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Cuando flautas, pitos.

  • Escrito por Redacción

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Cuando era más niño de lo que ahora soy (solo tengo 64 añitos), gustaba de imaginar que era capaz de volar.

Para conseguirlo, soñaba que movía muy rápidamente las piernas, lo que me impulsaba hacia las nubes, aunque pocas veces pasaba de un tercer piso, pues siempre me llamó mucho la atención lo de aquí abajo. Me llama la atención lo que la mente hibrida con lo tangible. No soy capaz de imaginar – con sustento argumental – lo que no veo, por más que la fantasía de otros me acose. Tal vez sea porque la fantasía, cuando válida, ha de personalizarse mucho.

Pero volvamos a mi sueño, mi peculiar deseo de volar, no tanto por el hecho de elevarme sobre las personas y las cosas, sino por la inmensa dicha de tener un ángulo de visión distinto y cambiante. En uno de mis vuelos, admiraba con ensueño a Miss Felicity Maher, mi profesora de inglés (y de todo lo demás) en la primaria, una bermejita moteada de pecas, con edad de gran reserva más que de crianza, pelo así como sin peinar peinado y una faldita escocesa por donde pugnaban las rodillas por salir, aunque muy de tarde en tarde. Siempre me admiraron las rodillas, como al amante de Claire (“la genu de Claire”, ¡qué gran película de sugerencias!). Era una irlandesa de Cork, esa ciudad – hoy maravillosa, otrora desvaída – en el occidente de Irlanda. Recuerdo la primera vez que pisé Dublín: el Phoenix Park, O’Connell street (luminosa calle en que viví un tiroteo, por cierto) y, sobre todo, Churchtown, donde bebía cerveza con Helen y Reg, Martin y Mona, y..., bueno dejémoslo. El infecto río Liffey, que siempre me causó intriga, especialmente después de visitar la fábrica Guiness y probar su stout, esa cerveza del color del río (negra-caca). Cuando volvía del Canadá, aterricé en Cork, entre nubes procelosas, como muñecos de algodón. Y la hierba, tan verde, tan fresca, tan constante..., que daban ganas de pacer.

HERVAS

En mi vuelo, acaso sin saber qué hacía, estaba descubriendo el amor imposible, que tal vez sea el amor más bello y menos conveniente. ¡Quién no ha tenido un amor cometa!. Este amor se mantiene, como la cometa, cuando solo se contempla, pero para ser real, ha de caer al suelo, ha de destruirse. Por tanto, al igual que la cometa, ha de flotar al viento, sin bajar jamás. Lo que pasa es que antes o después, uno se acaba hartando de cometas y se marcha para tomarse unas copas. Porque la realidad también puede ser bonita.

Lo que más me gustaba de Miss Felicity Maher era que me defendía de la estricta Mother Patrice Mary, quien me anatemizó por limpiarme el barro de los zapatos en un reclinatorio, cosa que reconozco está muy mal, pero no estoy tan seguro de que San Pedro me diera con la puerta en las narices por hacerlo. En cualquier caso, los reclinatorios sirven para expresar sumisión con comodidad, pues si uno se ha de arrodillar, bien puede hacerlo en el suelo, sin recurrir a tenencias de diseño “ad hoc”. Muchas veces pensamos que Dios es tan tonto como nosotros y nos arrobamos con la estética, sin ir al sustento de las cosas: hacernos la vida fácil los unos a los otros. Es increíble la normativa dimanada de los diversos pensamientos religiosos y lo poco que ahondan en lo único importante, que es amarnos y no tener miedo a morir, pues todo está dispuesto para que así suceda desde el principio de los tiempos. Cuando pienso en Dios, me suelo sentir arropado en mis tonterías y lo procuro ver a través de todo lo que vive: lo hombres, los animales, las plantas e incluso esos maravillosos seres microscópicos que nos suelen dar lecciones de todo, constantemente: los microbios.

