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Deus ex machina (La divina sorpresa)

  • Escrito por Redacción

FHERVAS copia

Aristóteles no era partidario del abuso con el “deus ex machina”, pero tampoco se mostraba contrario a él de una manera absoluta. Bueno, salvo en el caso de Medea, donde la resolución de la obra mediante esa tramoya le pareció siempre abusiva.

¿Y qué puñetas es eso del deus ex maquina? Pues una bobadita teatral consistente en una tramoya que hace elevarse o descender a un personaje sobre una pequeña plataforma. Así, el personaje desciende como un dios, desde lo alto, pone orden, merced a sus diversas instrucciones y mandatos, y se abre por la misma vía, pero en sentido contrario, es decir: en sentido ascendente. La voz latina significa “el dios mediante la máquina”. Gracias a ese deus ex machina, se produce la anagnórisis (reconocimiento) de ese personaje divino, el cual, hasta el momento, solamente se manifestaba con el sonido de una voz, procedente de detrás de la escena, pero sin personaje. El teatro griego y el romano eran así: sugerentes, velados y terribles. Si no, que se lo pregunten a Edipo, a su asesinado padre Layo y a su madre y esposa, Yocasta.

En los clásicos, no solo la tramoya dirige al personaje, sino que hay otros recursos, como la carátula. De ahí viene la palabra persona, del término “per sonna” (suena a través de, resuena), dado que las voces de los actores se deforman por la resonancia a través de las carátulas. Cada actor per sonna de manera diferente con una misma carátula, luego esa es la personalidad que le caracteriza.

Sin embargo, en nuestro mundo moderno, en el siglo XXI, el concepto de deus ex machina sigue vigente en este gran teatro de la vida en que nos desenvolvemos. Pongamos algunos ejemplos. Empezaremos por el cine, donde se posee un vestuario extraordinario, algo que la pobre Edith Head, la gran diseñadora de vestuario de Hollywood añoraría, si viviese. De todas formas, el vestuario del cine no es tan real como el de la vida, puesto que su filtro artístico (Séptimo Arte, que le llamara por primera vez el ínclito Ricciotto Canudo) lo convierte en seductor y maravilloso siempre. Esto no sucede en la vida real, sobre todo desde que se inventó el “pret-â-porter”. El cine utiliza constantemente el recurso del deus ex machina, y no siempre al final. Incluso en las películas cuajadas de macguffins (adendos inesperados que adornan, pero que carecen de suficiente sentido en la trama), como es el caso de “Con la muerte en los talones” (North by northwest), de Hitchcock, las sorpresas grandiosas aparecen, como la persecución por el monte Rushmore. Ese deus ex machina del Rushmore no es fundamental, pues la persecución era esperada (suspense), pero no su ejecución sobre un símbolo de esa categoría (el monte Rushmore), lo que añade la sorpresa al suspense, convirtiéndolo en un suspense sorpresivo.

En los desfiles suele sorprender su cabeza, donde quien marcha al frente de la parada (deus ex machina) aparece destacado por encima de los demás, o bien separado, al principio del “show”.

Para una persona achacosa, lo más irresistible es la ausencia del deus ex machina. Uno sufre tremendamente por las consecuencias de la lentitud con que se produce la mejoría, que jamás es “chuchi-pera” y le condena a los eternos paseos higiénico-dietéticos por la correspondiente y siempre citada “avenida de Cafarnaum” de cada ciudad (en Madrid, la Castellana o Arturo Soria, en Barcelona, la Diagonal y el passeig de Gràcia, en Burgos, el paseo del Espolón, en Granada, el paseo de las Angustias, el Salón y la Bomba, y así sucesivamente).

La irresistible sorpresa le puede llevar al que la goza a la reacción opuesta inevitable – la caída – porque, a ciertas edades, a uno le echan hasta de lo alto de cualquier tramoya. Por eso, cuanto más se sube, más gordo es el batacazo final. Hubo una gitana que se asombraba de la magnífica dentadura de su comadre, la ‘Olores’, preguntándole acerca de la razón de tal perfección dental, dado que las melladuras y caries son usuales entre los calés (de hecho, los gitanos siempre llevaron dientes de oro, como el Pedro Navajas de la canción), a lo que a aquella, sin darle importancia, la gitana requerida le respondía:

- ¡No ví a tenelos bien, calorrí, pa el poco sirvisio que m’han dao!

La sorpresa suele ser frecuente en ciertas administraciones, donde se premian más las ideas que los conocimientos. Se utiliza para ello el conocido procedimiento indicativo (es decir, señalamiento con el dedo índice), metódica también conocida como “promotio per sua pulcra facies”. A veces la sorpresa es que no se produzca la esperada polacada, cosa harto infrecuente, porque el ser humano es bastante poco serio en sus apreciaciones, pues las filtra por un doble filtro de intereses y sentimientos.

