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Esta calle

  • Escrito por Redacción

GISTAU

Este paradigma sectario propone para el cambio la calle que alberga este diario, Juan Ignacio Luca de Tena

 Una emoción para los madrileños que veranean consiste en que no pueden estar seguros de encontrarse con que la calle de la que se marcharon se sigue llamando igual. La gran Refundación iconoclasta no se detiene en verano, no, al menos, la que acometen los teloneros de Pablo Iglesias, ese narcisista que el día que expulse un cálculo biliar resultará ser el ónfalo de Delfos. Cierta gente, por cierto, anda meditando si Pablo Iglesias y Podemos son de izquierdas. La pregunta podría ir incluida en el programa de debate de un Club Sofista junto a otras tales como «¿Es carnívoro el león?» o «¿Es mi abuela una bicicleta?».

Mi calle está dedicada a un dramaturgo que murió en 1796. No sé si lo bastante lejos del franquismo como para sentirse seguro, sobre todo habida cuenta de que su apellido contiene la palabra Cruz. Lo cual ya es provocar, todo hay que decirlo, ahora que, en el plano alegórico, nos han devuelto el ambiente suspicaz de aquel Madrid en el que, según Foxá, era una temeridad parar los taxis con la mano extendida. Los vecinos podríamos llegar a un acuerdo para que se nos respete una denominación a la que estamos acostumbrados a cambio de la adopción en concepto de «au-pair» de al menos uno de los «okupas» orgánicos del Patio Maravillas en vías de recolocación, siempre que el interesado acepte por contrato que llega a una casa en la que, cuando juega el Real Madrid, se ve.

Del afán de ganar la guerra retrospectivamente ya hemos hablado. Hay otro tipo de abolición que se cierne sobre el callejero, y es la pérdida de la personalidad que rezuman las calles. Lo que los cursis actuales llaman una «marca», un sentido adquirido. Si Velázquez, culpable de haber sido pintor de cámara de una monarquía, fuera paseado, tardaríamos años en asociar cuanto sugiere con una nueva denominación. Pasionaria esquina Hermosilla. El taxista se nos tira un cuarto de hora apretando teclas en el Tom-Tom.

Éste es el peligro que acecha a muchos de los cambios arbitrarios propuestos, sin más sentido que la voluntad de eliminar toda «otredad» política a base, por ejemplo, de confundir monárquicos con franquistas. Confusión imposible en Estoril y algo más compleja en la continuidad oficialista de Juan Carlos, pero sólo hasta que éste se puso a desmontar el Régimen, o al menos aquella parte a la que Carmena aún no había llevado «las libertades». Este paradigma sectario propone para el cambio la calle que alberga este diario, Juan Ignacio Luca de Tena. Yo no creo conocer tanto ABC. Y la sensación es recíproca. Pero supongo que la mudanza desde su hábitat urbano natural fue tan difícil que hubo que trasladar piedra a piedra, como el románico de Kane a California, atributos de la identidad como el patio andaluz, o como el apellido fundador, para irradiar identidad en un barrio industrial que ninguna tenía. Cambiar el nombre a la calle, como extirpando en parte el periódico, como achicándole el espacio, que diría Menotti. A mí me encantaría, porque siempre preferí los periódicos obligados a resistir.

LA OPINIÓN DE David Gistau

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