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Orgullo

patxi andionLa gente sabe que según como se quieran ver las cosas, terminan viéndose. Es decir: Si cualquiera se empeña en ver las cosas negras, estas se vuelven negruzcas. De la misma forma, hay gente que siempre ve las cosas en colores sean como sean. Optimistas irredentos. Es verdad que a veces, las cosas se empeñan en ser como no quisiéramos verlas y a pesar del empeño, se revelan con total crudeza y ahí, no tenemos más remedio que aceptarlas como son. Ya sabemos que el ser humano es capaz de usar su estado de ánimo para afrontar el reconocimiento de su entorno según su sentimiento y eso parece que le sirve, como todo, para bien y para mal. Para bien porque le quita muchos disgustos adelantados que terminan por serlo menos y que de otra forma se hubieran sublimado y por ello, sufrido de más. Para mal, porque cuando las cosas pintan bastos, no se quieren ver y cuando al fin llega el porrazo, muchas veces le coge desprevenido y el chichón puede ser mayor. De cualquier manera, la interpretación de las sensaciones externas sigue siendo un campo de investigación del que no se para de sacar resultados que desmienten premisas. O sea, como en todo.

Cuando alguien escucha a un padre, por ejemplo, decirle al hijo que acaba de ganar el premio en la escuela, eso tan manido de "estoy orgulloso de ti", no le parece un gesto de arrogancia, vanidad o exceso de estimación como señala el diccionario de la RAE, sino que se interpreta como un legítimo sentimiento de satisfacción, honra, dignidad, pundonor. Sin embargo rara vez somos tan desprendidos como para proyectar ese sentimiento fuera de la intimidad. Si acaso en la cuestión futbolera. En todo caso, nos cuesta proyectar ese sentimiento en las esferas más generales, donde la implicación personal se diluye ante el sentimiento más generalizado.

Vous êtes tres fiérs insistían mis amigos franceses al referirse al carácter español pleine de fierté. Siempre me chocó que nos vieran como gente orgullosa cuando siempre me pareció lo contrario, gente sin orgullo nacional, sin apego a las señas de identidad que en otros países son motivo de lucimiento público.

No me sorprende nada ahora que tras la final de la copa de SM de futbol, el europeo de lo mismo o los eventos amistosos previos a los juegos olímpicos, constatar que la gente de este país, no se sabe el himno de este país. Soy músico y cada vez que la gente corea con oees la música del himno de caballería, distingo los que se adelantan en sus pasajes y corean lo que no es. Me sorprende que no se mencione, pero no me sorprende que se obvie. El caso es que no se lo saben.

Puede que efectivamente no tengamos demasiados motivos de sano orgullo desde algunos cientos de años y puede que cuando algo es capaz de producírnoslo, es difícil que lo compartamos por igual. Hay demasiados países en este y nuestra proverbial individualidad lo atestigua. El caso es que fuera del futbol, el baloncesto, el tenis y quién sabe si la petanca, no se encuentran con facilidad motivos de orgullo de ser lo que somos y de hecho, cada caso de dopaje deportivo, de fraude fiscal, de enriquecimiento ilícito o de mirada a la curva de la evolución de la prima de riesgo, no se ven indicios de contribuir al orgullo patrio. Pero lo necesitamos, porque sin él, sin el compartido y asumido por todos, va a ser difícil salir de este agujero pestilente en que se ha convertido la vida, cada vez mas alcantarillada, y donde es más difícil verle los colores. Pero también necesitamos el antónimo del orgullo: La humildad.

Las curvas dejaron de ser felices y se volvieron agoreras. Julio

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