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Mano dura

alfonso merlos

Toda la dignidad que el Estado de Derecho pretenda entregarle de forma timorata al execrable Bolinaga será toda la que le arrebate de forma inhumana a las víctimas del terrorismo.
Deben ser conscientes políticos y jueces, empezando por los que tienen asiento en la Audiencia Nacional. En este tiempo de zozobra y ofensiva de la propaganda criminal, es básico recordar aquel precepto rotundo y atinado del mártir Gregorio Ordóñez: en una democracia, sólo los ciudadanos pueden transitar a plena luz del día por el medio de la calle; las ratas deben hacerlo por las alcantarillas.
 Es así. Lo dicta la Ley y lo impone la moral. Resulta vomitivo certificar cómo los palanganeros de los asesinos de ETA se echan al asfalto, pancarta y megáfono en mano, para regodearse en una historia de amenazas, chantajes, torturas, mutilaciones y muertes. Y es sencillamente descorazonador comprobar cómo lo hacen con total impunidad, hablando de un miserable que por lo visto se emociona de tanta «solidaridad» y que se refiere a un proceso «bien encarrilado».
Nadie pone aquí en cuestión que en una sociedad abierta, en caso de insuficiencia probatoria, se debe favorecer al reo. Es uno de los pilares centrales del Derecho Penal. Lo que aquí puede y debe denunciarse con estruendo y aplomo es que incluso cuando no hay duda del comportamiento de una mafia impía, las togas se arrastren ante las apetencias de los mafiosos.
 
Es en estos momentos cuando más fuerza adquiere el viejo aforismo del conservador Edmund Burke, según el cual para que el mal triunfe basta con que los hombres buenos no hagan nada. Los hombres de bien reclamamos hoy mano dura. O sea, que la Ley aplaste a estas alimañas y no les sirva nunca más de alfombra roja.
Alfonso Merlos

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