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Un resquicio de esperanza

  • Escrito por Redacción

HERRERA

La única esperanza de la derecha es que los votantes del PP que se quedaron en casa sientan el aliento en la nuca del frentismo izquierdista

 Ese puñado de puestos de trabajo evidenciados por la EPA trimestral es el alimento con el que el PP amortigua un tanto su hambruna reciente. Tiene algo de simbólico el hecho de que, con los datos en la mano, Rajoy pueda argumentar que deja menos parados de los que se encontró; tiene también algo de efectivo que la progresión de la creación de empleo atisbe momentos esperanzadores para los próximos meses. Pero esa alegría suele durar poco. Así pasen un par de días, de las cifras de altas en la Seguridad Social sólo se acordarán aquellos que han encontrado el trabajo, y no todos: no es poco que cientos de miles puedan decir que tienen ocupación y, por tanto, dinero con el que vivir, pero hasta los más optimistas saben que muchos de los ocupados lo son en trabajos estacionales y no excesivamente estables y rentables. Menos es nada, cierto, pero en el PP cunde la idea de tener el viento de cara y los más realistas saben que hacen falta muchas EPA para experimentar la sensación de recuperación económica y social. El PP, que ganó en votos y concejales las últimas elecciones municipales, vive en el azogue del fin de ciclo, tiene la sensación de que todos los desafíos le son adversos y padece el síndrome del propietario del circo al que empiezan a crecerle los artistas bajitos. Sus adversarios, especialmente el líder del PSOE, utilizan la demagogia con una efectividad asombrosa y, con inquietud, comprueban en el PP que hay mucha gente dispuesta a comprarle la mercancía, incluida la más averiada. Tienen, pues, muchos la sensación de que con el tímido despertar programático y gestual difícilmente se va a llegar a tiempo de aquí a diciembre.

En el transcurso, por demás, median las esperpénticas elecciones catalanas, en las que todo lo que resulte susceptible de empeorar lo hará, situando al Gobierno de Rajoy en el brete de tomar medidas difíciles en las que el resto de leales constitucionalistas no les prestará ninguna ayuda. Lo cual supondrá mayor desgaste, si cabe.

¿Queda algún resquicio de esperanza para los votantes del PP, más allá de las menguantes cifras de parados? Probablemente sí. Y tal vez tengan que ver con el disparatado espectáculo que brindan las fuerzas municipales a las que los socialistas les han regalado importantes alcaldías. Muchos podrán consolarse pensando que aquellos que han votado a estos tipejos van a arrepentirse tras comprobar lo que significa colocar al frente de las ciudades a individuos como el alcalde de La Coruña, que quiere prohibir los toros porque a él no le gustan, o el de Zaragoza, que cree que la pobreza en el mundo se solucionaría limitando el sueldo de Ana Botín (ya sólo le falta añadir cuánto debería cobrar cada uno en las empresas privadas, como si fueran suyas). Se equivocan: los que votaron a las Carmenas y las Colaus están encantados con que se dediquen a las mamarrachadas en las que demuestran una destreza inaudita. Y si me apuran, los votantes del PSOE lo consideran un mal menor, ya que gracias a ello impiden que gobierne esa gente del PP a la que tanto detestan. No; la mejora no vendrá por los desencantados de la izquierda, la extrema y la tonta útil. La única esperanza de la muchachada de la atontolinada derecha española es que todos los votantes del PP que se quedaron en casa sientan el aliento en la nuca del frentismo izquierdista. Muchos de los votos de Rajoy en 2011 fueron votos prestados, y esos es fácil que no vuelvan a otorgarle su confianza, pero muchos otros eran propios y se quitaron de en medio a las primeras de cambio.

Viendo lo que hay y, sobre todo, lo que puede haber, es probable que hagan el supremo esfuerzo de salir a votar en su día. O no, que esta gente es imprevisible.

CARLOS HERRERA

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