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El día de los ataúdes blancos

  • Escrito por Redacción

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Pasaban unos minutos de las 19.00 horas cuando el comando Barcelona activó el mando a distancia. Carlos Monteagudo, Juan Félix Erezuma y Juan José Zubieta lo tenían todo perfectamente estudiado.

Dejaron caer por una calle en cuesta un coche cargado con una docena de bombonas con una veintena de kilos de amonal cada una. El vehículo impactó contra la casa cuartel de la Guardia Civil en Vic. Y se desató el infierno.

Caos, sangre, fuego, humo, miedo... Yo lo vi. Estuve cubriendo el atentado, mi primer atentado, el que nunca se olvida. Fueron horas y horas de angustia. Porque allí estaban las familias de los guardias civiles, eran sus viviendas, estaban sus hijos, estaban los amigos de sus hijos. «Y encima tuvimos suerte», recuerda una de las ocupantes de la casa que quedó destruida. Aquel día se celebraba un homenaje al ciclista local Melchor Mauri al que acudieron numerosos agentes para dar cobertura al evento. «Si lo hacen un día antes o después...», rememora aún con tensión una de las personas que sobrevivieron a aquel dantesco 29 de mayo de 1991, hace ahora 25 años.

Pero lo que vi no me lo tuvieron que contar. Eran imágenes de guerra, de las que ves en las pelis, de lo que imaginas que provoca el impacto de un obús. Era un edificio desgajado por completo. Se veían las habitaciones, las cocinas... Los servicios de rescate bajando con extrema dificultad a los heridos... Era un despliegue de recursos humanos para tratar de localizar a todas las víctimas sin precedentes en esa tranquila localidad catalana... Aquel día fue infierno de dolor y muerte. El humo y el olor, lo que siempre queda en la memoria. Allí llegamos muchos para cubrir la matanza. Y fuimos dando los nombres de las víctimas, como el guardia civil Juan Chincoa (31 años) y su mujer Nuria Ribó (26 años). Su hija, de entonces dos años, quedó herida... y sola. O Francisco Cipriano, de 17 años, que murió cuando estaba estudiando en su vivienda de la casa cuartel. O Ana Cristina, que tenía 10 años y estaba jugando en el patio de las instalaciones del Instituto Armado. A su hermana Isabel, de siete años, tuvieron que amputarle una pierna.

María Pilar Quesada contaba con ocho años de vida cuando ETA le interrumpió sus juegos con sus amigas en la casa cuartel. El domingo siguiente iba a celebrar su primera comunión. Rosa María Rosa era otra de las niñas que estaba jugando en el patio cuando el comando activó la bomba. Tenía 14 años. Vanessa Ruiz, de 11 años, estaba junto a sus tres hermanos. Hasta pasadas las 23.00 horas (más de cinco después de que estallara el coche bomba) su cuerpo no fue localizado y recuperado.

Allí estábamos los periodistas, observando los trabajos de desescombro, que se realizan despacio, buscando con delicadeza. Sabían que las posibilidades de encontrar a alguien con vida eran prácticamente nulas. Pero se quería trabajar con respeto, mucho respeto por los que aún estaban bajo las piedras. El guardia Juan Salas no fue de los que acudió al homenaje a Mauri y también perdió la vida junto a su suegra, Maudilia Duque.

La bomba no provocó únicamente un terremoto en la casa cuartel. Al día siguiente, en la catedral de Vic, se dieron cita representantes de todos los partidos e instituciones, nacionales y autonómicos. Allí estuvieron los ministros del Interior, José Luis Corcuera, y de Defensa, Julián García Vargas. Junto a ellos, los entonces presidentes autonómicos de Cataluña, Jordi Pujol, y del País Vasco, José Antonio Ardanza. Pero sobre todo, una multitud de catalanes que quisieron arropar a las víctimas y que no podían contener su emoción cuando uno tras otro veían salir los féretros, abriendo el desfile los cinco ataúdes blancos que provocaron una atmósfera de dolor irrespirable.

Fue en aquel momento cuando Corcuera anunció que la Policía había detectado a los integrantes de la matanza en la localidad. Dos de ellos, Monteagudo y Erezuma, murieron en el enfrentamiento con los agentes antiterroristas. El tercero, Zubieta, fue detenido y encarcelado. En noviembre de 2013 abandonó la prisión tras cumplir 22 años de pena. Fue uno de los favorecidos por la derogación de la doctrina Parot. Había sido condenado a 1.311 años. Ahora, el malestar de estas víctimas es enorme cuando contemplan las visitas de Arnaldo Otegi al Parlamento catalán. «Sólo les faltó ponerle bajo palio», apunta una de esas víctimas.

Por FERNANDO LÁZARO
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