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La muerte y el terrorista

  • Escrito por Redacción

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En este tiempo de Navidad solemos olvidar una cosa que siempre hemos de tener muy presente: hay personas que matan a otras personas de manera injustificada y cruel, los terroristas. Y lo hacen durante todo el año, incluida la Navidad.

Empecemos por el principio. ¿Qué es un terrorista? Pues un individuo a quien no duele o impresiona el dolor o mal ajeno. O sea: un psicópata. Los hay más y menos cultos, pero todos ellos poseen ese denominador común, la ausencia de sentimiento de culpa o lo que es lo mismo, la incapacidad de sentir el daño del prójimo. No saben ni quieren ponerse en el lugar de aquél que sufre. Y partiendo de esa base, vemos que hay dos clases genéricas de terroristas, los que mandan y los que ejecutan órdenes. Los que mandan, además de psicópatas, son profundamente egoístas y, casi siempre, carecen de principios morales. Buscan solo su propio beneficio, muchas veces autoengañándose con temas baladíes, como la libertad o la independencia. Porque es curioso justificar la libertad propia con el asesinato ajeno. Vamos, hay que tener mucho morro... Y otra idiotez es la cacareada independencia, cosa que no hay quien crea ya – si es que está en su sano juicio – en un mundo tan globalizado que estornudas en Nueva York y repercute en Nueva Zelanda. De hecho, el famoso efecto mariposa es una realidad plausible, pues la contaminación o destrucción de una zona del planeta, como la Amazonía o el Ártico, nos afecta a todos. Y no hablemos de la contaminación de los mares, de las posibles explosiones solares, del cinturón de Kuiper o la reorganización de placas tectónicas. Hay que ser muy inculto, muy imbécil, para pensar en la independencia de un cachito ínfimo del planeta. No es posible y punto.

Los que obedecen son profundamente incultos e incapaces. En ellos se cumple la famosa frase de Lope de Vega. "La vida es corta: viviendo, todo falta; muriendo, todo sobra". Es decir, que cuando viven les falta educación, cultura, salud mental, etc. En definitiva, son verdaderos muertos vivientes por culpa de sus jefes. Pero ¡ay amigo!, cuando mueren sobra hasta su recuerdo, puesto que nada hicieron en bien de la humanidad. Y todos ellos mueren algún día, como sus víctimas, puesto que "lo único que nos separa de la muerte es el tiempo", que diría Hemingway. Por lo menos, al morir, dejan de hacer daño, tal como dijera Francis Bacon: "he meditado a menudo sobre la muerte y encuentro que es el menor de todos los males". En resumen, gente amorfa, sin personalidad, psicópatas incapaces de amar o de hacer el bien a sus semejantes, si exceptuamos a quienes piensen como sus jefes (no como ellos, porque ellos son incapaces de pensar coherentemente).

Pero hay otros terroristas mucho más peligrosos y más de actualidad: los islámicos radicales, quienes no han hecho otra cosa que copiar la crueldad de los antiguos romanos. Es decir, es un salto a atrás en la evolución de la humanidad. Y no usan dinosaurios porque no hay, que si no... Decía Séneca en el siglo I que "quien desprecia su vida es dueño de la tuya". Pues esa es toda su estrategia. Vamos a analizarlo un poco. Empecemos recordando que los romanos, en la antigüedad, a quienes se les oponían, los arrasaban sin piedad. Kilómetros de caminos con crucificados, mujeres violadas y luego asesinadas, niños esclavizados, ganados muertos, cosechas quemadas, etc. La presencia de los romanos en un lugar, sorpresivamente, era terrible. Especialmente aquella caballería avasalladora. Recordemos aquella frase de Virgilio: "quadrupedantem putrem sonitum ungula campum" (el resonar de los cascos de los caballos en medio del campo). Aquello asustaba. Pero como estos tipos islámicos no tienen armas para impresionar, pues usan la crueldad y la palabra.

En el Islam la muerte no es exactamente igual que en el cristianismo. Para el creyente islámico, el alma y el cuerpo permanecen juntos en la tumba durante un tiempo, hasta la resurrección final, en que el creyente va al paraíso o al infierno, dependiendo de su comportamiento en este mundo y de la huella que haya dejado en el mismo. Sin embargo, el jefe de los terroristas islámicos da por sentado que lo mejor que puede hacerse para ello es matar infieles. Bien, es otro psicópata, que no solo es incapaz de comprender el sufrimiento ajeno, sino que se regodea en él. Por ejemplo, las decapitaciones. Para el creyente, el alma se distribuye por todo el cuerpo y va pasando de unas zonas a otras. Cuando a un individuo se le corta la cabeza, el alma sufre un disparate, pues no puede reordenarse correctamente, al faltarle ese trozo de la cabeza, un pedazo de alma fundamental. Aunque son listos. Ordenan inmolarse a los asesinos que mandan, pero ellos no lo hacen. Son, como siempre, los incultos, también psicópatas, quienes hacen el daño por delegación. Es decir, les prometen un paraíso en unas condiciones de dudosa interpretación en el Corán. La autoinmolación pudiera tener la consecuencia de la pérdida del alma. Ahora bien, lo que decía Séneca es una gran verdad: ¿qué vas a hacerle a un individuo a quien le da igual vivir que morir? La amenaza de muerte, en estos casos, es ineficaz. Borges opinaba que lo original sería no amenazar con la muerte, sino con la inmortalidad. Es lo único eficaz: convencerles de que los que se inmolan van directamente al infierno, como así sucede según la interpretación correcta del Corán.

