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Noticias Opinión

Bioterrorismo e islamismo radical: ¿es posible?

  • Escrito por Redacción

hervas-ultima

Hoy la TRIBUNA DEL PAIS VASCO, trae a sus páginas un artículo de nuestro colaborador habitual el Coronel Médico en la reserva, D. Francisco Hervás Maldonado, como todos los suyos excelente.

¿Podemos esperar un ataque bioterrorista de los islámicos radicales? Yo creo que la experiencia me obliga a contestar un poco difusamente. Podemos esperarlo, pero es muy poco probable. Es decir, no es impensable, pero tampoco es nada fácil que suceda. Ello se debe a tres causas: el perfil del terrorista islámico radical, el comportamiento de los microorganismos en la naturaleza y la capacidad defensiva del huésped, es decir, de la persona infectada por ellos. Desarrollaremos un poco estos conceptos, pero antes vayamos a las definiciones más genéricas.

Bioterrorismo

Se conoce como bioterrorismo a la agresión inesperada, efectuada con armas biológicas (bacterias, virus , parásitos, hongos, priones y sus productos, como toxinas o simplemente venenos), que producen un daño infectivo grave en quien sufre el ataque, con una mortalidad elevada (por encima del 5%) en la población, fácil transmisibilidad y difícil o imposible tratamiento. Los microorganismos, modificados o no genéticamente, producen – además de la muerte – secuelas importantes en muchos casos y su mortalidad puede llegar a superar el 80%. Dada su fácil transmisibilidad, requieren sistemas especiales de protección, tanto individuales (EPI: Equipo de Protección Individual) como ambientales, incluyendo filtros, construcciones especiales, redireccionamiento de flujos de aire, etc. Por otra parte, el aislamiento por sectores es la norma y, sobre todo, el control de flujos migratorios de aves y animales, así como control de vectores (insectos, sobre todo) y de acometidas de agua, alimentos, etc.

Es decir, que se trata de un tipo de agresión que, si bien no es muy intensa al principio, si que es perdurable en el tiempo. Además, requiere una inversión importante en medios de todo tipo, incluyendo la formación del personal asistencial, que no todos los países pueden hacer.

 De entrada, requieren un laboratorio especial para su diagnóstico, un laboratorio que contenga bioseguridad cuatro (BSL-4). Pocos laboratorios de este tipo hay en europa: un par de ellos en Inglaterra, otros dos en Alemania, uno en Suecia (el referente de la Unión Europea, situado en Solna, junto a Estocolmo), otro en Francia y en Italia… En España no tenemos. Mejor dicho, tenemos una zona 4 en Valdeolmos, pero solo una zona. En cuanto a centros bien acondicionados para tratamiento en España, realmente solo hay dos, algunas habitaciones del antiguo Hospital Carlos III de Madrid, y una plante – la 22 – recientemente adaptada, y muy bien remodelada, en el Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla, también de Madrid. Es decir, que no hay mucho, pero lo que hay es de calidad. Otra cosa es el entrenamiento del personal, que afortunadamente es poco, pues apenas tenemos incidencias de este tipo. Y la formación en el extranjero puede hacerse, pero sin la práctica continuada, esta formación está condenada a ser un brindis al sol. 

Es decir, que en España no estamos tremendamente mal, pero nos queda aún bastante camino por recorrer. Y no hablemos en cuestiones medioambientales. Yo creo que salvo el SEPRONA, de la Guardia Civil, pocas instituciones seriamente organizadas existen. Porque ni los animales ni los microorganismos saben una palabra de territorios o autonomías, gracias a Dios, lo que les convierte en seres libres y afortunados en un gran orden de cosas. Por tanto, las organizaciones autonómicas o locales son prácticamente inútiles a efectos reales.

Microorganismos

Hablar de bacterias, virus, etc., de un modo genérico es absurdo, pues hay tantas excepciones que lo que se pueda decir de ellos no pasa de ser meramente orientativo. Así es que todo lo que aquí digamos, entiéndase que se refiere a “la mayoría de” y no a “la totalidad de”. Sin embargo, y puesto que ni los especialistas nos ponemos de acuerdo, daremos una orientación general y luego, a partir de ahí, cada cual podrá profundizar cuanto quiera o dejarlo estar.

