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La bronca

  • Escrito por Redacción

david-gistau

Hace algunos días, en una televisión, tuvo lugar un interesante choque generacional entre dos socialistas, Corcuera, que me sigue recordando mucho a Javier Clemente, y un cierto Sotillos, al que supongo hijo de Sotillos, ignoro si padre también de más Sotillos.

Corcuera volcó sobre Sotillos una ira tremenda, inflamada además por el desprecio de clase al burguesito que juega a redentor de los menesterosos y a descamisado y que se ha perdido por unos años la posibilidad de hacer turismo utópico en la selva Lacandona: «¡Qué coño vas a ser tú de izquierdas, si has sido burgués toda tu vida!». Me encantaría meter a Corcuera en un té con pastas de la «gauche-divine», de izquierdistas con sentimiento de culpa por los golpes que la vida no les dio. Seguro que se pondría a perseguirlos a todos para azotarles el culo con una toalla mojada. Adoro a estos hombres metalúrgicos, salidos de una forja. Entiendo que se irriten.

Más allá de lo divertido que siempre resulta contemplar cómo un veterano apaliza a un petimetre («petit maître»), la bronca fue reveladora porque Sotillos pertenece a esta generación de socialistas recientes, livianos, con las apreturas discursivas del tuiter, productos mentales del resentimiento social provocado por la crisis, cuya militancia es porosa e intercambiable con la de Podemos. Talegón es otro ejemplo, por más que en ella la decadencia autoparódica sea ya irreversible. El enojo de Corcuera con estos hijos fallidos del PSOE es lógico, no sólo por la sensación de frustración que ha de causar el legado destruido, sino porque su indigencia intelectual y sus devaneos revolucionarios son los que han contribuido a hacer de la socialdemocracia un artefacto indistinguible de los populismos de extrema izquierda de influencia leninista. Si estos chicos no entienden la diferencia, cómo van a explicarla a los votantes. Cómo, si no parecen haberse enterado de que el hito fundacional de este PSOE que se convirtió en un actor de poder homologable con las democracias liberales europeas fue precisamente la extirpación del marxismo a que lo sometió la generación felipista.

Con el PSOE diluido en esa abstracción de la casa común de la izquierda, con su militancia joven intercambiable con la de Podemos, es normal que circule la especie de que sólo los referendos soberanistas impiden la fusión con un magma marxista y demagógico antagónico con la socialdemocracia europea cuando ésta sabe qué es. El resultado hace al PSOE un partido más flexible para gobernar con Podemos. Pero, a largo plazo, lo vacía de personalidad y principios propios, lo destruye, lo anula como opción de izquierda a la verborrea revolucionaria de un partido que anhela la destrucción de ese ciclo del 78 que los socialistas tanto hicieron por construir. Comprendo el disgusto de la vieja guardia, así como el enojo que supuran cuando les ponen delante a uno de estos aprendices de brujo que van a salvarnos a todos, pero no se enteraron ni de Suresnes.

David Gistau - Lluvia ácida

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