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Cabezones (Una revelación estratégica de algunos políticos)

  • Escrito por Redacción

FHERVAS copia

Cabezones - (Una revelación estratégica de algunos políticos)

Hace pocos años tuve la ocasión de enfrentarme a un político que se las daba de gestor. El debate fue literario, con un resultado – según él – de empate y – según yo – de victoria espectacular. Sospecho que yo llevaba razón, por tanto, pues en caso contrario, el oponente no hubiera admitido un empate, sino que se hubiera postulado como indiscutible ganador. Los italianos, ante esta gente cabezona, incapaz de reconocer sus propias limitaciones, utiliza una frase que los define muy bien: “testa di legna”, tarugo en castellano.

Uno de los cabezones mayores de la historia fue Niccolò Ugo Fòscolo, nacido, el seis de febrero de 1778, en una isla griega (entonces perteneciente a la República Serenísima de Venecia), hijo de madre griega y padre italiano, médico. Fòscolo marchó a vivir a Venecia en 1793, estrenando una obra de teatro allí a los 19 años, que resultó ser un fracaso. Fue un gran patriota, aceptable poeta, buen crítico literario y cabezón de narices. Amante de varias señoras casadas, padre de una hija, y de torpes adscripciones políticas, aliado con los franceses de Napoleón contra los austriacos, en defensa de la patria italiana, se vio obligado a huir a Londres, tras la derrota de Napoleón y vuelta de los austriacos a Italia, donde vivió míseramente con su hija, dando clases de crítica literaria, hasta su muerte en 1827. su libro más conocido es la colección de poemas titulada “Dei sepolcri” (de los sepulcros), publicado en 1806, en el que habla de la “tumba illacrimata” (tumba no llorada), como el mayor mal posible de un hombre, puesto que en tanto uno es llorado, su recuerdo perdura y de alguna manera él sigue viviendo.

Fòscolo era un exiliado de sí mismo, en realidad, como reconoce en sus versos. Un tozudo, incapaz de vivir los tiempos que le tocaron, lleno de orgullo y ambición política. Sin embargo, no era un “piernas”, ni mucho menos. Era un hombre brillante e inteligente, pero un cabezón de narices. Nos ha legado algunas frases bellísimas, como la siguiente, publicada en 1809 (hace más de 200 años), en “Dell’origine e dell’ufficio Della Letteratura” (del origen y del oficio de la literatura), que nos viene a demostrar su notabilísima sensibilidad frente al lenguaje: “Todo hombre sabe que la palabra es el medio natural para representar el pensamiento; pero son pocos los que se acuerdan de que el progreso, la abundancia y la economía del pensamiento son efectos de la palabra”.

Las personas testarudas no llegan a gozar del placer de aprender y, generalmente, se equivocan. No debemos obsesionarnos con la razón, porque dicha razón es un criterio estadístico y mudable. Lo que hoy es delito, mañana puede ser loable y viceversa. Todos fluctuamos en un mar de posibilidades. Por eso, como Gauss decía, lo mejor, en convicciones es aquello de “pauca, sed matura” (poco, pero bien madurado). Heinrich Böll, premio Nóbel de Literatura alemán, en su libro “Opiniones de un payaso”, tiene una frase que puede ser considerada como muy elucidatoria al respecto: “soy una multitud de cosas ya cumplidas y una inmensidad de cosas por cumplir”.

Indudablemente, todos nos hallamos a medio camino, sea cual sea nuestro nivel y calidad de conocimiento. No se puede despreciar a nadie, porque nadie lleva razón, al menos en lo absoluto, y porque es una pésima estrategia, dado que las tornas cambian con mucha frecuencia (es más, eso es lo lógico). Quien hoy prima, mañana es furgón de cola y viceversa. Solo los torpes no se equivocan, porque ya de por sí, ellos son un error con patas.

La obsesión de certeza domina la inseguridad de muchos políticos. Tal vez se deba al miedo que les produce el hecho de poder ser descubiertos, lo cual es una tontería, porque todos sabemos que las tareas de mando – hoy en día mucho más que antes – se rigen por el azar. Por eso, quien se crea en posesión de la verdad no es que sea un tarugo, no: es que está precisando asistencia urgente a cargo de un buen psiquiatra.

