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CÉSAR

  • Escrito por Redacción

gabriel albiac

Se llevó en un pen-drive su archivo del infierno. El de Assad. El de sus enemigos de Estado Islámico, ni siquiera lo conocemos

La Fiscalía francesa abrió anteayer procedimiento contra Bashir Al Assad. Por crímenes contra la Humanidad. No soy ingenuo. Sé que esos crímenes llevan años cometiéndose: tantos cuantos Bashir Al Assad lleva presidiendo Siria. Y muchos más, desde que su padre tomó el poder, en 1971, e implantó el modelo sobre el cual fue creado su partido Baaz en los años cuarenta: sección árabe del nacional-socialismo. Nada de lo que, desde entonces, ha sucedido en Siria resulta extraño o imprevisto. Hitler fue el reivindicado maestro del Baaz de los Assad: han tenido cuarenta años para consumarlo. Y todo, desde la necesidad de exterminar a los judíos hasta la aniquilación de cualquier tipo de oposición política o religiosa, estaba germinalmente en la doctrina del partido.

Ni Bashir ni su padre se apartaron un milímetro de esa doctrina. La hicieron, eso sí, más funcional, adaptándola a las correlaciones internacionales. El Baaz nazi no tuvo el menor inconveniente en ser aliado de los soviéticos durante la guerra fría. Ni de buscar el paraguas americano cuando era lo más seguro. Ni de cobijarse, finalmente, en la fraternidad chiita de los clérigos iraníes. En Siria se torturó y se asesinó en masa, al abrigo de todos esos aliados. Se tortura ahora y se asesina en masa, al abrigo del pánico internacional ante la irrupción de una versión más salvaje de la misma barbarie: Estado Islámico, variedad suní e ilimitadamente exterminadora de un idéntico desprecio confesional hacia todos los distintos, hacia todos aquellos que, por no ser del todo humanos, son dignos de un tratamiento que dolería ejercer sobre las bestias.

No soy ingenuo. Sé que el «humanitarismo» europeo –y el francés en particular– creó en Libia la peor de las hipótesis geopolíticas imaginables: el paso de una brutal dictadura a una aún más brutal matanza tribal sin Estado. Pero eso no debe cegarme ahora. La Fiscalía francesa opera sobre un material escalofriante. Que, antes de llegar a las instancias judiciales de París, estuvo en manos de la ONU: el «dosier César» (http://static.guim.co.uk/ni/1390226674736/syria-report-execution-tort.pdf).

Quienes lo manejaron en su totalidad hablan de imágenes no vistas desde Auschwitz. Las menos crudas, ésas pocas que ha dado a ver la prensa en estas semanas, son sencillamente insoportables: ojos arrancados, cuerpos desollados, amputaciones diversas, hombres reducidos a esqueleto antes de morir por hambre... Cientos. Cientos.

César es, por supuesto, un seudónimo. Que oculta a un personaje más allá de lo que la literatura trágica hubiera imaginado. Un fotógrafo forense. Especializado en accidentes y crímenes. Que un día de 2011 fue captado por la policía política de Assad para crear su archivo. Su oficio consistía en ir fotografiando las distintas fases de la tortura y la muerte. Después, en las grandes matanzas, dejar constancia gráfica de la eficacia del Ejército. Espejo silencioso de un régimen que cultiva la burocracia del horror como instrumento indispensable para que todos sepan lo que habrá de suceder a aquel que oponga cualquier resistencia al déspota. Lo que habrá de sucederle a él y a toda su familia. Y a todos sus amigos. Y a todos cuantos pudieran tener una relación, aun lejana, con él. 55.000 fotos.

César no hacía nada. Sólo mirar y fijar imágenes. Hasta que ya no pudo. Huyó. Se llevó en un pen-drive su archivo del infierno. El de Assad. El de sus enemigos de Estado Islámico, ni siquiera lo conocemos. Infierno frente infierno.

LA OPINIÓN de Gabriel Albiac - ABC

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