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Honor y miseria

  • Escrito por Redacción

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Los agentes de la Guardia Civil que han detenido a Mario Conde representan lo mejor de España. El exbanquero, lo peor.

Los agentes de la UCO que han detenido a Mario Conde representan lo mejor de esta España envenenada de podredumbre y postrada. El exbanquero-presidiario encarna todo lo peor. Ellos forman parte de un Cuerpo que tiene por divisa el honor y entiende el significado último de ese concepto en desuso. Él fue en su día el emblema de la «cultura del pelotazo»: el desprecio absoluto al esfuerzo, la constancia y la decencia, sustituidos de un plumazo por el culto a la especulación aliada a la falta de escrúpulos.

Después cayó víctima de su exceso de codicia, con el agravante de fingirse víctima de una supuesta conspiración del «sistema» cuando en realidad ese sistema se mostraba muy generoso poniendo un precio barato, de apenas cinco años de cárcel, a una estafa que arruinó a millares de ahorradores. Y ahora vemos que, lejos de arrepentirse, seguía empeñado en burlarse de nosotros blanqueando (presuntamente) con sofisticada ingeniería el fruto de su rapiña. Un propósito que habría alcanzado si la Guardia Civil no lo hubiese impedido, como antes había hecho en el caso de los ERE andaluces o el «pitufeo» valenciano.

España siempre ha retribuido con mayor generosidad al pícaro que al honrado. Recién cumplidos los 45, Conde presumía de una fortuna estimada en 40.000 millones de pesetas (250 millones de euros actuales) conseguidos básicamente en una única operación saldada con beneficios astronómicos. A esa misma edad, un teniente coronel de la Guardia Civil con titulación superior, mando en plaza y más de veinte años de servicios, gana unos 3.000 euros netos al mes.

Sus subordinados, bastante menos. Lo que no les ha impedido pasarse cerca de dos años desenredando pacientemente la madeja liada por el financiero a fin de repatriar su botín, hasta conseguir las pruebas necesarias para permitir a la Justicia actuar. Ellos no cobran «complementos» en función de las cantidades recuperadas, como hacen los inspectores de la Agencia Tributaria mediante un complejo sistema de «incentivos» que termina incentivando las actuaciones fáciles y rápidas en detrimento de los grandes fraudes. Ellos cumplen con su deber a cambio de una retribución modesta, especialmente en relación con la altísima responsabilidad que asumen. Y, pese a ello, no se conoce un solo caso de corrupción económica que afecte a miembros de la Benemérita, ya que su exdirector, Luis Roldán, era civil, político y socialista. El Honor es su divisa. Honor, escrito con mayúscula.

En octubre de 1993 entrevisté a un Mario Conde en el cénit de su gloria para este mismo periódico. El titular entrecomillado de esa entrevista resulta revelador a la luz de lo acaecido: «A mí, ganar dinero no me parece inmoral». La última de sus respuestas, trágicamente profética: «Si yo tuviera la sospecha, que no tengo, de que mis hijos pretendían vivir de las rentas de lo que he hecho yo, tomaría disposiciones para que no sucediera». Han pasado 23 años y los hijos del hombre arrogante que me recibió en su regio despacho de Banesto han acabado en el calabozo, junto con él, por prestarse a servir de peones en las turbias maniobras de su padre. Maniobras no solo ilegales, digamos que presuntamente, sino por supuesto inmorales.

Tan inmorales como las lecciones de ética política que no ha dejado de impartir mientras blanqueaba, repitamos que presuntamente. Tan indecentes como las recetas que preconizaba en ese octubre de 1993, cómodamente instalado en su sillón, al quejarse de «las insostenibles alzas de salarios».

Mario Conde es el paradigma del veneno que nos ha corroído el alma. La Guardia Civil y su gente simbolizan lo mejor de España.

ISABEL SAN SEBASTIÁN – ABC – 14/04/16

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