Otras sorpresas irresistibles son las de la universidad. Lo que más me gusta del vestuario del docente es la prenda de cabeza, con un detalle fascinante: la borla (no, no he dicho la burla sino la borla). Las borlas que penden del birrete docente son graciosas a la par que elegantes. Nadie lleva borlas en su prenda de cabeza, salvo los profesores y laureados de máximo grado (doctores). Porque unos llevan gorra, otros gorro (la diferencia entre gorra y gorro es que la primera es más redondita, achatada y suele tener visera, mientras que el gorro se eleva hacia arriba con bastantes ínfulas y tiene alas, como ciertas compresas femeninas). Muchas son las variedades de gorra: la de plato, el ros, el quepis… y los gorros no les quedan a la zaga: bombín, tejano, chistera… Hay quien lleva boina, otros usan el fez, la montera o el turbante. Y desde luego, el precioso tricornio de nuestros queridos Guardias Civiles. Finalmente, algunos gastan birrete (los jueces), pero estos no son como los universitarios, sino más parecidos a los bonetes eclesiásticos (por cierto, no olvidemos la teja, la mitra y el solideo, prendas místicas laureadas donde las haya) y, sobre todo, no llevan borlas. Porque hablar del turbante o la toca, nos transportaría a las mil y una noches o a las moradas teresianas. Por otra parte, la toga es muy similar a la que usan jueces y abogados, prima hermana de la capa, que todo (bueno y malo) lo tapa. Al bobo de Esquilache le disgustaba la capa y casi se organiza una guerra por ello. Faltaría la peluca, pero ya no se lleva, dado que una buena peluca es un magnífico campo de entrenamiento para el pulguerío. De todas formas, a mí me gustan las pelucas mucho más que esos looks de Cocoliso que se han puesto de moda.

La sorpresa es más versátil cuanto mayor sea la edad, pues depende de un concepto social relacionado con la costumbre. Por tanto, la promoción personal es más un tema de suspense que de sorpresa, aunque no siempre sea así. La verdad es que uno no deja de sorprenderse ante las propuestas demenciales de las hordas de políticos, sobre todo en materia de nombramientos. Las más veces, estas designaciones conllevan una zozobra continuada en quienes los sufrimos. Los pobres ciudadanos padecemos ataques de políticos indoctos, gestores de seso hueco, realmente con aspecto de delincuentes y rábulas diversos.

Tal vez la borla sirva para ahuyentar malas ideas, como un yuyu maravilloso que protege de las malas intenciones. Yo mismo creo que ciertos gachós (y gachís) debieran de llevar borlas en los gayumbos (o el braguerío), con objeto de limitar el pecado carnal a situaciones muy esporádicas. De todas formas la maldad del docente es muy certera, dado que utiliza recursos del intelecto, que reviran mucho más que los de la fuerza bruta. Por eso, “el profesor que sale canalla… martiriza y nadie lo calla”. Y además, “para mejor hacerte la puñeta, va y se deja la coleta”.

El sorprendente se jubila tarde y mal. Le pasa lo que al ganado con resabio, que como embiste mal, no coge el estoque como debe. Al vulgar se le repele, haciéndole la vida imposible, rechazando sus propuestas y procurando anularle hasta que le de un infarto. Quien sorprende es peligroso, porque no le vemos venir y suele ser corniveleto. Téngase en cuenta que la estaticidad del rebuzno ha sido muy ponderada desde la antigüedad, en sumerios, hititas, aqueos y faraones, como es el caso del todavía influyente Ramsés segundo (primero en Canarias).

Desde luego, el individuo que siempre nos sorprende es el bandi…, quiero decir el político. Su agnición (aparición súbita e inesperada) es irremediable, porque aunque parezca que se han acabado, siempre renacen de sus cenizas y tienen muchos grumetes, como los pesqueros cutres. En realidad se orientan ineluctablemente hacia el crisol. Son crisódulos puros, cuyo sensibilísimo (y dedicado) afecto al oro les lleva a una expansión, personal y circundante, algo más que notable. Un crisódulo – dice el filósofo romano Meriones – es aquél que adora el crisol (lugar donde se funden las monedas). A estos individuos les sucede a la inversa de los agujeros negros: lo rechazan todo y a todos, salvo lo que les engorda el bolsillo y su cohorte. Por eso, yo creo que habría que llamarles “agujeros blancos”.

La sorpresa en el político es irresistible e irremediable, puesto que están encaprichados – que no apasionados – con eso de decirle al prójimo lo que debe hacer. Ello se fundamenta en lo que otrora dijera sir Oscar Wilde: “la pasión es efímera y el capricho perdura”. Y estos son unos seres bastante caprichosos y nada apasionados, dado que un temperamento pasional empeña la vida en sus actos, mientras que el caprichoso hace que sean los demás quienes la empeñen en su propio beneficio.

Los que cada vez sorprenden menos son los clérigos, los eclesiásticos. Antaño no era así, pero hoy en día la vida ha cambiado mucho. Los cardenales Ximénez de Cisneros, Richelieu o Mazarino ya no se llevan. Existen otros seres sorprendentes, como mi gato, pero no son tan conocidos. Al fin y al cabo, si deus ex machina, cualquier debutante de menor cuantía, que se oponga al sistema, puede ser una novedad rentable (eso dicen los periodistas).

Y ahora me largo a la piscina. La caló…, que no se aguanta.

Francisco Hervás Maldonado

Coronel Médico en la reserva

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