos jurídicos de los romanos, el espíritu de libertad del pueblo y la necesidad de progreso en un régimen de libertades y justicia social.

A todo esto, el político observador sonreía complacido.

- La necesidad de autoafirmarse hace a los pueblos grandes y así son capaces de trascender su propia historia. Yo os animo a que, como yo, sepáis ser leales a vuestro espíritu de progresía y libertad.

Y vino el turno de preguntas. Tras varias sandeces, el político levantó la mano y cuando se le concedió turno, dijo:

- ¿Y cómo propone usted alcanzar esa trascendencia, en el terreno de los hechos concretos?

- Propongo una reflexión conjunta, en la que yo trasmitiré mis ideas, para compartirlas y enriquecerlas con todos – pero por dentro pensaba “es que soy yo, como es natural”.

El político le ofreció la posibilidad de integrarse en su grupo al terminar la carrera y el postgrado. Y así lo hizo.

Pirolán (otra vez neófito bautizado) se integró en el grupo. El joven era brillante, aprendía pronto y tenía dotes: su moral era ligeramente distraída, con deriva hacia la talega de los muy, el porte semblaba holgura de capacidades, la color relucía de bronces, el belfo nobleaba y los ojos... ¡oh, qué grande ese su recurso!, miraban en un pareado de amor impetuoso y sorna episcopal, así como mirando entre la dulzura de un cálido desayuno invernal y la suntuosidad de un beso respetable. Un prodigio, un que-me-viene, un evento que marca la inflexión preponderal de la perra vida de un interlocutor/a hastiado/a.

Los colegas en esa tarea del “cursus honorum” le admiraban y envidiaban. No eran infrecuentes los dardos o puñaladas que le asestaban por la espalda, ataques siempre apagados en fracasos. Por ejemplo, aquella tarde en que le obligaron a elegir entre la ética de la amistad y la justicia para el pueblo, en una presunta recalificación apócrifa de terrenos a favor de un colega muy necesitado, arrasando el único bosque del pueblo para construir horrendeces unifamiliares, que luego fueron horrendeces de bloques de apartamentos, sin beneficio alguno para los constructores de la población, Su decisión fue clara: da la sangre a tu amigo, que no se repone la amistad, y dale al pueblo la oportunidad de ejercitar su inteligencia mediante la incursión libre en los negocios por la vía de la distancia, lo que viene a ser algo así: “haré lo que me zumbe, que para eso estoy aquí”. Esa preponderancia de la amistad le hizo ganar muchos partidarios en el grupo, pues ello hablaba de la fidelidad a la “cosa nostra”, hecho muy celebrado por los pueblos latinos del sur de Europa. Algunos le criticaban, pero él decía para sí: “¡es que soy yo!”, embraveciéndose en su línea de inexpugnabilidad.

Vinieron elecciones, que sus ojos y labia ganaron una y otra vez. Se enamoró en una de estas, pero no de su futura mujer, como sería de esperar, sino de su futuro suegro, hombre muy asentado, muy acomodado, muy apoltronado. Tan sedente estaba que fluían por sus propiedades pléyades de incautos admiradores al olor de la tela marinera. Y llegó el ya Repirulón, quedo y poderoso, de modales egregios y melosa voz, enamorando primero a su suegro, después a su suegra y por eliminación, a la niña. Hay que reconocer que su fuerte no era la impetuosidad de los amores pujantes, sino la dulzura de la crisodulia, considerando el amor al oro y demás bienes joyeros como el centro de toda su cristiandad. Pero no dudó en rezar cuanto se le presentó, hasta lograr matrimoniar con aquella infeliz niña de sus papás. Otro hubiera pensado, al menos fugazmente, que le adornaba una intención canalla, pero él se decía: “¡es que soy yo!”.

Como el suegro no estaba capacitado por la naturaleza para engendrar prole, Recontrapirulán tuvo una hija con su esposa, que era lo que tenía a mano, no suponiéndole molestia alguna ese suceso, dado que continuó con su ejercicio de amores en lupanares y escondites diversos, a veces incluso acompañado de su suegro, que lo tenía idolatrado. En estas se le antojó dar leña a las nigerianas que pasaban por su horizontal, hasta que un día se le fue la mano y desnucó a una de ellas. Su suegro lo arregló todo y él lo vio normal, aunque tal vez le asaltó una pequeña duda: ¿tendría ánima inmortal, pese a ser negra?, pero dejó de preocuparse muy pronto, mientras pensaba “¡es que soy yo!”.

Pasaron los años, la niña creció y tras el oportuno corte de mangas, se marchó a vivir lejos, muy lejos. Él lo encontró natural, pero no así la madre, su esposa, que iba de psiquiatra en psiquiatra, tomando ensaladas de píldoras y arrastrando los pies, mientras caminaba como un zombi, salvo en los actos públicos de su marido, en los que establecía una sonrisa inalterable adornada de cinco vocablos: hola, gracias, no, si, adiós. Este desgobierno personal y familiar le afectaba más bien poco: “¡es que soy yo!”, concluía.

Pero... un día se hizo viejo, sus ojos enmohecieron, se le amojamaron las hechuras, enviudó, fue abuelo desnietado y, ante su sorpresa, su yerno lo desplumó en un pis-pas, pues era un economista notable, malo, pero malo malo, de esos que atezan el alma con intención de dañar. Y su hija no le hablaba, sus suegros ya fallecieron y la Audiencia Nacional le peinó el pasado, apareciendo la mayor parte de sus tropelías económicas e incluso el asunto de la nigeriana. Con su edad no podía ir a la cárcel, pero fue arrestado en su domicilio, que hubo de vender por escasez de posibles, recalando en una habitación de un hostal miserable, lleno de gentuza transeúnte, entre los que se contaban meretrices, criminales, drogatas y restante vómica humana de la peor calaña. Y allí, pasito a pasito se consumía, hasta que un buen día notó un dolor muy fuerte en el pecho.

Y aquel hideputa, mientras se moría, pensaba: ¿es que soy yo?

Francisco Hervás Maldonado

 

 

 

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