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Noticias Opinión

La Guardia Civil: Todo por la Humanidad

  • Escrito por Redacción

rafaelnarbona big

Articulo de opinión de Rafael Narbona, escritor y crítico literario, publicado en EL IMPARCIAL, el 4 de enero de 2015.

Cuando hace algo menos de un año, yo aún chapoteaba en el cieno del radicalismo político de izquierdas, con la mente envenenada por mitos, falacias y consignas, recibí un mensaje de Santos Damián Arias Perea, que me invitaba a contemplar las cosas desde otra perspectiva. Sin ira ni encono, Santos me recordaba el dolor de las víctimas de los movimientos presuntamente revolucionarios, que invocan la liberación de los pueblos, con medios tan deleznables como el coche bomba y el tiro en la nuca. En esos momentos, yo no sospechaba que Santos perteneciera al Servicio de Rescate e Intervención en Montaña de la Guardia Civil. Desde el principio, la conversación transcurrió en un clima de afabilidad y respeto mutuo. Salvo que la memoria me falle, no cambió el tono cuando me informó que pertenecía a la Benemérita. La prensa alude muchas veces a las sectas, pero no menciona que la izquierda radical funciona como esos grupos, donde no existe libertad para discrepar ni para matizar. Cometí el error de sincerarme con algunos “camaradas” –aclaro que nunca he militado en ningún partido político- y, de inmediato, me exigieron que interrumpiera cualquier forma de trato o comunicación. “¡Es el enemigo! –vociferaron, con una mezcla de rabia y desprecio-. ¡Y al enemigo ni agua!”. Cobardemente, seguí sus indicaciones, pues no quería soportar el linchamiento que se reserva a los traidores. Pasaron los meses y mi malestar crecía, pues los mitos de la izquierda radical –al igual que los de la ultraderecha- no soportan el contraste con la realidad. El Che no es un héroe, sino un criminal de guerra, que ejecutaba personalmente a los desertores, supuestos chivatos o simples adversarios. Su carrera homicida continuó en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, donde se fusiló sumariamente a un número indeterminado de personas. Algunas fuentes hablan de 2.000 víctimas. El caso de Cuba evidencia que el marxismo no es un pensamiento crítico orientado a la liberación de la humanidad, sino una ideología totalitaria que converge con el nacionalsocialismo en una visión apocalíptica de la historia, donde se reivindica la guerra como motor de progreso. El Gulag soviético no fue menos cruel que el Lager nazi. José Miguel Beñarán Ordeñana, “Argala”, no fue un “valiente gudari”, sino el responsable moral -y, en algunos casos, material- de 213 asesinatos, pues impulsó la creación de ETA Militar, fomentando la ruptura con el Frente Obrero y con los polis-milis, ya que su objetivo no era acabar con la dictadura, sino liberar a la mítica (e inexistente) Euskal Herria de la opresión francesa y española.

