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De solsticios, navidades y pedanterías totalitarias

  • Escrito por Redacción

ADA-COLAU

La ultraizquierda contemporánea está apuntando de manera directa contra la identidad popular real para construir, si quiera sea en la letra de los boletines oficiales, una identidad nueva.

 Ada Colau quiere cambiar la Navidad por el “solsticio” del mismo modo que Carmena quiere hacerla “multicultural”. Cualquier cosa menos hablar de la Navidad propiamente dicha, que en la mentalidad de esta gente es algo reaccionario e, incluso, franquista.

Un rasgo típico de la mentalidad totalitaria es pensar que el poder, por ser tal, está legitimado para cambiar a su antojo absolutamente todos los planos de la vida social. En las sociedades occidentales actuales, donde el poder descansa cada vez más sobre estructuras anónimas e instancias económicas y técnicas, las posibilidades del poder político para modificar las condiciones materiales de existencia han quedado muy limitadas. Por el contrario, el poder tiene campo libre para meterse en el alma de las personas (en el “imaginario colectivo”, si se prefiere esta expresión) y tratar de reconstruirla según sus propias convicciones o conveniencias. Quizá por eso la ultraizquierda contemporánea está apuntando de manera tan directa contra la identidad popular real para construir, si quiera sea en la letra de los boletines oficiales, una identidad nueva.

La polémica del solsticio

En esta carrera contra la identidad popular real, la palma se la ha llevado este año la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, con su ocurrencia de proponer como objeto de celebración el “solsticio de invierno”. La interpretación de la Navidad como “solsticio de invierno” es una pedantería decimonónica que surgió en el ámbito del nacionalismo “völkisch” alemán. Se trataba de reconstruir la singularidad identitaria germánica frente al peso de lo “romano”. La iniciativa nunca fue mayoritaria, pero pasó al acervo folclórico del nacionalismo y conoció un cierto apogeo durante el nazismo, que lo incorporó a sus liturgias populares. El movimiento “völkisch” fue una rama del nazismo y, si bien nunca tuvo un peso político real, sin embargo sí ejerció una cierta influencia en el intento –típicamente totalitario- de reconstruir la cultura social y la vida cotidiana de la gente. El régimen, no obstante, constató que le resultaba más práctico nacionalizar la religiosidad popular a través de la Iglesia Evangélica (luterana), que no opuso gran resistencia a la iniciativa. Algo semejante ocurrió en la Unión Soviética, donde el régimen trató de sustituir la Navidad por la fiesta revolucionaria del Año Nuevo, con éxito muy limitado.

Hemos dicho que eso del “solsticio” germánico es una pedantería por dos razones. En primer lugar, porque la celebración del nacimiento del “sol invicto”, es decir, del ciclo cósmico a partir del cual los días comienzan a ser más largos, no es algo específicamente germánico, sino que se daba en todos los pueblos del crisol indoeuropeo, desde el “Yule” céltico y el “Jul” escandinavo hasta las “saturnalias” romanas. En segundo lugar, porque todos los estudiosos coinciden en que la celebración no se vinculaba tanto a la observación astronómica como al ciclo agrario, de manera que esa interpretación como “solsticio” es algo muy típicamente moderno. A partir de la extensión del cristianismo en Europa, estas fiestas, por su contenido simbólico de renacimiento, fueron asimiladas a la Natividad de Jesús, y en condición de tales pasaron a convertirse en un rasgo mayor de la identidad cultural europea. Lo hicieron, por cierto, en un maridaje nada disimulado entre el viejo paganismo y el nuevo culto. De hecho, si sabemos algo sobre los viejos ritos es porque el cristianismo los integró sin grandes problemas. Y en esto llevamos los europeos más de mil quinientos años, que tampoco es un abolengo desdeñable.

¿Tiene sentido celebrar hoy el “solsticio”? La verdad es que, en el terreno de los hechos, la sociedad de consumo ha sido mucho más eficaz que el nacionalismo o el comunismo a la hora de destruir el sentido religioso tradicional de la Navidad. En esto, como en tantas otras cosas, el capitalismo ha sido un eficiente aliado del nihilismo. Deshecho el sentido religioso de la Navidad, cualquier cosa cabe: el solsticio de Colau, la multiculturalidad de Carmena o mañana, por qué no, la Solemne Fiesta Municipal de los Barómetros Descendentes. Con todo, no deja de ser una pedantería, a estas alturas, consagrar una fiesta a un acontecimiento astronómico. Desde que conocemos el movimiento del sistema solar, los solsticios han perdido mucho interés y son algo así como los cumpleaños a partir de los 40: ya sabemos que pasan todos los años y cada vez hay menos razones para alegrarse.

¿Cree realmente Ada Colau en la simbología mágica del solsticio? Cuesta imaginar a la alcaldesa entrando en trance a partir del 20 de diciembre y, así concentrada, venerar el renacimiento simbólico del sol. No, se trata de otra cosa: se trata de eliminar la identidad tradicional de verdad, la que la gente del común comparte, aun bajo formas trivializadas, y arrasar el campo para construir una identidad artificial de nuevo cuño. En esto, como en otras cosas, la herencia cristiana es un obstáculo para el poder. Por eso hay que extirparla. Estamos ante un proyecto totalitario. Por más que se trate de un totalitarismo “soft”.

Hace falta ser muy petulante, y muy poco sabio, para creer que uno tiene derecho a cambiar unos rasgos identitarios que se remontan a más de mil años. Pero el totalitarismo “soft” de nuestra ultraizquierda nunca se ha distinguido ni por su modestia ni por su sabiduría. Lo más lamentable es constatar cuánta gente interpreta como “progreso” esta petulancia maligna.

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