Algunos políticos, aterrados por el desempeño de su función, para la que no están capacitados, tiran por la vía de en medio, recurriendo a la tozudez como sistema gestor más definitivo, pensando así que ello les asienta en su trono de taifa. Bien, si no recurre a la violencia para con sus gobernados, tiene un pase, pero si acosa, maltrata y apabulla a sus gobernados, el asunto varía, máxime si tenemos en cuenta algunas rimas, como las siguientes: gerente rima con delincuente, director rima con colector, administrador rima con blanqueador, banquero rima con torticero, ejecutivo rima con cautivo, vigilante rima con mangante y, la peor de todas, empleado rima con cabreado. Pues, si el cabreado se enfrenta al mangante, a éste último no le queda más remedio que detener al cautivo, el cual denuncia al torticero, quien a su vez delata al blanqueador, que le pincha al colector para detener al delincuente, y el susodicho acaba pagando por todos ellos juntos (es el principio de acción y reacción, pero a lo bruto).

Euclides, hombre inteligente e innovador, creador de la geometría, hace dos mil quinientos años enumeró sus cinco axiomas, imprescindibles para demostrar – entre otras muchas cosas – la inutilidad de los tarugos. A saber:

Axioma 1: dos o más cosas iguales a una tercera, son iguales entre sí. Por tanto, si una decisión se ha revelado errónea previamente, no la tomes, pues lo volverá a ser, siempre que las circunstancias sean iguales. ¿Verdad Sr. Rajoy?

Axioma 2: Si a dos cosas iguales se les suman otras dos cosas iguales, una a cada una, el resultado serán dos cosas también iguales, aunque mayores, y viceversa, si son desiguales. Si los sueldos y ascensos son a dedo, el cabreo y los enfrentamientos personales serán la regla.

Axioma 3: Si a dos cosas iguales se les restan otras dos cosas iguales, una a cada una, el resultado serán otras dos cosas iguales, pero menores, y viceversa si son desiguales. Si a un ciudadano se le hace menos caso que a otro ciudadano es porque o bien no se valora su opinión (es obvio) o porque se le engaña (cosa peligrosísima, pues se suele acabar sabiendo).

Axioma 4: Si dos cosas caben exactamente una en otra, es porque son iguales. Si cambiamos a un político por otro y no se pierde dinero o eficacia, es que da igual uno que otro. Si por el contrario, se pierde, es que el segundo está menos capacitado que el primero. Mas… ¡ay si se gana más!, entonces es que el primero era un mendrugo.

Axioma 5: La parte es menor que el todo. Si un político pretende ser más que el consejo de administración de su partido, el político será efímero, sin duda. Si un político pretende saber de todo, sin duda se equivoca.

Y volvemos a Ugo Fòscolo, cuando decía aquello de que “el recurso final del hombre destruido es el delito”. Cuando el político acosa al ciudadano, puede correr el riesgo de convertirlo en un delincuente, es decir: que le meta cuatro tiros y aquí paz y después gloria. Por eso hay que saber graduar muy bien la presión sobre los gobernados, cosa que suelen ignorar los políticos tarugos, porque en su huída hacia delante, hacen de la cerrazón bandera, considerando enemigos a todos cuantos no les den la razón. Es una señal inequívoca de dos cosas: incapacidad y desprecio a la vida, pues aunque ellos no se den cuenta, se la están jugando. Y es el mismo Fòscolo quien nos da la justificación a esto: “todos quieren ser amos y ninguno dueño de sí mismo”. El gobernado también quiere ser amo, como el gobernante, y solo se contiene hasta cierto punto, superado el cual deja de conocer, convirtiéndose en una fiera corrupia (matar es muy fácil, de hecho lo hacen hasta los niños).

Bueno, pero no dramaticemos tanto, porque al fin y al cabo Fòscolo tal vez mató, pero también salió corriendo cuando vio negro el asunto.

Dos conclusiones podemos sacar de todo esto. Una de ellas la dice San Pablo, en su primera carta a los Corintios, en el capítulo 13: “aunque conociera todos los secretos de la ciencia y todas las profecías, si no tengo amor no soy nada”. La otra la decía, o mejor dicho, la hacía mi padre, cuando yo le daba el coñazo a la tierna e inaguantable edad de catorce años: ponía cara de sueño, daba una cabezada y se dormía (o hacía que se dormía). Ante la poca atención que generaba mi estupidez, regresaba al camino de la cordura.

Consecuentemente, yo propondría dos respuestas a la cabezonería de los políticos:

Primera: exhortarle con caridad cristiana a tomar la senda del amor, como único remedio válido en materia de gobierno. Esto suele fallar, pero hay que intentarlo. Si como es previsible falla, recurriremos a la siguiente táctica.

Segunda: no hacerle ni puñetero caso y pensar bien el voto. Porque en el fondo, el gran delito del tarugo no es que amenace o asuste, sino que aburre soberanamente.

Como decían los Faraones: “que así se escriba y así se haga”.

politico¿Bajorrelieve de un político?

foscoloUgo Fòscolo

                          euclides                                    Euclides.

votamos¿Votamos o nos botan?

Francisco Hervás Maldonado, Coronel Médico en la reserva.

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