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"1980": Historia de una vergüenza colectiva

  • Escrito por Redacción

1980

A pesar de que en el anterior artículo anunciaba nuevas pruebas del adoctrinamiento, esta semana voy a hacer un inciso. Seguiré en las siguientes ediciones con el tema del lavado de cerebro de nuestros niños y jóvenes, y, por extensión a sus padres, que son llevados así al redil de la borregada nacionalista.

Esta semana no voy a escribir de otra borregada, cual es el balido colectivo de los votantes del 9-N, verdadera representación de la estupidez colectiva cuando la masa se convierte en rebaño, en esa expresión de la más estúpida ausencia del sentimiento del ridículo. Disertar sobre esta cuestión es una ofensa a la inteligencia de mis  lectores, a los que con toda seguridad no hay que demostrarles con la prueba del algodón que  esta nefanda excusa del “derecho a decidir” es más bien una cortina de humo para esconder una gestión calamitosa de los intereses de los ciudadanos catalanes, y una extensa alfombra para esconder los lagartos, las serpientes y los sapos de una corrupción de los dirigentes del sedicioso partido que les “gobierna” –más bien se dedican a malversar los dineros con los que se resolverían las  necesidades básicas de esa Comunidad-.

El pasado viernes estuve en la presentación de la película del admirable Iñaki Arteta, sobre el año en el que los caníbales de ETA asesinaron a más víctimas que en toda su asquerosa trayectoria criminal. “1980” es un documental de más de cien minutos de duración donde se cuenta lo sucedido en aquel año fatídico que abrió una década bajo el signo nacionalista con una población abducida por la congoja del miedo, con imágenes y testimonios que sobrecogen el corazón a las personas que tienen algún valor humano, sobre todo compasión.

Sin compasión el hombre se convierte en el lobo que Hobbes describió para justificar la necesidad del Derecho y los gobiernos, para asegurar la convivencia y escapar de la ley de la selva, del Estado de la naturaleza. Pero los seguidores de la banda asesina y quienes se han aprovechado de ella, eliminando la legitimidad de la ley nacida del pueblo soberano, carecen de esa cualidad por la cual las personas tenemos empatía y nos ponemos en el lugar del otro.

Ese año hubo un promedio de un atentado por cada tres días. Más de doscientos intentos de asesinato y ochenta  personas que terminaron su existencia en este mundo por el terrorismo como  método para laminar  cualquier atisbo de libertades.

A partir de ese año miles de profesores, empresarios y profesionales iniciaron una diáspora, mientras se aseguraba cínicamente que las puertas de la democracia se abrían, cuando en realidad era una tiranía mucho peor que la ejercida por el régimen anterior periclitado. Se llevó a cabo una caza sin cuartel contra el principal partido de Gobierno, la UCD, de tal manera que se produjeron asesinatos de varios de los dirigentes vascos de ese partido, haciendo una auténtica limpieza del centro-derecha y liquidando de facto el pluralismo político.

Fue el año del tiro al pichón contra las fuerzas de seguridad del Estado, que venían a una especie de matadero, con la vil excusa, asumida por la población vasca, de que “algo habrá hecho”.

Yo formaba parte de la masa silenciosa, y no me afectaban en exceso los asesinatos contra los servidores públicos de la Policía Nacional y la Guardia Civil. Lo reconozco con vergüenza. Pero yo no era el único. La absoluta mayoría de la población vasca se mostraba impasible cuando caían bajo las balas o las bombas, guardias civiles, policías o militares. Quien lo niegue es un cínico.

En ese sentido, la aceptación, unas veces por miedo y otras por auténtica complicidad con los terroristas, pone al tono moral de la sociedad vasca en una posición bastante comprometida y a la altura del barro. Los terroristas no hubieran triunfado en sus propósitos y hoy no tendríamos unos colectivos políticos que han venido justificando el terrorismo en trance de ser dominantes, si amplias capas de la población no hubieran sido conniventes. Y eso debe ser también motivo de reflexión para realizar un arrepentimiento y una catarsis colectiva que nos haga recuperar valores que son esenciales para una sociedad abierta, democrática y de progreso.

Tenemos la obligación moral de hacer memoria. Porque “La memoria” no debe ceñirse solamente a la Guerra Civil. El País Vasco sufrió un derramamiento de sangre inaudito e inaguantable en los años ochenta. Debemos hacer memoria, sí, pero no para poner en la misma balanza a los asesinados por ETA y las correspondientes acciones policiales, aún siendo extrañas al Estado de Derecho en algunos casos. Ambas cuestiones no son equiparables ni mucho menos están a la misma altura de vileza.

La película tiene una particularidad. Nos deja al descubierto algo que ya sabíamos, por ejemplo que los dirigentes del PNV no querían que desapareciera el terrorismo, y presionaron a ETA  político-militar para que continuara atentando, a fin de lograr conquistas en su estrategia de presión en la dirección del secesionismo y arrancar de un gobierno y un Estado débil, que luchaba denodadamente por llevar a buen puerto la transición democrática,  logros bajo el principio de que “el fin justifica los medios”.

Y en todo esto tuvo un protagonismo especial, y una colaboración rayana con  la complicidad delictiva,  un sector nada insignificante del clero que, olvidándose de su misión evangelizadora, sustituyó la casulla por la ikurriña, y la palabra de Cristo por la reivindicación nacionalista.

La película de Iñaki Arteta, es un relato desgarrador y escalofriante, que nos revuelve las tripas, que nos hace revisar nuestro tenebroso pasado y es un testimonio imprescindible para quienes busquen la verdad de los hechos de nuestro frustrado bautismo en la democracia.

Si hubiera gobernantes solventes en España este documental sería adquirido para repartirlo por los Institutos para que las nuevas generaciones conozcan la realidad de nuestra historia próxima, y se emitiría en las televisiones públicas. Pero lejos de ello, Iñaki Arteta se ha tenido que agenciar la manera de financiar esta iniciativa con la ayuda de particulares que han puesto su dinero para que este proyecto viera la luz.

Verán ustedes como no solamente los nacionalistas van a echar un tupido velo y van a ignorar este documental, también quienes dicen que defienden los intereses comunes de todos los españoles, pero, lejos de ello, en realidad se dedican a lo mismo que hacía el perro del hortelano, es decir, ni comer ni dejar comer.

ERNESTO LADRON DE GUEVARA

en LA TRIBUNA DEL PAIS VASCO

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