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Los cuerpos extraños

  • Escrito por Redacción

LORENZO-SILVA

Sucedió allá por 1844 y 1845. Por los caminos de España empezó a verse a unos tipos vestidos con uniforme azul (ése fue el color al principio) y tocados con un tricornio que tenían entre otras misiones acabar con la inseguridad endémica de nuestras rutas interiores.

Estaban éstas asoladas por partidas de bandidos, gentuza sin escrúpulos experta en agredir al prójimo y arrebatarle el fruto de su sudor. Rufianes a los que algunos literatos despistados, propios y ajenos, llamaron bandoleros y dieron un tinte romántico que dudosamente habría confirmado ninguna de sus víctimas, rara vez gente poderosa y bastante más a menudo campesinos inermes. Fue el caso que en ese empeño los guardias civiles (nombre que una reina niña les había dado, cuando le pusieron a la firma el real decreto que fundaba el cuerpo) se aplicaron a rastrear por dónde paraban los malhechores y quiénes los mandaban y favorecían. Y hete aquí que se encontraron con que no pocas partidas venían amparadas o dirigidas por caciques locales, en posesión muchos de ellos del bastón de alcalde, y que el Ayuntamiento servía como tapadera y hasta depósito de armas a quienes desvalijaban a sus conciudadanos.

Así empezó el baile que dura, tristemente, hasta anteayer; ese que junta como pareja a un guardia y a un alcalde al que el primero lleva detenido. Sabemos quiénes son los últimos: Collado Villalba, Valdemoro, Parla... Los primeros fueron, entre muchos otros, los de Malcocinado (Badajoz) y Pina (Castellón), con los que los beneméritos empezaron a dar testimonio de que al solar hispánico, hasta entonces tan propicio a la picardía y los abusos de un poder ducho en manejos criminales, había llegado alguien que no se casaba con nadie y que le plantaba cara.

Naturalmente, en los 170 años transcurridos desde entonces han pasado muchas cosas; no siempre los guardias fueron freno para los caciques y en no pocas ocasiones, de grado o manipulados, fueron su instrumento. Sin embargo, ese carácter de defensa a ultranza de la ley está en el ADN de la Guardia Civil desde sus primeros días, y se ha mantenido incluso en las épocas más oscuras, como los años finales del régimen de la Restauración, etapa plenamente caciquil, en la que sin embargo se dieron casos tan curiosos como el de los guardias desahuciados de la casa-cuartel propiedad de un cacique por detener al hijo de éste, prófugo del servicio militar, y llevarlo a rastras a la caja de reclutas para que cumpliera el deber que con la influencia y el poderío de su padre estaba convencido de poder eludir.

La redada de alcaldes de anteayer, frente a lo que piensan e incluso comentan algunos de memoria corta, no es ni mucho menos la primera, tampoco de esta última época de decepciones que nos está tocando vivir, y en la que una y otra vez los hombres y mujeres de verde han sido el ariete que ha echado abajo tinglados de latrocinio cobijados alevosamente en las casas consistoriales. Han exhibido además una saludable imparcialidad, como la que acredita la 'operación Púnica', yendo indistintamente a por los corruptos de los partidos en el gobierno y los partidos en la oposición, y en algunos lugares, como Cataluña, son poco menos que los únicos que llevan a cabo estas operaciones (de nuevo, contra ediles de todas las siglas) ante la escasa eficacia anticorrupción que (cifras cantan) está teniendo el cuerpo policial desplegado en todo el territorio catalán (y no porque carezca de agentes cualificados para acometer la tarea).

En estos días, comentando esta y otras jugadas con algún que otro portador de tricornio, me decía que estas operaciones, casi siempre detonadas por una información previa que se procesa policial y judicialmente, resultan cada vez más imparables por los políticos: ninguno se atreve a levantar el teléfono y hacer una llamada, porque saben que al otro lado no hay alguien proclive a dejar de hacer lo que tiene que hacer y la ley le impone, y acaso porque temen que si se filtra una injerencia de ese tipo, tal y como está el patio, puede ser letal para aquel que la protagonice.

Sin embargo, algunos siguen viviendo con estupor que estando en el poder haya policías que vayan a por los suyos. En su esquema mental, contaban con una policía dispuesta a actuar a la carta, esto es, con lenidad para los correligionarios de quien manda y encarnizamiento con la oposición. Que los guardias se salten ese cálculo y, siempre con el respaldo judicial, como no puede ser de otro modo, se arrojen como un panzer contra todos los delincuentes, sin pararse a distinguir el color con el que concurrieron a las elecciones, no deja de desconcertarles.

Hace unos meses publiqué una novela que se llama Los cuerpos extraños, en la que, entre otras cosas, se habla de estos asuntos. Incluso hay una macrorredada simultánea en varios ayuntamientos de distintos colores políticos cuyos titulares están implicados en una trama de corrupción y blanqueo. No me considero ningún visionario, simplemente conozco a quienes han echado muchas horas para poder hacer lo de anteayer y sé cómo y bajo qué parámetros trabajan. Y creo, cada día más, que es una buena noticia que existan, y que nos ayuden a desalojar a las garrapatas que entre nosotros están siempre prestas a adherirse al cuero de lo público para chuparnos la sangre y defraudar nuestra confianza. El título de la novela juega con la condición de esa chusma, malhadados cuerpos extraños en el tejido de las instituciones, sufragadas y sostenidas por la ciudadanía para velar por lo de todos, y no para que unos pocos se forren.

El título, sin embargo, encierra también una duda desasosegante. La expresa uno de los personajes, una curtida sargento de la Guardia Civil, que visto lo visto se pregunta quiénes son los cuerpos extraños en la sociedad española, si esos mangantes y timadores que proliferan por doquier, o ellos, los quijotes de verde que se la juegan, en ocasiones a título personal (que se lo pregunten a aquellos guardias desahuciados por el cacique, o a todos aquellos a quienes su celo no les valió ascensos ni medallas, precisamente), para poner coto a sus desmanes.

La respuesta a esa pregunta está, en buena medida, en nuestras manos. Yo quisiera creer que esta sociedad se merece poder pensar que los extraños y los anormales son los chorizos, y no quienes se fajan para combatirlos. Pero a veces, francamente, me cuesta. Tengo la sensación de que pasan los años y no acertamos a estar, como sociedad, a la altura de esos tipos raros que desde hace ya más de siglo y medio nos defienden.

LORENZO SILVA

El Mundo

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