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Patrulla caminera

  • Escrito por Redacción

david-gistau

Iba conduciendo el otro día cuando me echaron las luces. Ocurrió en una carretera comarcal del Cantábrico, oscurecida por el follaje de los árboles que conferían la sensación de atravesar un túnel.

Una abundancia vegetal que me recordó la de ciertas carreteras francesas antiguas donde aún permanecen tiesas las arboledas que fueron plantadas para que los soldados de la Grande Armée marcharan a la sombra: quién habría dicho entonces que terminarían aliviando el calor a los de Hitler mientras marchaban en sentido inverso.

Conducía pensando en estas cosas cuando un coche con el que me crucé me echó las luces. Yo no estaba haciendo un adelantamiento peligroso. Ni conducía deprisa. Ni cegaba a nadie con las luces. Por lo tanto, aquello no podía ser un reproche, sino un aviso. Los niños iban todos atados, ninguno se había encaramado al techo. No había humo. No llevaba un ciclista enganchado en el guardabarros. Todo parecía ir bien. ¿Qué diablos había intentado decirme ese conductor casi en morse? De pronto, me volvió el recuerdo remoto de un hábito de los conductores de cuando yo era el niño que iba atado detrás. Una costumbre perdida, o que al menos hacía mucho tiempo que yo no veía hacer, que precisamente me rascaba la memoria en el lugar del mundo en el que más recuerdos de infancia, y más gratos, tengo almacenados: Cantabria. En aquel entonces, los conductores que pasaban junto a un control acechante de la Guardia Civil echaban las luces a los que venían en el otro sentido para advertirlos. Eso daría ventaja a los que condujeran ebrios, tuvieran a los niños desatados, viajaran con un alijo de cocaína o transportaran un cadáver en el maletero. Medio kilómetro después, la cosa se confirmó: dos motoristas de la Guardia Civil, orillados en la cuneta, echaban un vistazo inquisitorial al interior de todos los coches que pasaban por delante de ellos.

A lo mejor esto se sigue haciendo y sólo yo lo tenía olvidado. Pero a mí la anécdota me trasladó a otra España y a otra edad, cuando mi padre iba al volante. Hablo de un tiempo en que, cuando pasábamos a Francia a visitar a la familia materna, si nos cruzábamos en Aquitania con otro coche con matrícula española, el impacto era tal que nos hacíamos fiestas y parábamos donde se pudiera para abrazarnos e intercambiar chocolatinas. Los mismos conductores que se habrían puteado mutuamente en cualquier semáforo de Madrid se veían impelidos a la fraternidad por la escasez de viajeros españoles por Europa que había entonces. Sobre España ya se habían posado las suecas del landismo, pero cruzar la frontera hacia Europa aún era cosa de inmigrantes y de excursionistas eróticos a Perpiñán. Y de medio gabachos, esa era nuestra rareza.

Las señales lumínicas para advertir de la presencia de la Guardia Civil eran un rasgo distintivo de una sociedad que entonces era más sencilla y vecinal, y más pícara ante la autoridad: no la desafiaba, pero sí la gambeteaba. Daban la oportunidad de sentirse un poco como el maquis burlando patrullas camineras. Para algunos conductores que sentían librar una guerra personal contra el reglamento el cojonudismo español, hasta abrocharse el cinturón de seguridad suponía claudicar, salir con las manos en alto. Años después, la sociedad española fue ahormada por ciertas pedagogías que la hicieron más cívica: Hacienda somos todos y la represión en carretera es por su seguridad. Eso, al mismo tiempo que nos homologaba algo remotamente con los ideales de urbanidad escandinavos, nos arrebató cierta picardía folclórica. A lo mejor fue entonces cuando dejaron de emitirse avisos con las luces. Estoy conforme con semejante evolución. Pero el otro día, al dejar atrás a los motoristas, eché las luces a todo quisqui durante diez kilómetros. Por sentir, algo arrebatado, que gambeteaba a la autoridad. Pero también para que a los chicos que iban detrás se les fueran sembrando recuerdos idénticos a los que yo tengo de cuando mi padre iba al volante en esas mismas carreteras estivales.

David Gistau

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