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La tiranía del pasado

  • Escrito por Redacción

Munozalonso65x100 big

Cualesquiera que sean los baremos que se adopten, resulta difícil negar que estos últimos cuarenta años de España, a caballo de los siglos XX y XXI, han sido los más brillantes y prósperos de su historia contemporánea.

Pero hay una importante fracción de españoles que no solo se niegan a aceptar esa incuestionable realidad sino que están decididos a echar abajo, si pueden y les dejan, todo lo positivo que se ha logrado en esas cuatro décadas. Aunque cualquier fenómeno histórico nunca se puede atribuir a una sola causa, me parece que hay una que destaca sobre las demás: España es el único país de Europa que permanece encadenado a su pasado, que la tiraniza y la somete a su nefasta influencia, sin que parezca capaz de desasirse de sus grilletes.

Las sombras del franquismo pero también otras más antiguas y más ilustres desasosiegan a muchos españoles y producen ese fenómeno único en Europa: Los españoles que odian a España. Tanto, que ni se dignan pronunciar ese nombre. Un fenómeno patológico y más bien estúpido, pero que está en la base de muchas anomalías que aquí se consideran normales.

Otros muchos países europeos han sufrido etapas, a veces muy largas, de división y enfrentamiento civil, de dictaduras insoportables que han sometido a sus poblaciones a la arbitrariedad y la opresión, a la violación de los más elementales derechos humanos, siempre al precio de incontables sufrimientos y de pérdida de miles de vidas humanas. Pero todos ellos han sabido superar esas dolorosas vivencias, que quedan archivadas en el pasado, como lecciones aprendidas que nunca deben olvidarse pero que ya no afectan al sentimiento de la unidad y de la identidad compartida. La conciencia, en suma, de ser una nación que, como escribió Renan, es la compartida convicción de “que hemos hecho grandes cosas en el pasado y queremos seguir haciéndolas en el porvenir”.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Francia quedó dividida entre los colaboracionistas y los resistentes, simbolizados por las figuras de Pétain y de Gaulle. Corrió mucha sangre y las posteriores guerras coloniales prolongaron el enfrentamiento civil. No fue fácil la plena reconciliación nacional, como muestra el conflicto intelectual Aron-Sartre, que se mantiene hasta que la superchería del sistema comunista queda en plena evidencia. Pero Francia no ha quedado presa de sus pasadas divisiones ni a nadie se le ocurrió proponer “comisiones de la verdad”, como algunos pretenden todavía por aquí.

Tampoco fue sencillo para Italia dejar atrás los veinte años de fascismo, que desembocaron en una guerra que no respondía a los intereses nacionales y que, además, la situó en el ando equivocado. Pero los italianos supieron derrocar al fascismo y acabar la guerra en el lado de los aliados y de la libertad, también al precio de una corta y brutal guerra civil, contra los fascistas y sus protectores nazis. No han caído los italianos en ninguna tentación revanchista ni en el enfermizo escrutinio de un pasado que han querido dejar definitivamente atrás. Allí, además, no se insultan los políticos unos a otros llamándose “fascistas” como por aquí le gusta tanto a la izquierda: la radical y, a veces, la que teóricamente no lo es tanto.

El caso de Alemania fue distinto porque los horrores del Holocausto hicieron necesarios los juicios de Nüremberg y las posteriores políticas de desnazificación. Pero desde 1949, con un político de gran categoría como Adenauer al frente, Alemania, dividida y triturada, emprende el camino de la democracia, que la iba a llevar a ser la primera potencia del continente. Y cerraron para siempre, con todas las llaves necesarias, el pasado nazi. Así es como una democracia de las más nuevas de Europa es ahora un modelo. Aunque no faltan lo que se han inventado en ese país y en su canciller Merkel al malo de la política.
Mucho más cerca de nosotros, en el tiempo, los países de Europa central y oriental, han pasado de las dictaduras comunistas a la democracia, prácticamente sin violencia – salvo el caso de Rumanía- y sin montar causas generales ni comisiones de la verdad para hozar en el pasado, porque lo primordial para ellos era la libertad y la seguridad recobradas. Miran hacia el futuro, sin caer en la bíblica tentación de mirar hacia atrás, como las hijas de Lot.

