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Ni piedad ni verdad

  • Escrito por Redacción

Mpagaza12

Desde EL MUNDO, Maite Pagazaurtundua, hermana de Joseba Pagazaurtundúa, asesinado por ETA en 2003, pone en su sitio a Otegi y su liderazgo en la izquierda abertzale, os dejamos su articulo completo, publicado en el diario EL MUNDO el pasado día 4 de marzo.

Todo no vale. ¿Qué memoria reabre Arnaldo Otegi con su arrogancia y su falta de verdad en quienes fueron destrozados por tener unas ideas distintas a las suyas?

Despierta la memoria de las amenazas de muerte, de las cartas anónimas, del casquillo en el sobre. Vuelven a atronar los gritos de odio pidiendo nuestra muerte, jaleados por sus jefes políticos. Retornan los velatorios de los amigos asesinados. Regresa el eco de cada verano sin un padre reflejado en los ojos tristes de sus huérfanos. De los coches quemados de los hijos de los concejales no nacionalistas, de las casas quemadas, de nuestros hijos asustados cuando salíamos de casa porque no sabían si nos volverían a ver con vida.

Si Arnaldo Otegi hubiera reflexionado sobre todo el mal que causó -promovió o permitió- habría aprovechado su primer minuto fuera de la cárcel para condenar la historia de la organización que ha coaccionado durante décadas a la sociedad vasca.

Un hecho. Hace un año los colegas políticos de Otegi negaron que cumplieran órdenes de ETA al reconstruir la cúpula de la formación ilegalizada entre 2005 y 2009. Pues bien, hace un mes reconocieron ante la Fiscalía haber actuado de forma subordinada a ETA. La subordinación de las diferentes siglas políticas del entorno de ETA a ETA ha sido probada en diversas ocasiones, pero hace un mes lo confesaron. Otegi fue condenado con pruebas, por su relación con la organización terrorista.

Otegi y gente como él controlaron a las buenas y a las malas una parte de los pueblos de la Comunidad Autónoma Vasca y de la Comunidad Foral de Navarra durante décadas. Su mundo utilizó la violencia para el control social, por su juego político de poder. Expulsaron, extorsionaron, atemorizaron y asesinaron. Generaron una cultura del odio hacia los no nacionalistas. Y las víctimas de la estrategia de coacción totalitaria fueron estigmatizadas durante décadas, lo cual resulta de una crueldad insoportable.

Muchos deseamos cerrar heridas, completar duelos, pero resulta imposible sobre el cinismo de los responsables de tanta atrocidad.

Es bueno que los políticos que se valían de la estrategia de coacción y asesinatos decidieran dejar de utilizarla, pero establecer una estrategia política para sacar rédito de dejar de matar resulta poco decente, porque una vez más, sus intereses se plantean por encima de los seres humanos que han golpeado y las familias que han destrozado. Lo decente habría sido condenar hoy y retirarse de la política.

No es aceptable la política a cualquier precio porque la comprensión moral de la misma como proceso, más que como resultado, es la clave de la concordancia entre ética y política. Si esto no se da, si aceptamos por banalidad, por interés, por ignorancia que el fin justifica los medios... los trileros, los embaucadores, los corruptos, los demagogos artistas en la propaganda tendrán barra libre para degradar un espacio político siempre erosionable.

Otro hecho. Mucha gente de buena voluntad indica a las víctimas del terrorismo que deben olvidar, que deben pasar página, que sus seres queridos no van a regresar. Esas mismas personas de buena voluntad deberían indicar a los responsables políticos de tanto espanto que dejen paso a otros que no estén manchados en una estrategia llena de atrocidad. Que se jubilen después de afrontar su responsabilidad política y de condenar el pasado porque no hay una forma de corrupción más grave que la de haber jugado al juego del crimen para conseguir resultados políticos.

Ya arrastramos dosis de impunidad muy elevadas. Si le añadimos la idealización de personajes sin escrúpulos como Otegi no tardará mucho en aparecer una nueva perversión en forma de chantaje moral a las víctimas. Una fórmula del tipo «reconcíliate como te diga Otegi o te estigmatizaremos».

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