Porque la interpretación correcta del Corán es bastante distinta. Una persona, tras morir, ha de haber realizado tres cosas importantes y no otras. La primera es haber dejado una descendencia digna, que rece por él, de manera que de alguna manera permanezca en su memoria. La segunda es haber ejercido la caridad con los demás, pero no solo la que haya hecho, sino la que se siga haciendo en su nombre, a través de hospitales, fundaciones, entidades benéficas, etc., por él creadas. La tercera y última es haber impartido conocimiento sobre los demás y que algunos otros – sus discípulos – lo continúen esparciendo a través de nuevos discípulos.

En el antiguo al-Ándalus, la caridad y la enseñanza eran temas prioritarios. Pero hoy en día no lo son entre las gentes del Daesh. Realmente suceden dos cosas. Los jefes están como cencerros, además de ser unos psicópatas, pero no hasta el punto de no querer enriquecerse lo más que puedan con el petróleo. Y a algunos países les está viniendo muy bien, pues están consiguiendo petróleo y gas muy barato. Tampoco le viene mal a uno de los dos grandes bloques, porque está arruinando al otro. Al final siempre aparece el vil metal.

Estos utilizan gentes marginadas, no creyentes en su mayoría, desesperados de vivir a base de drogas y miserias en Europa. Es una gente tan inculta y desesperada que si les dijeran que las tortugas bailan claqué, lo creerían. Por eso son peligrosos, porque además de ser psicópatas y no tener principios, están desesperados. Para ellos, matar infieles o creyentes tibios es un verdadero placer. En España buscan las zonas marginales y conflictivas. Especialmente peligrosos, como estamos viendo, son los de Cataluña. Y ello es debido a que a este tipo de locos les entusiasma hacer daño, para lo que buscan siempre ambientes revueltos, contestatarios, descreídos. Y eso se debe a que los primeros descreídos son ellos, de manera que así están en su salsa. Son unos terroristas poco capacitados intelectualmente, de manera que su manera esperable de ataque es con el Kalashnikov o inmolándose. Para otro tipo de ataques hay que pensar y, sobre todo, hay que saber y trabajar bastante. Y ni saben una palabra ni tienen hábito de trabajo.

Por tanto vemos que tenemos dos tipos de terroristas: los jetas nacionales, que solo buscan dinero y utilizan las mentiras de la independencia y facsímiles, y los islámicos, mucho más peligrosos porque están desesperados y no saben ni quieren salir de su miseria de otro modo. Ambos son unos psicópatas.

Es decir, que cuatro cosas son urgentes ya. La primera es revisar la educación, especialmente revisar a maestros y profesores, sus antecedentes y capacidades así como sus sueldos. La docencia, en mi opinión debe ser controlada por el Estado y no por las Comunidades Autónomas, por razones obvias de homogeneidad. Si a mí me sobra un profesor en Asturias, debo compartirlo con Valencia, por ejemplo, si es que allí me falta. Bien pagado y con facilidades de movilidad, por supuesto. Mientras eso no se haga, tendremos conflictos.

La segunda cosa es controlar debidamente la inmigración. Es fundamental controles cíclicos de lenguaje y de medios de vida. Por supuesto que habrá gente necesitada de ayuda y a esa se le ha de ayudar, pero no a los jetas y siempre con algo a cambio, como trabajos sociales, en la medida que puedan, escolarización obligatoria y control del gasto superfluo.

La tercera es dejarse de tonterías y crear una sola policía nacional y, a ser posible, europea contra el terrorismo, venta de armas y drogas, delitos monetarios, etc. Dejémonos ya de entelequias policiales.

Finalmente, en cuarto lugar, fomentar los valores culturales propios y no los ajenos, porque ello supondría una confrontación antes o después. Más bien antes, diría yo.

El mundo está cambiando. Las guerras ahora son así, por medio del terrorismo, y se precisa una mentalización nacional sobre ello. Porque la otra opción es la muerte y así no vamos lejos.

Francisco Hervás Maldonado. Coronel médico en la reserva
 
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