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El verano en el que naufragué

  • Escrito por Redacción

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Y de pronto, el sonido de un motor. Una lancha de la Guardia Civil se dirigía directamente hacia nosotros. Nos pusimos a gritar de alegría. Todos sonreíamos. Nos daban igual las olas, la zodiac, el azul de la cueva o las cámaras mojadas… Nos subieron a la lancha y nos devolvieron al barco. Y aunque no pudieron aceptar el brindis que les ofrecimos, ya a salvo, al menos nos hicieron compañía un rato y compartimos anécdotas y alegrías.

Navegamos en velero hasta Cabrera y allí nos preparamos para visitar la Cueva Azul, pero las cosas salieron muy mal

Aquel verano navegábamos en velero por las Baleares. Saltábamos de una isla a otra: de Espalmador a Formentera, luego a Ibiza, a Mallorca… hasta que llegamos a Cabrera. Teníamos un permiso especial para fondear en el Parque Nacional durante 24 horas y queríamos aprovecharlo al máximo. Subimos al Castillo, desentrañamos los misterios de la isla, hablamos con las cuatro personas que había, hicimos snorkel… y nos preparamos para dirigirnos a la Cueva Azul.

El verano en el que naufragué

Se trata de una pequeña gruta abierta en la roca, en la zona norte de la isla.El agua de su interior se ilumina con la luz que entra por la pequeña abertura al exterior, de tal forma que el mar se ve de un intenso azul zafiro. «Es increíble», nos habían dicho. «Si te sumerges lo suficiente y miras bajo el agua, se ve todo de un azul que no se ve en ningún otro lugar. Casi parece que nades en tinta».

Solo había un problema. No podíamos ir con el velero por la imposibilidad de fondearlo en esa zona. Así que mis padres, una pareja de amigos suyos, una amiga mía y yo nos embarcamos en una pequeña zodiac hinchable con la intención de salir de la zona de fondeo y bordear la isla hasta llegar a la Cueva Azul. Y ahí estábamos los seis apretujados, con cámaras de vídeo, de fotos, pamelas varias, cremas protectoras, tres pares de gafas de buceo con sus tubitos y hasta un par de aletas, pensando que la cueva estaba cerca. Pensando que fuera el mar estaba en calma, que no había olas, que sería divertido. Que la zodiac no pincharía.

No acertamos en nada.

Primero fue el mar. Tras un rato arrastrándonos con un minimotor de 2cv, conseguimos alcanzar el borde exterior de la isla. Entonces nos dimos cuenta de que el mar estaba picado. Al principio, pese al zarandeo y las salpicaduras de agua, nos lo tomamos como un desafío. Bromeamos. Seguimos avanzando. Habíamos hecho el suficiente camino como para no querer volver todavía.

Pero cada vez entraba más agua en la embarcación. Llegó un momento en el que teníamos los pies sumergidos, las gafas de buceo flotaban por el fondo de la balsa de un lado a otro y los seis tripulantes de a bordo, sentados en los laterales, veíamos como nuestros panderos estaban cada vez más cerca de la línea de flotación. A más de 30 minutos del punto de partida, de pronto lo vimos claro: la zodiac había pinchado con el sobrepeso y con el viento y la corriente en contra no podríamos volver.

—¿Qué hacemos?

No había ni un alma a nuestro alrededor. Tiempo atrás nos habíamos cruzado con el yate Fortuna, pero ya estaba fuera de nuestra línea de visión y el resto de barcos se encontraban en la ensenada natural del puerto, al otro lado del monte que nos ocultaba. También al otro lado se encontraba el cuartel de la Guardia Civil y la escasa vida de la isla.

—Mirad, voy a ponerme las aletas e intentaré llegar a tierra desde aquí... tendré que cruzar la montaña pero voy a volver con ayuda— dijo uno de los hombres.

Era la idea más viable que teníamos. Los dos hombres, mi amiga y yo (al ser las más jóvenes) nos tiramos al agua para intentar aligerar la balsa y que las mujeres pudieran quedarse arriba sin cansarse mucho. Antes de que uno de ellos se fuera a buscar ayuda, decidimos intentar acercarnos a la Cueva Azul, que ya estaba cerca, con la intención de amarrar la zodiac a alguna roca y no quedar a la deriva… pero fue una idea aún peor. Las olas chocaban contra las rocas del interior de la cueva generando un auténtico caos de corrientes. Estábamos ciegos de agua y de sal. La angustia nos daba fuerzas, pero era la angustia de quien no sabe cómo va a salir de ahí.

Y de pronto, el sonido de un motor. Una lancha de la Guardia Civil se dirigía directamente hacia nosotros. Nos pusimos a gritar de alegría. Todos sonreíamos. Nos daban igual las olas, la zodiac, el azul de la cueva o las cámaras mojadas… Nos subieron a la lancha y nos devolvieron al barco. Y aunque no pudieron aceptar el brindis que les ofrecimos, ya a salvo, al menos nos hicieron compañía un rato y compartimos anécdotas y alegrías.

ISABEL MIRANDA

ABC

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