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ERAN MILITARES

  • Escrito por Redacción

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Gandarillas le puso el nombre de la Patria a las familias que cuando su avión iba a estrellarse hacían las compras del sábado en el Fáctory

 SIENTO tener que empezar citando hoy también a Alberto García Reyes. Lo siento sobre todo por ti, Alberto querido. Vete aplicando la frase que me decía mi zapatera cuando me daban un premio: «Ea, pues ahora, hijo mío, unos poquitos de enemigos más». Pero en la escritura de periódicos pasa lo que decía Rafael el Gallo sobre el toreo: que el que tiene el duro es el que lo cambia. Y Alberto ha cambiado el duro de la realidad hacia el recuerdo: del triste accidente del A400M que cayó sobre la esperanza de la industria aeronáutica a la desgraciada catástrofe de aquella avioneta fletada por la revista «La Actualidad Española» que se estrelló sobre la gente que en la Autopista de San Pablo esperaba la caravana humanitaria de la Operación Clavel tras la riada del Tamarguillo. La avioneta de la Operación Clavel se estrelló contra algo tan sevillano como una bulla. Y recuerdo con horror lo que recordaba un entonces joven médico que aquel día estaba de guardia de puerta en el Hospital Central de las Cinco Llagas: que llegaban los heridos acarreados en motocarros. Y cadáveres decapitados. Aquel entonces joven médico se llamaba Eusebio León, padre de nuestro Eusebio León, el crítico gastronómico defensor de los camareros malajes en los bares sevillanos.

Ahora otro joven médico podía estar contando cómo llegaban carretadas de heridos a las urgencias del Hospital Macarena después que un Airbus militar en vuelo de pruebas se estrellara sobre el Fáctory del Aeropuerto, un sábado por la mañana, lleno de gente que buscaba gangas de verano en las tiendas de sus Outlets. Gracias a Dios, no ha sido así por dos cosas: por la Virgen que sale el Viernes Santo por la tarde en su Domus Aurea y tiene su capilla en Tablada, y por los pilotos que evitaron con su vida, nada menos que pagándolo con su vida, que un accidente se convirtiera en una tragedia.

Pilotos militares. Por supuesto. Al leer la inmolación de sus vidas en salvación de las ajenas del teniente coronel Gandarillas y del comandante Regueiro, me he acordado de otros militares: de los médicos y enfermeros de Sanidad de servicio en el cuartel general de la Fuerza Terrestre que salvaron la vida al chaval de la bicicleta que se empotró contra un todo terreno a las puertas de Capitanía y que con los vidrios del cristal trasero que atravesó con la cabeza se cortó la yugular. Aquellos sanitarios militares, estos pilotos del Ejército del Aire servidores de las «gloriosas alas de España» que cantan en su emocionante himno con letra de Pemán, tenían clarísimos unos valores que ya se han perdido en lo que llaman «la ciudadanía». Los enfermeros y médicos de Sanidad de Capitanía y estos heroicos pilotos de Aviación del Airbus hicieron lo que a un militar no hay que explicar: cumplir con su deber, aun a costa de la propia vida.

El teniente coronel Gandarillas y el comandante Regueiro cumplieron lo que un día juraron al besar la bandera de España: ofrecer la propia vida en defensa de la Patria. Gandarillas le puso el nombre de España, de la Patria a la que sirvió durante tantos años con tanta ilusión y entrega desde sus «gloriosas alas», a las familias que cuando su avión iba a estrellarse hacían las compras del sábado en el Fáctory. ¿Qué mejor defensa de la Patria que salvar la vida de centenares de españoles como hizo ofreciendo la suya? Se ha hablado de sangre fría. Yo hablo de algo más. De valores militares. De quien sirve a los demás como se respira, con toda naturalidad. De quien sabe obedecer y mantener la disciplina sin hacer preguntas. Yo hablo de todos los valores que estamos perdiendo en nuestra sociedad y que el Ejército de Tierra, el Ejército del Aire, la Armada y la Guardia Civil mantienen, guardan y velan y ofrecen cada día en silencio en el ara de la Patria del servicio cotidiano. Eran militares. Por supuesto. Tenían la sangre fría del valor. Servir aun a costa de la propia sangre. Con su vida han salvado muchas otras. Está más que demostrado que la muerte no es el final. Guiones y banderines de Tablada, de Morón, de San Pablo, del viejo Copero de los sevillanos voluntarios de Aviación: ¡honor y gloria al teniente coronel Gandarillas y al comandante Regueiro!

ANTONIO BURGOS

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