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El sargento Z

  • Escrito por Redacción

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El hasta hace unos días responsable del Grupo de Homicidios de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid asegura que detrás de la resolución de los crímenes solo hay trabajo y el colmillo que se le afila de manera natural al investigador. Él lo ha tenido durante todos estos años.

Llama por sus nombres de pila a las mujeres y a las hijas de las víctimas de los crímenes que ha investigado en los últimos nueve años y por sus nombres y dos apellidos a los asesinos que ha detenido, como queriendo poner distancia con estos y acercarse a aquellas hasta a la hora de hablar. Tiene un recuerdo especial para Miriam, que estaba embarazada de cuatro meses cuando murió su marido, y para su hija, Carlota. La muerte de Francisco, el padre que nunca pudo conocer a su hija, es la que más ha obsesionado al sargento Z, que desde 2005 y hasta hace unos días ha sido el responsable del Grupo de Homicidios de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid. Y eso que Z está convencido de que la muerte de Francisco "no fue un homicidio. Alguien lo atropelló cuando montaba en bicicleta y por la razón que fuera no se atrevió a llamar a emergencias e intentó quemar su cadáver". Es uno de los pocos casos que Z y su equipo han dejado abiertos.

Z y su Grupo de Homicidios han resuelto en estos nueve años más de un centenar de crímenes, más del 90 por ciento de los ocurridos en demarcación de Guardia Civil, fuera de los grandes núcleos urbanos de Madrid. Z es la oveja verde de una familia de policías: hijo, hermano, sobrino y primo de componentes del cuerpo hermano, llegó a la Guardia Civil de rebote, porque quería ser militar. Una vez convertido en guardia, le picó el bicho de la investigación y se especializó en policía judicial. Estuvo varios años en la Unidad Central Operativa (UCO), dedicado a la lucha contra la droga y el crimen organizado, antes de aterrizar en 2005 en el Grupo de Homicidios de Madrid. Allí, en su despacho de Tres Cantos, encontró una buena plantilla, formada por veteranos de la investigación, caimanes con más levantamientos de cadáveres que muchos forenses de Madrid, y guardias más jóvenes con ganas de comerse el mundo resolviendo crímenes. Aquellos primeros años estuvieron marcados por los ajustes de cuentas, los asesinatos en los que "tan malos eran los muertos como los que mataban". De aquella época, Z y los suyos aprendieron mucho sobre el crimen colombiano y manejaban con soltura su lenguaje: "le pegaron una vuelta", decían al referirse a la víctima de un crimen.

Cuando le pregunto por su investigación favorita, se acuerda de una mínima gota de sangre que apareció en una escena del crimen y su colega de Criminalística se empeñó en procesar

Al sargento Z sus hombres le hablaron de la operación Pandilla, el crimen de Eva Blanco, una de las espinitas clavadas en lo más profundo de la Comandancia de Madrid. Z, como todos los que han estado en su puesto desde 1997, fecha del crimen, le echó imaginación y muchas horas de trabajo para dar con el asesino de la chica de Algete. Incluso llegó a pensar que lo tenía muy cerca, pero unos cuantos marcadores de ADN echaron por tierra el cierre de un caso de que apenas quedan tres años para que prescriba y ya nada se pueda hacer para que Eva y su familia –"Manolo, su padre", otra vez los nombres de pila para las víctimas– tengan justicia.

Z enumera los nombres de la operaciones resueltas: Garaje, Puzzle, Maceta, Cuneta... Y detrás de cada una de ellas una víctima, una familia y uno o más asesinos. "¿El peor?... Uno que fue absuelto, un mal bicho, y los Jodorovich, gente muy peligrosa". Cuando le pregunto por su investigación favorita, se acuerda de una mínima gota de sangre que apareció en una escena del crimen –el asesinato de una limpiadora de un gimnasio en Villalba– y su colega de Criminalística se empeñó en procesar porque estaba seguro de que la sangre era del asesino y así fue.

Para Z, en la resolución de crímenes no hay fórmulas magistrales. Solo trabajo y el colmillo que se le afila de manera natural al investigador de homicidios

Para Z, en la resolución de crímenes no hay fórmulas magistrales. Solo trabajo y el colmillo que se le afila de manera natural al investigador de homicidios: "estás acostumbrado a que te mientan continuamente y acabas aprendiendo a distinguir verdad de mentira". Siguen valiendo las viejas técnicas: "el poli bueno y el poli malo modificado y mejorado funciona". Y recuerda el caso de un tipo que intermedió para contratar a un sicario que acabó con la vida de un informático. "Estaba cerrado en banda, pero de repente vi que se fijaba en la marca de mi ropa, una marca de ropa táctica, muy empleada en el Ejército. Empezamos a hablar de armas, cree una afinidad personal con él y él llegó a pensar que era su amigo. Confesó todo con pelos y señales".

Hace unos días, el sargento Z cambió de destino. Podía haber elegido un puesto tranquilo, con poco trabajo y mucha burocracia. Pero ha optado por hacerse cargo de uno de los equipos de policía judicial con peor balance de España: muchos delitos, mucho trabajo y pocos resultados, que Z se propone mejorar. "¿Lo que echaré de menos? A los compañeros, sin duda. En los grupos de investigación se genera una hermandad única". Suerte, sargento.

Manuel Marlasca, LA PRINGUE

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