La bacteria es una célula. Tiene un cromosoma y una membrana, se reproduce por mitosis, dividiéndose en dos cada una de sus partes, incluyendo el cromosoma, quien genera la otra mitad para poder seguir viviendo. Tiene, por tanto, ADN y son capaces de fabricar ARN, para construir sus propias proteínas. Dos cosas las diferencian, unas precisan el oxígeno para vivir (aerobias) y a otras les molesta (anaerobias). Hay formas intermedias, como las microaerófilas (que toleran un poquitín de oxígeno). Las anaerobias, en ambiente hostil, pueden esporular en algunos casos y así, con la corteza protectora que les da el ser esporas, pueden aguantar en vida latente muchos años. Pueden producir toxinas (venenos) en defensa propia. Pero quédense con lo importante: una célula que puede vivir por cuenta propia, siempre que tenga alimento. Por eso se cultivan y crecen en cualquier sitio. Son del reino vegetal.

Los virus pueden ser ARN o ADN no cromosómico, pero no poseen ambos ácidos nucleicos: uno u otro. A veces tienen cápsula y a veces no. Son agresivos porque son parásitos celulares obligados. Fuera de una célula, viven muy poco y son sensibles a desinfectantes comunes, como la lejía o el alcohol isopropílico. Por tanto, no son célula, pero al parasitar una célula, la convierten en productora de toda suerte de agresivos, agresivos con los que tienen el vicio de alterar la respuesta inmune en su propio beneficio. Es decir, que la célula es su soporte, pero no su ser. Sin células, sin materia orgánica, no hay virus. De hecho, se cultivan en células para su estudio e investigación, unas células especiales para ello. Pertenecen también al reino vegetal.

Los parásitos, por el contrario, son del reino animal. Poseen una o varias células y, generalmente, varios cromosomas. Son agresivos, porque se “meriendan” poco a poco a la persona infestada. Producen sensibilizaciones alérgicas, haciendo subir la tasa de eosinófilos, y destrozan órganos y tejidos, como el hígado (plasmodium, el de la malaria o paludismo), encéfalo (la triquina), etc. No se suelen cultivar, pues requieren medios con sangres especiales o animales vivos como medio de soporte y tampoco existe una garantía de éxito muy grande.

Los hongos son del reino vegetal. Los hay de una (levaduras, por ejemplo) o muchas células (dermatofitos). Son agresivos, pero generalmente a nivel local, salvo en muy contados casos, en que producen sustancias tóxicas o ellos, ‘per se’ son extraordinariamente venenosos. Agripina la menor era experta en envenenar con setas. De hecho, así se liquidó a sus dos maridos. Se cultivan en medios sólidos bastante bien.

Los priones son unas semiproteínas que de algún modo se comportan como virus, fijándose al ADN de la célula y dañándolo poco a poco hasta que se la cargan. En el ínterin, han conseguido que ese ADN produzca más priones, aunque a ritmo más lento que los virus, para ir contaminando otras células. Todos recordamos el caso aquél de las vacas locas.

En cuanto a las toxinas, poco hay que decir. No son más que venenos de distinta agresividad.

Bien, hasta aquí lo malo. Ahora lo bueno. Las bacterias están tan adaptadas al ser humano que sin ellas moriríamos. La vitamina K, por ejemplo, la sintetizan, de manera que sin ellas, nos desangraríamos. Las bacterias “buenas”, con las que vivimos, compiten con las malas, impidiendo que nos colonicen. Claro, si las agredimos, con antibióticos, innecesariamente, se hacen resistentes a éstos y se multiplican mucho, poniendo en riesgo nuestra vida. Pero si estamos verdaderamente necesitados de esos antibióticos, la probabilidad de que esto suceda es mínima. Compartimos bacterias con todas las especies animales y vegetales. Algunas, incluso nos dañan, como la de la tuberculosis, que pasó del ganado vacuno a nosotros hace miles de años.

Los virus usuales, como los del catarro común y otros, son inofensivos y, de alguna manera, estimulan la producción de defensas. Es como si nos vacunásemos, cuando nos acatarramos. Eso si, cuando aparece una infección secundaria a la de los rinovirus, entonces esa es otra cuestión, pero el problema no es de ellos, sino de la ineficacia de nuestras defensas.

