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Dos folclores encontrados

  • Escrito por Redacción

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Es de cobardes que independentistas y abertzales piten el himno de España. Sería más valiente que pagaran el precio de independizarse. Sería más valiente que no acudieran al estadio y que la final se jugara con las gradas desiertas. El mayor insulto es el que resuena en el silencio. Sería más elegante que los clubes expresaran su dignidad nacional no jugando la final la Copa del Rey, y su decisión sería escuchada y puesta en valor en el mundo libre.

Igualmente, y por el mismo motivo, sería más valiente que España no tolerara ofensas tan evidentes, sabidas y soeces a su dignidad institucional, y que suspendiera cualquier actividad que implicara un desaire tan barriobajero a su himno y a su rey. Silbar no es libertad de expresión. Silbar es mala educación, y un tipo de mala educación especialmente mezquino y despreciable, propio de tribus, de poblados, de masas amorfas y desestructuradas, y definitivamente alejado de la mínima higiene ciudadana y moral que tienen que exigirse los Estados modernos y civilizados.

Dos cobardías se dieron ayer cita en la final de Copa: la de los aficionados y la del Estado, en un folclore deprimentemente autonómico, en un ritual de tribu de tribus, estéril, donde nadie ganó nada, donde todos quedaron mal. La turba demostró lo vulgar que llega a ser cuando toma el protagonismo, y quedó una vez más acreditada la incapacidad del Estado por ejercer su autoridad, por defender la jerarquía en la que cualquier sociedad ha de basarse, y el folclore reivindicativo empató con un Estado folclorizado.

Que el fútbol sirviera de algo más durante el franquismo fue dulce y tierno, e incluso audaz, y brillante. Que el Barça continúe siendo la estrategia del independentismo con la democracia recuperada, y que un pueblo adulto fíe su suerte a los cánticos de estadio y a las manifestaciones callejeras de los días señalados, indica falta de madurez, pensamiento naíf, y un sistema político desestructurado, en el que cualquier populismo puede convertirse en el flautista de Hamelín, como en el ayuntamiento de Barcelona ha quedado demostrado.

El populismo siempre degenera, y si el Estado no usa su preponderancia como dique de contención contra la barbarie, la barbarie avanza, y lo que se convierte en normal en los campos de fútbol llega a ser normal en la calle y acaba colapsando, por inundación, las instituciones, hasta que ya no queda nadie para defenderlas.

Ayer Cataluña y España -Euskadi también, pero en menor medida-, empataron a inanidad, a zafiedad, a cobardía, y tal vez en esto consista el equilibrio autonómico, la eterna Escopeta Nacional revivida en una de sus metáforas menos elaboradas.

Cuando el catalanismo se pregunte por qué naufraga una y otra vez en sus aspiraciones políticas, que busque la respuesta en tanto hincha satisfecho con su silbato. Cuando España no entienda por qué todo se desparrama, y se le escapa de las manos, que trate de recordar la primera vez que lloró como mal menor lo que no se atrevió a defender como un Estado.

Por SALVADOR SOSTRES

EL MUNDO

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