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Cataluña sagrada

  • Escrito por Redacción

ALBIAC

El tiempo congelado de las mitologías condena a Cataluña a un naufragio anacrónico en el alucinado mar de las creencias

El tiempo que no pasa, el tiempo siempre anclado de las mitologías, es el heraldo oscuro de un mundo putrefacto. Va siempre revestido de ornamentos solemnes: de patria, lengua, sangre... Pero es una piltrafa que no habita el espíritu. El tiempo congelado de las mitologías condena a Cataluña a un naufragio anacrónico en el alucinado mar de las creencias. Nacionalismo es sólo religión sucedánea. La salvación mundana, que promete el caudillo, es una vieja historia en la Europa del tiempo de entreguerras: sólo inventar el odio a un perverso enemigo de leyenda infantil puede fundir al pueblo en torno al sacro líder, que alumbrará el destino luminoso del país. Que el líder sea un ladrón ya desenmascarado, o bien sea el heredero de todas sus hazañas, da lo mismo: la patria los premiará, en las cumbres en donde alienta el mito, fuera del tiempo, impávido, con una vida de héroe.

Es todo tan ridículo, que da un poco de vergüenza volver a formularlo: no, no hay la menor renovación en la religión laica de cuya exaltación vive el nacionalismo. Ni un solo gesto de Pujol o de su aprendiz Mas, ni una tilde o una coma de quienes cantan su epopeya, se diferencian un átomo de los gestos y palabras que escenificara Riefenstahl o teorizara Rosenberg. Con la específica peculiaridad de que, allá donde el arrebato nacionalista centroeuropeo colocó el asesinato como rito de paso, los de Pujol pusieron el robo. Es una diferencia. Y no hay que menospreciarla. Pero tampoco deberíamos menospreciar al Hitler que cuenta, en 1933, a Hermann Rauschning lo políticamente rentable de su llamamiento a los suyos para que roben en masa: el robo compartido une aún más que la sangre.

El nacionalismo actual nace en Cataluña con Jordi Pujol. De quien el primer –y tan señorial– presidente autónomo, Josep Tarradellas, vaticinaba hasta qué punto haría añorar a Franco. Hoy, tras decenios de poder monolítico y tras haber impuesto como heredero a su hombre de confianza, el jubilado Pujol aparece como el patriarca de un impune clan de estafadores. Modélica familia. Numerosa y unánime. Próspera en los negocios. Y virtuosa en la sutil ingeniería que hace invisible el dinero multiplicado, de paraíso fiscal en alcantarilla financiera.

Todo el mundo sabía eso. Desde siempre. No desde estos doce meses en los que la Justicia ha ido cerrando sus redes en torno a todos los Pujol y Ferrusolas. ¿Por qué, sabiéndolo, nadie en uso del automatismo del Estado quiso cortar aquello? A lo largo de cuatro décadas, el poderío de esa gente fue bastante para imponer terror a los fiscales, jueces, a los mismos gobernantes españoles. ¿Qué poseían para dar tanto miedo? El mito. Aquel que, cuando fue tocado por el escándalo de Banca Catalana, permitió a los Pujol identificar a su Patriarca con la Patria misma. Y hacerlo cosa sagrada. Y dar como evidencia que cualquier exigir cuentas al presidente era escupir al rostro de Cataluña.

Es algo tan idiota que resulta difícil entender que funcionara. Funcionó. Ninguno de nosotros es inocente de ello. Nos dio miedo ser tachados de «españolistas»: insulto supremo. Nos lo sigue dando. No hay un solo país en la Unión Europea en el cual alguien que hubiera violado principios constitucionales como los que Mas viene saltándose no estuviera en la cárcel. Pero nadie en la UE se avergüenza, como nos avergonzamos en España, de ser nosotros mismos. Es nuestra maldición. Y, en este otoño, que cristalizará el tiempo que no pasa, podrá ser nuestra tragedia. Vulgarísima.

LA OPINIÓN DE Gabriel Albiac

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