Los parásitos sirven para indicar la calidad de un alimento. Por eso hay que inspeccionar la triquina en las canales que van al matadero, sobre todo en el cerdo. Pero no son muy agresivos, salvo el plasmodium y la triquina, que tampoco lo son por toxicidad, sino por el daño tisular que producen, en hígado y encéfalo.

Y los hongos…, ¡qué decir!, pocas cosas son tan buenas como unos buenos setillos de cardo, por ejemplo.

Es decir, que todos convivimos y ocupamos un espacio en este mundo. Lo malo es alterar los roles o las ubicaciones. Pero eso, con los movimientos migratorios tan enormes que hoy tenemos, es incontrolable.

¿Bioterrorismo de radicales islámicos?

Puedo equivocarme, pero yo lo veo muy poco probable.

En primer lugar, para fabricar un arma biológica hay que tener conocimientos microbiológicos, y muchos. Además, se requieren unos medios de bioseguridad muy elevados, pues cabe la posibilidad de que a medio camino mueras en el intento. Se requiere una instrumentación carísima y de acceso controlado. No vale cualquier lector genético o duplicador de bases, no. Hay que garantizar que el suministro energético no falle. Un apagón eléctrico manda al garete todo nuestro trabajo. Se requieren locales con presión positiva y filtrado de aire, paredes y suelos lisos y lavables, cabinas de seguridad biológica, EPI, estufas y medios de cultivo especiales (sobre todo para virus) y de no fácil venta, etc. En una palabra, fabricar un virus letal, con seguridad del que lo fabrique, no puede hacerse por menos de cinco o seis millones de euros para un pequeño lote de ampollas letales, ampollas que han de conservarse muy bien, pues han de llevar células dentro para que el virus no se pierda. Antes se usaban células de embrión de pollo, de riñón de mono y de otras procedencias. Ahora son líneas celulares artificiales, nada fáciles de conseguir y carísimas.

Pero es que en el terrorista se da aquello que decía Séneca: “quien desprecia su vida es dueño de la tuya”. Aunque no es lo mismo morir de golpe, como bomba humana, que poco a poco, entre grandes sufrimientos y en una cama. Por tanto, el terrorista no está presente en el ataque, luego sus agresiones tienen una parte de azar que él no controla. Eso si no se vuelven contra él, pues… ¿quién sabe si alguien, en el período de incubación, viaja a su país y expande la enfermedad. Además, de manera real, no matan al 100% de la población en la zona agredida. Lo usual es no pasar del 25%, aunque al prolongarse en el tiempo, no puede llegar a saberse su alcance real.

El entrenamiento en microbiología de los agresivos biológicos solo se realiza en muy pocos laboratorios del mundo, militares en su totalidad y bajo control policial estricto de quien allí aprende. Realmente solo se realiza en Rusia y los Estados Unidos.

Lo que sí es esperable son agresiones a pequeña escala, con toxinas o esporas de ántrax fundamentalmente. Digamos que eso serían asesinatos camuflados. Otro riesgo son las acometidas de agua de los edificios, especialmente de los edificios sensibles: Consejerías, Ministerios, Parlamentos… El problema es que resulta muy difícil disimular el sabor del agua contaminada, salvo que se sea muy – pero que muy – experto en ello. Algunos alimentos con máscaras de sabor (salsas, por ejemplo) pueden ser utilizados para contaminar con toxinas, bacterias o virus. Se puede contaminar un autobús o un vagón de tren a través del aire acondicionado. Pero no es fácil.

Sin embargo, todas estas cosas carecen del impacto que busca el terrorista y si no es muy experto, pueden matarle poco a poco y con grandes sufrimientos.

La unidad NBQR de la Guardia Civil, posee los conocimientos y entrenamiento necesarios para combatir estos ataques. No debemos tener miedo de los cobardes que, no sabiendo convencer con argumentos (que no tienen), van a recurrir a la violencia que ni ellos mismos saben controlar.

El mundo está cambiando, pero es esencia somos igual que hace miles de años: la gente normal y los cretinos, que sin nada se creen algo.

FRANCISCO HERVÁS MALDONADO, Coronel Médico en la reserva

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