Avergonzado por haber suscrito un discurso abominable, hice un esfuerzo y en el verano de 2014 rompí públicamente con la izquierda radical, pidiendo perdón por mis errores. Sucedió lo que ya me temía. Durante meses, me llovieron insultos y amenazas en las redes sociales: “traidor”, “fascista”, “esbirro del capitalismo”. Evito al lector las incalificables groserías. Para cualquier forma de fanatismo, no hay nada peor que un “hereje” o un “traidor”. No quiero causar tedio con un incidente trivial, personal, pero sí quiero señalar algo que nunca debería olvidarse: la izquierda radical no es una izquierda democrática, sino una recua de salvajes, que sueña con el exterminio de sus adversarios. Si llegarán al poder, se reproduciría la Gran Purga ordenada por Stalin, que se cobró cerca de 700.000 vidas. No me parece menos importante destacar la humanidad de Santos Damián Arias Perea, que siempre se mostró respetuoso, cordial y dialogante, incluso cuando yo pensaba que Cuba era la realización histórica de la utopía marxista y el Che una especie de Jesucristo, con boina de comandante revolucionario. Santos ni siquiera perdió los nervios cuando le hablé de la supuesta opresión del País Vasco, donde presuntamente el Estado español actuaba como una potencia ocupante desde 1512, cuando Fernando el Católico intervino en el Reino de Navarra para protegerse de Francia, que nunca ocultó su deseo de apropiarse de Cataluña y Navarra. Perdí la relación con Damián, pero no me resigné a que nuestro contacto finalizara de una forma tan injusta y abrupta. Después de un breve viaje a Bilbao, regresé conmocionado, tras descubrir que muchos simpatizantes de la izquierda abertzale lamentaban el “abandono de la lucha armada”. Algunos afirmaban que se sentían “desamparados” porque “la organización ya no mataba”; otros, se reían abiertamente del dolor de las víctimas y evocaban con regocijo los atentados de ETA, asegurando que los terroristas habían protagonizado una gloriosa gesta de resistencia. En las herriko tabernas, aparecían los rostros o las siluetas de los “gudaris” que cumplían condenas de prisión. Por supuesto, no había ninguna foto de sus víctimas, pues las ideologías deshumanizan a los otros para justificar su eliminación física. En el almacén de una conocida editorial, un gigantesco retrato del sanguinario De Juana Chaos sonreía desde un pasillo central, como si fuera un héroe o un libertador. Descubrí que la izquierda abertzale no había rectificado ni pedido perdón. Simplemente, había cambiado de estrategia para ganar votos. En mayo se produjo el asesinato de Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León, y los internautas de la izquierda radical afirmaron que en España no había libertad de expresión, porque no se podía celebrar su muerte, con comentarios crueles y obscenos. Al margen de la valoración que podamos realizar de la gestión de un político, no hay argumentos éticos ni jurídicos para justificar la pérdida de una vida humana, especialmente cuando ésta se produce de forma cruenta. El 28 de agosto publiqué un artículo titulado “Por qué ya no soy de extrema izquierda”, repudiando mis textos políticos anteriores y pidiendo perdón a los que se hubieran sentido agraviados. Escribí a Santos, sin mucha esperanza de que me contestara, pero lo hizo de inmediato, con un espíritu conciliador y una exquisita amabilidad. Poco después, hablamos por teléfono y me habló de su trabajo en el Servicio de Rescate e Intervención en Montaña de la Guardia Civil. Desempeña su labor en el área de Granada y solo en 2014 se ha socorrido a 160 personas. En algunos casos, la intervención no ha podido evitar la muerte de los accidentados o extraviados. Santos me habló de Tchang, un cortometraje estrenado en 2010 que relata unos hechos reales verdaderamente asombrosos. En 2004, la Guardia Civil rescató a dos montañeros vascos en el Mulhacén, el pico más alto de la península ibérica. Ambos montañeros poseían antecedentes: uno había militado en ETA y otro había participado en la kale borroka. Gonzalo Visedo escribió y dirigió el guión, escogiendo como título el nombre del niño chino que aparece dos álbumes de Tintín: El loto azul (1932-1934) y Tintín en el Tíbet (1960). En su primer encuentro, Tintín salva a Tchang de morir ahogado. En el segundo, le rescata en el Himalaya, después de un accidente aéreo, que le ha costado la vida al resto de los pasajeros. En este caso, el papel de Tintín lo desempeñaron los agentes de la Guardia Civil que pasaron la noche con los montañeros en una cueva, soportando bajísimas temperaturas. Aún no he visto el cortometraje, pero supongo que en esas horas los montañeros vascos tal vez comprendieron que los guardias civiles no eran “esbirros”, sino seres humanos que se jugaban la vida por unos jóvenes heridos. Sin su heroica intervención, lo más probable es que los dos hubieran muerto. Es imposible no conmoverse con esta historia. Santos me preguntó si conocía al personaje de Tchang. Le contesté que había leído las aventuras de Tintín decenas, tal vez centenares de veces, emocionándome con cada página. Santos ha nacido en 1962; yo, en 1963. Somos de la misma generación y es probable que nuestras infancias hayan pasado por experiencias similares. Santos y yo aún no nos conocemos en persona, pero creo que simpatizaremos, pues cuando dos hombres se miran a los ojos y reconocen su humanidad, brotan la amistad y la fraternidad. El lema de la Guardia Civil es “Todo por la patria”, pero Santos me indicó que en su trabajo no se repara en la nacionalidad, raza, sexo, ideas o religión de los heridos o extraviados, afirmando que su lema más bien podría ser: “Todo por la humanidad”. No sé qué opinarán los mandos de la Benemérita de esta ligera variación, pero creo que Santos, con su sacrificio, abnegación y desbordante humanidad, encarna las mejores virtudes de una institución esencial en una España libre, moderna y democrática. Admiro a Francisco de Goya, pero creo que el Duelo a garrotazos ya no representa el espíritu de un país sin espacio para odios cainitas, sino con la necesidad de mirar al futuro con ilusión y concordia.

RAFAEL NARBONA

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