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'Ser es ser memoria'

  • Escrito por Redacción

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La cuestión, por resumirlo mucho, es el futuro. Hace 35 años que las gaitas (las del Principado) y sus contrarios (las de la quimérica "República de Asturias". Eso se leía) suenan en la Plaza de la Escandalera en honor de los Premios Princesa de Asturias (antes del Príncipe).

Y, quién sabe si por el encanto irresistible de los números redondos, el caso es que todos los premiados que hablaron en la ceremonia que se celebró ayer en el teatro Campoamor, lo hicieron de la forma cómo el presente se construye desde el pasado. Y todo para imaginarse un futuro con sentido. Si se marean entre tanto viaje en el tiempo, no me culpen. Quizá se trate simplemente de rendir homenaje a Regreso al futuro. Otro más. Eso o que, dadas las circunstancias, es lo que toca.

"Ser es, esencialmente, ser memoria", dijo el Rey haciendo suyas las palabras de Emilio Lledó, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Uno y otro, a su manera, no hacían sino reimaginar esa otra fórmula que insiste en que "el pasado no pasa nunca; ni siquiera es pasado. El pasado es sólo una dimensión del presente". Ésta, de Faulkner. Coppola, por empezar por el más grande (en el más amplio de los sentidos), recordó que hace 50 años ganó la Concha de Oro con Llueve sobre mi corazón aquí, en España. Entonces, el Premio de las Artes no era ni la sombra de Coppola, pero apuntaba maneras.

Su discurso habló de lo que era Hollywood antes, cuando él lo conoció; cuando se debatía entre la influencia de grandes nombres de dentro (Wyler, Hitchcock, Wilder o Vidor), y la llegada iluminada de otros de fuera (Bergman, Kurosawa, Fellini, Rossellini o Buñuel). La idea era, ya se ha dicho, recordar lo que fue aquello para mirar a lo que será esto (o eso). "Ahora, el cine, con poco más de cien años de historia, está cambiando en direcciones que aún no se han revelado del todo ante nosotros, pero con las que deseamos experimentar. Seguimos siendo pioneros del cine mientras empujamos hacia adelante", dijo y acto seguido describió un presente confuso en el que el "cine en directo" convive con el "cine en red" y hasta con "la realidad virtual". Sea cada asunto citado lo que sea.

Lo que Coppola quería decir, y dijo, es que el arte siempre es duda, interrogación y fiebre. Pero ahora más. El cine se encuentra "atado en este momento por las cadenas del mercantilismo, controlado y neutralizado en el nombre de los beneficios exentos de riesgo". Y dicho esto, exigió para él y para los que son como él el papel, primero, de Prometeo en pelea contra esos dioses pérfidos y, luego, del escudero Sancho Panza, que no el del Quijote. La cintura, tal vez, obliga. Cómo él, el cineasta no duda en ser "manteado y azotado por los extraños oponentes" con los que su amo sigue enredándose. Y todo por llegar con sentido a, de nuevo, el futuro.

Y de ahí, con idéntica pasión, no se movió nadie. Leonardo Padura, el más emotivo, recorrió su vida entera en apenas unos folios. Desde el barrio cubano de Mantilla, el Premio de las Letras reivindicó sus dos patrias: "Cuba y mi lengua". Luego acabaría por hacer suya una tercera: "Mi trabajo". La idea de su intervención fue agradecer calurosa y enfebrecidamente casi todo; dar las gracias por todo y hasta llorar de gratitud por todo. Y aquí caben su editora, España, su mujer... Todos relacionados con cosas tales como "la fraternidad, la solidaridad y el humanismo". Sin duda, tres bonitas piedras desde las que levantar, en efecto, un futuro entero.

Emilio Lledó no quiso quedarse atrás. Su alocución fue la más larga, la más intensa, la más doctoral. Y pese a ello, igual de apasionada. Habló de las humanidades, "fruto de un largo proceso cultural" y, ya puestos, advirtió sobre su urgente necesidad. Ahora más que nunca. "Las humanidades se aprenden, se comunican. Las necesitamos para hacernos quienes somos, para saber qué somos y, sobre todo, para no cegarnos en lo que queremos, en lo que debemos ser". Y así hasta dibujar en apenas unas líneas leídas con la voz acosada la clave, a su juicio, de lo que es preciso defender: "Ese anhelo de superación, de cultura, es, tal vez, la empresa más necesaria en una colectividad... En ella, en esa educación de la libertad, alienta el futuro, el de la verdad, el de la lucha por la igualdad, por la justicia, por la inteligencia". Y le creemos. ¿Cómo no hacerlo? De nuevo, el futuro depende de ello.

Por supuesto, Esther Duflo, Premio de Ciencias Sociales, también habló de lo que tocaba hablar. Para ella, sin embargo, todo es más urgente. No se trata de construir un nuevo lenguaje para el cine; ni de rescatar el estudio de la humanidades de la vulgaridad de lo cotidiano; ni siquiera de soñar una literatura tan cubana, tan del barrio de Mantilla, que acabe por resultar universal. No, ahora la idea es acabar con la pobreza. A ello dedica todos sus esfuerzos la economista francesa. Y hacerlo ya. "El problema de la pobreza no se va a resolver de inmediato. Pero si así lo aceptamos, tenemos todo el tiempo por delante", dijo tan enigmática como clarividente. Hablaba, huelga decirlo, del futuro.

Cuando tomó la palabra el Rey estaba claro de qué iba la tarde. "Pero si ser es, esencialmente, ser memoria, yo quiero afirmar aquí que ser es también ser futuro; ser es también querer construir el mejor futuro para todos desde los cimientos sólidos de la obra que, juntos, hemos edificado". Tocaba ahora hablar de "los muros emocionales", de Cataluña, de política. También. La política, sin duda, es presente, pasado y, lo han adivinado, futuro. Pues eso.

  • LUIS MARTÍNEZ
  • Oviedo

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