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¡Viva España!

  • Escrito por Redacción

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Hace tiempo que existió un individuo en mi pueblo llamado Chamorro, el cual, a fuer de ahorrativo, pasó a ser grotesco, pues tenía una puerta con tanto remiendo que ya no se sabía lo que de remiendo y lo que de puerta oriunda tenía la susodicha.

Y sucedió lo que tenía que suceder: un buen día la puerta se rompió en mil pedazos, debido a la falta de cohesión interna que tenía. Es decir, que de la puerta solo quedó el recuerdo. Porque era esa puerta un frenesí de parches en los que nada hacía sospechar una previa unidad en la misma, como tantas personas que, sin encomendarse a Dios ni al diablo, deciden constituirse en parches de lo que antes era una sólida estructura. Me refiero a los incompetentes de los políticos autonómicos, especialmente a los nacionalistas (y sobre todo a los catalanes), que acaban de inventarse un cuento, muy bien tramado y organizado desde hace varios años, un cuento que se apoya en la mentira, en la exclusión y, en definitiva, en la avaricia. Por eso, antes de votar, conviene documentarse, no vaya a ser que estemos votando a la puerta de Chamorro, esa puerta se rompa y Chamorro se largue con nuestros cuartos en el bolsillo en dirección a cualquier paraíso fiscal.

Una persona honrada no se ha de dejar embaucar por cantos de sirena de dudosa procedencia, incluyendo al clero de los sesos huecos que los apoya. Pero bueno, ¿no han hecho ustedes voto de pobreza? ¿es que el amor y la unidad es algo secundario o fortuito en el cristiano? Ustedes son muy mala gente, porque están abjurando – de hecho – de su Fe, o a lo peor es que no la tienen y andan disfrazados. Son ustedes unos HIPÓCRITAS, con mayúsculas. Dan ustedes un pésimo ejemplo y alguna vez, en este mundo o en el otro, tendrán que rendir cuentas de sus actos indecentes y anticristianos. Se lo aseguro: lo suyo es gravísimo, señor abad o señora monja, por citar solo un par de ejemplos.

La bellaquería es la condición de los tiempos, en que los escurridizos resisten los embates de justicia y cordura con hábiles movimientos de cintura, como las bayaderas o incluso como las lagartijas o las ratas, como las ágiles corridas de toros que ustedes mismos prohíben allí en Cataluña, pero que se van a ver a Francia o a Las Ventas, en Madrid (conozco varios casos). No paran de legislar gilipolleces, con perdón, mientras la gente se queda sin apenas asistencia sanitaria, con unos transportes públicos caros y asquerosos, o con unas escuelas tercermundistas (que les vayan dando a los niños, que esos no votan). No hay nacionalista que aguante el peso de la ley, la de verdad, aunque algunos sean correosos, como tantos sinvergüenzas que viven de la mamandurria del contribuyente (me refiero a los golfos disfrazados de diplomáticos catalanes, a los que todos pagamos con nuestros impuestos, y que no hacen absolutamente nada ni lo harán).

Sé bellaco y échate a dormir. Yo tengo un vecino bellaco que no para de hacer obras, pues piensa que “obras son amores y no buenas razones”, por lo que

produce ruidos sinfónicos de música concreta (me río yo de Karl Heinz Stockhausen o de Luis de Pablo), pero no discreta, que turba la siesta, arruga la tez, enerva el espíritu y carga los fusiles. Lo que pasa es que, cuando tienes el machete en la boca, el rifle al hombro y la bala en la recámara de la pistola, se te representa la imagen de tu santa madre en la infancia, diciéndote aquello de: “has de ser siempre bueno y ganarás el cielo”, lo cual te arruga y achanta, pues la otra opción es el diablo rampante, o sea: te vuelves como ellos, los nacionalistas. Así es que uno deja las armas y se pone unos tapones, que es la solución de los buenos y de los gilís. ¡Qué se le va a hacer! Ahora bien, en la bellaquería tenemos bellacos al detall, como mi vecino, y otros al por mayor, como todos estos politicastros, individuos de casta innombrable, disfrazados de “servidores públicos”. Estos grandes bellacos, aparte de cambiar de camisa con frenesí, son capaces de vender a todo un pueblo por unos amaños económicos, pues son falsos cual alhaja de hoja de lata. Se crían bien en esta península ibérica (¿será el clima…?).

Las autonomías son cada vez más bellacas, porque si no, nadie querría ser político (“a mi que me pongan donde haiga”). Por eso jamás hay que asustarse, pues el arma favorita de estos sinvergüenzas es amenazar, amagar y no dar, porque no son nadie. Pero hay que tener los calzones bien puestos y no ser cobardica o estar dirigido por otro tipo de intereses espurios., Para así ponerlos en el lugar que les corresponde: la cárcel. Vamos a hablar claro ya de una vez, que esto se nos va de las manos.

Cuatro peticiones que no admiten demora: cambien la ley electoral (la falsa ley d’Hont es una trampa obvia), cambien la constitución, con un giro hacia la centralización estatal (ahorraríamos una verdadera fortuna y mejorarían enormemente los servicios públicos), cambien la ley de extranjería hacia otra más racional, mediante la que vengan menos, y estén más protegidos e integrados en nuestra cultura (y no nosotros en la suya), hagan una ley clara para defensa de la vida, pues tan grave es matar a tu mujer como a tu hijo no nacido (aquí el agravante es la indefensión del feto) y, por supuesto, no roben ni consientan que otros lo hagan. Sobran cientos de miles de políticos (con la cuarta parte de los que hay – casi medio millón – iríamos más que sobrados) y faltan servidores del pueblo justos, honrados y leales. Esto es una vergüenza. Yo soy también catalán porque soy español, y no estoy dispuesto a consentir majaderías. De momento, lo diremos por las buenas.

Y la conclusión de todo: ¡Viva España!

Francisco Hervás Maldonado, Coronel Médico en la reserva

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