España es la excepción en este panorama europeo en el que el pasado se deja en manos de los historiadores, pero no se hace de él un instrumento de la confrontación política. No ha dejado de llamar la atención este hecho, absolutamente insólito entre los especialistas. Un hispanista francés, Benoît Pellistandri – que conoce muy bien España porque aparte de correspondiente de la Real Academia de la Historia ha sido miembro y jefe de estudios de la madrileña Casa de Velázquez entre 1997 y 2005- ha publicado recientemente una Histoire de l’Espagne (Perrin, 2013). Allí escribe que “la summa divisio de la vida política sigue, en España, mucho más determinada por el pasado reciente de lo que lo es en las otras grandes democracias europeas”.

Cita Pellisandri a otros dos autores, W. Bernecker y S. Brinkmann (Memorias divididas. Guerra civil y franquismo en la sociedad y la política española 1936-2008. Abada Eds. 2009) que estiman que la superación de esta situación sería la “normalización” de la democracia española. Pellistandri añade que el “proceso, no obstante, parece persistir” y piensa que la alternancia en el poder entre PSOE y PP “reforzará el funcionamiento de la democracia y las oposiciones ideológicas se encontrarán si no atenuadas, al menos estabilizadas”. Aunque, escribiendo en 2013, afirma que “el entorno de la crisis crea, sin embargo, una situación excepcional propicia a todas las recomposiciones”.

Para estos hispanistas es evidente que esta tiranía del pasado que mantiene aherrojada a la política española es una anomalía que lastra nuestra democracia y la impide la plena normalización. Esta grave anomalía se escenifica a diario en los comportamientos de esa nueva clase de políticos en los que no se atisba ni el menor indicio de esa “regeneración” que dicen abanderar. La patente voluntad de hacer una “revolución” (?) para derrocar el sistema constitucional desde los poderes municipales o autonómicos en que se han encaramado, con el irresponsable apoyo de un PSOE que camina decidido hacia su ruina, es una manifestación más de esa tiranía del pasado que mantiene a todos esos grupos, nuevos o viejos, sometidos a esa patología política y que les aleja de la realidad presente, tal y como es.

Su ridícula lucha contra los símbolos constitucionales y contra las más elementales normas de educación y comportamiento civilizado es una pataleta y una muestra de impotencia. Como no pueden echar abajo al sistema constitucional ni a las instituciones en que se encarna se dedican a echar chafarrinones sobre la fachada, como adolescentes mal educados. Algo poco bueno le pasa a un país serio y civilizado cuando algunas de sus instituciones más representativas se ven “okupadas” por gentes de la peor ralea, que avergüenzan a cualquier persona normalmente constituida. ¿Saben estos indocumentados, por ejemplo, quién era Vázquez de Mella para quitar su nombre de una modesta plaza? ¿Cómo se puede ser tan absolutamente estúpidos para seguir haciendo “revolución” a golpe de callejero?

No les van a la zaga, desde luego, los protagonistas del esperpento catalán, que ya dura demasiado tiempo y que al servicio de su descabellado “procés” han metido a la sociedad catalana en el peor escenario imaginable. También ellos están cautivos del pasado, un pasado inventado de la a a la z con la que mantienen en la que patraña a unas generaciones poco informadas. Cataluña –que nunca ha sido independiente ni nunca ha sido una nación diferenciada ni ha tenido Estado propio- tiene gracias a la Constitución de 1978 el mejor encaje imaginable, el más descentralizado de su historia. Da pena oír a quienes se pliegan a los caprichos independentistas exigiendo un estatuto especial para esa comunidad autónoma que, ésa sí, sería la antesala de la independencia. Por ejemplo, esa irreflexiva propuesta de un federalismo asimétrico. Son los mismos que acusan al Gobierno de la Nación de inmovilista porque se mantiene fiel a la Constitución y a las leyes y no acepta discutir sobre la soberanía nacional, que todas las constituciones que han estado vigentes en España durante los últimos doscientos años, atributen al conjunto de todos los españoles.

En nuestro peculiar Estado de Derecho, las andanzas de Artur Mas permanecen impunes. Un poco más arriba, en Francia, se le aplicaría, si no los artículos 86 u 87, que son mucho más duros, de su Código Penal, sí muy probablemente el 88 que establece que “cualquiera, fuera de los casos previstos en los artículos 86 y 87, haya emprendido, por cualquier medio, atentar a la integridad del territorio nacional o sustraer a la autoridad de Francia una parte de los territorios sobre los que esa autoridad se ejerce será castigado con pena de prisión de uno a diez años y con una multa”. Y como Mas, es, además, el máximo representante del Estado en esa Comunidad, ahora estaría entre rejas, esperando un juicio por alta traición. Tiene suerte de haber nacido al sur de los Pirineos. ¡Qué razón tenía aquel que dijo que aquí no cabe ni un tonto más!

Alejandro Muñoz-Alonso
Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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