El hecho es que tal vez volase en realidad, porque tenemos tal nivel de desinformación que nos resulta imposible, en la práctica, distinguir la verdad de la fantasía. Puede que volase o puede que no, pero lo cierto es que no tengo punto de contraste para poder asegurar firmemente una u otra cosa. Recuerdo, volviendo a esos años en que usaba tallas esmirriadas, que estando en Dublín me compré unos pantalones de pana rojos horrorosos. Eran los años de Mary Quant y sus minifaldas, de los Beatles y su “wednesday morning at five o’clock, as the day beguins...”, los años de “blowing in the wind” y del graduado (otro peliculón, denunciando la hipocresía de la clase burguesa). Por eso, como los pantalones eran horrorosos y sabía que me vituperarían por ello, me los compré. Por joder, digo yo que sería. Pues con esos pantalones horrorosos, entre semana y semana, me iba a Tiffany’s, para olvidarme de “animal farm”, el libro de Orwell objeto de mi tesina de fin de estudios. Por cierto, que le debí de tomar cariño, pues cada vez que busco un libro en mi biblioteca, me aparece el susodicho “animal farm”. Y no me extraña, porque la nota que me dieron fue “Honours”, que al parecer es algo así como rascado de espalda y beso, el “rian de plus”. Con los pantalones esperpénticos parecía una magra a medio cortar, y todos sabemos que el jamón goza de gran predicamento entre los europeos. Así es que una jovenzuela llamada Therese, decidió arrumacarse con un servidor, o acaso con su vestuario, pensando que era un dependiente de frutería o puede que un mecánico bailón. Cuando adivinó que era estudiante, puso cara de haba y reculó, pues sabiamente pensó lo que Quevedo, en su “Carta de un cornudo a otro cornudo: intitulada en el siglo del cuerno”. En dicha carta, Quevedo recomendaba que si el débito (Dios no lo quiera) conyugal decayere, se podría nombrar teniente para tales laudos sicalípticos, pero no habría de ser clérigo, militar o estudiante, pues son estos muy menesterosos y poco proclives a la dádiva que la función requiere. Al final, un humilde “see you” (nos vemos, por no decir nos vamos) zanjó la cuestión y a otra cosa.

HERVAS-2

Una compañera de estudios, muy pagada de sí misma, era mi acompañante asidua en aquellos tiempos. Como buena joven cuasi-adolescente (como yo) e inconsciente (también como yo), se extrañaba de que las gentes no lanzasen pétalos de rosa a su paso. Yo callaba y sufría en silencio, como el de las almorranas, pero en lo más profundo de mi corazón pensaba que don Luis de Góngora llevaba razón:

De bienes fortuna

Que no están escritos,

Cuando pitos, flautas, Cuando flautas, pitos.

Tal vez allí sobraban flautas y faltaban pitos. Aunque otras veces sobran los pitos y faltan las flautas, como en muchos casos de herencias dinásticas. La vida es una incógnita maravillosa.

Han pasado añitos, pero no dejo de pensar en Irlanda. La última vez que estuve en Dublín fue en el 2002, y aquello ya no es ni sombra de lo que fue: se ha civilizado demasiado. Ya no tiene ese morbo de antes. Lo que me recuerda que en uno de mis viajes anteriores, en 1975, camino de Londres, al volver de América, decidí quedarme unos días con Helen y Reg Cleary, en su casa. Todo había cambiado. Tenían tres hijos que ya eran mayores y dos de ellos habían volado de casa. Solamente quedaba la pequeña (por decir algo, pues pasaba de los 20). De los tres niños, con quien antaño mejor me llevaba era con el pequeño, pues pasábamos buenos ratos jugando a los indios. Un día le llamé “coward”, que las películas de “cow-boys” traducen como “cobarde”, pero que deberían traducir como “maricón”, que es lo que se pretende decir en el inglés de los vaqueros. Aprendí muy bien el significado de la palabra por el bocado que Carl me atizó en una pierna (no se si tengo un diente incrustado aún, pues me noto un bultito en la zona, que duele al tacto). Me costó un dineral en helados y chuches para sosegarlo, pero al final acabamos siendo buenos amigos. Hace tiempo que no se nada de su vida y me gustaría saberlo, pues creo que se hizo hombre de pro y acaso sea un deshonor saludarme.

En fin, que aquellos vuelos tal vez no hayan concluido, pues de alguna manera veo mi vida desde la distancia, con una claridad absoluta y un gran asombro. Como mi trabajo en Edmonton (Alberta, Canadá). Pero esa es harina de otro cantar.

Y después de tanta historia, a la que debería añadir mi paso posterior por más de veinte países de Europa y América, yo no me arrepiento de haber sido médico militar. De lo que si me arrepiento es de haber picado y haber creído las promesas de todos nuestros políticos. Vivimos en un país de embustes considerables, pero nuestra gente, nuestras Fuerzas Armadas, nuestra Guardia Civil, nuestra Policía Nacional… son la cosa más digna, limpia y buena de nuestra Patria, sin duda. Creo que mil veces que volviera a nacer, haría lo mismo que he hecho, a pesar de todo. Eso sí: jamás – pero jamás de los jamases – sería político en España. Es indecente.

Francisco Hervás Maldonado.

Coronel Médico en la Reserva.

Octubre de 2015.

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